Djokovic se desmorona en Cincinnati

El serbio, otrora intocable en cemento, llega a Nueva York sin pisar durante 2013 la final de un Masters en la superficie

Novak Djokovic cayó eliminado en los cuartos de final del Masters 1000 de Cincinnati (6-7 6-3 5-7) a manos de John Isner. El serbio acudía a Ohio siendo el primer hombre en la historia en disponer de un dorado objetivo: completar la colección de nueve Masters que ofrece el calendario. Todo un espaldarazo psicológico después de que, apenas unos días antes, Nadal volviera a tomarle las bridas sobre cemento. Tres años después su máximo oponente fue capaz de mantenerle la mirada sobre el suelo fetiche, necesitando el de Belgrado virar el rumbo mental antes de acudir a Nueva York. Antes siquiera de poder pensar en desquitarse todo eso queda en nada.

En su guarida, una emboscada. Con apenas tiempo para remendar los harapos el circuito le vuelve a exigir respuestas. Pero el serbio, acurrucado por el vigor de un desatado Isner, es incapaz de dar réplica a las preguntas planteadas. De ceder ante Nadal, pasa a hacerlo con el número 22. Un manotazo mental antes de abordar el desafío de Flushing Meadows.

Es el devorador con la espalda marcada. El serbio, el hombre que hace llamar suyo el cemento, se acerca a Nueva York con una pesada losa en los hombros. Cuando entre en escenario cumbre de la gira de pistas duras lo hará con una certeza en el subconsciente: el mismo hombre que en 2011 quedó a un partido de ganar los cuatro Masters 1000 de cemento norteamericano en 2013 ha sido incapaz de alcanzar la final en ninguno de ellos. Ha padecido un allanamiento de morada de calibre inmenso. Cuatro enclaves en teoría propicios para sus prestaciones se disuelven entre las manos: Indian Wells, Miami, Canadá y Cincinnati han contemplado a un Novak domado antes de tiempo. Para un hombre intocable en cemento tiempo atrás, que ganaba partidos en la superficie como quien bebe agua en verano (llega a acumular un parcial de 46-3 en febrero), coraza abollada por varios frentes.

Eso, claro, es un mal presagio para el número 1. El hombre referencia, que acumula cuatro meses de sequía y siete torneos sin levantar un centro, no gana un título desde el mes de abril. Allí, sobre la arena de Montecarlo, rompió uno de los cerrojos más férreos de la disciplina. Asaltando la arcilla del principado con Roland Garros, el gran objetivo del curso, en el horizonte parece dar un puñetazo sobre la mesa. Después, sin embargo, ve cómo se le abren las carnes en la capital gala.

Como en 2012, esa brecha abierta en París ha vuelto a salpicar su terreno predilecto. De manera más severa si cabe. El año pasado alcanzó todas las finales disputadas en cemento outdoor disputadas, pero pestañeó en cada partido grande. Así, entregó la final de Cincinnati incluyendo un 6-0 ante Federer, cedió por primera vez ante Murray en la final de un Slam y necesitó salvar hasta cinco pelotas de partido en Shanghái frente al escocés. Este año, incapaz de asaltar un solo partido por el título, cediendo terreno ante Nadal y cayendo ante un perfil secundario como Isner.

Es un deterioro progresivo en la gira de cemento. Un hombre que pasa del gozo exhibido a la frustración ocultada. Unas tarimas a priori accesibles observan una escena pintoresca: el mismo tipo que celebra con bailes sus primeras victorias en Canadá, sale de Cincinnati acelerando el paso hacia la bolsa con gesto torcido. Nada más inclinarse ante Isner, busca el refugio en el raquetero. Cerrando a toda velocidad las cremalleras para dejar atrás el mal trago.

Pensando en el futuro, flota en el ambiente una certeza en torno al serbio. Un sello de identidad que parece haberse borrado en torno al balcánico: ese instinto de supervivencia tan suyo, un hombre que camina sobre la cuerda como ningún otro, está perdiendo enteros de manera alarmante en partidos cerrados. Sobre todo, Djokovic ha perdido algo en 2013: la capacidad seguir respirando cuando apenas queda oxígeno en el aire.

Así, cede ante Del Potro en Indian Wells en un tercer sets de diez juegos. Entrega ante Dimitrov una batalla de tres horas en Madrid. Se inclina ante Berdych en Roma tras un pulso que domina 6-2 5-2 y se termina deshilachando. Cede la semifinal de Roland Garros ante Nadal en un set final de 16 juegos. Lo muestra en Canadá, desmoronado en un tiebreak decisivo ante Nadal. Lo vuelve a corroborar en Cincinnati, entregando el duelo con un manso revés que aterriza en la red. Una hilera de pelea cerradas que caen del otro lado de los nudos. No hay excesivo rastro de aquel tipo que acumulaba adrenalina viviendo al límite, apilando una montaña en la estadística de puntos de partido salvados y encuentros salvados con el oxígeno justo.

"No siempre puedes ser quien prevalece en los momentos importantes" se excusa al comienzo de la semana al ser preguntado por el latigazo recibido en Montreal. "Es algo mental. También es una cuestión de confianza. A veces eres capaz de ir por el tiro que normalmente no harías y funciona; en otras ocasiones no lo hace" expresa. En Cincinnati, ante un hombre que no figura entre los veinte primeros, más pasos en falso.

Este resultado, además, pone en tela de juicio un dominio. El hombre cuyo número uno reposaba sobre un amplio colchón de puntos ve como ahora descansa en un desgastada colchoneta. Los números no mienten. Si Rafael Nadal, invicto sobre pista dura en 2013, ganase Cincinnati, podría abrir el US Open con opciones de arrebatarle el número 1. Para ello, no obstante, tendría que ceder Novak antes de la final. A pesar de todo, es una cábala que aparece en el horizonte. Impensable meses atrás cuando su liderazgo parecía incuestionable.

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