La eternidad pasa por la bestia

Djokovic, semifinalista en París, está a dos victorias de cerrar el círculo de los cuatro grandes

París - "He decidido ganar Roland Garros". Así, con este osado mensaje, aparece Novak Djokovic en la catedral de la tierra tras ganar Montecarlo y caer prematuramente en Madrid y Roma. Luego, cuando ya está en las semifinales del segundo Grand Slam de la temporada, cuando una pila de cadáveres han quedado enterrados bajo la autoridad de su raqueta, cuando nada queda de ese jugador que grita y tiembla durante algunos tramos de 2013, cuando Djokovic vuelve a reconocerse mirándose en el espejo, el aviso inicial se vuelve tan peligroso como el hombre que lo pronuncia.

El número uno, obsesionado desde 2011 con asaltar París, busca encadenar su nombre a la eternidad. Solo Agassi, Don Budge, Emerson, Federer, Laver, Nadal y Perry han ganado en Melbourne, París, Londres y Nueva York, las cuatro grandes catedrales del circuito. Para Djokovic, campeón de tres de los cuatro torneos del Grand Slam y ocho de los nueve Masters 1000, una impresionante colección de trofeos a sus 26 años, supondría tocar el cielo en el mejor momento de su carrera. Fabricarse un lugar en el futuro desde el presente. Derribar la puerta de la historia a golpe de talento y sufrimiento como último escollo antes de formar parte de un grupo selecto y exclusivo, algo que Djokovic lleva tiempo anhelando.

Para lograrlo, sin embargo, el serbio deberá someter primero al mejor jugador de la historia sobre tierra batida en un pulso al mejor de cinco mangas. Eso es algo que en París, donde Nadal tiene un balance de 57 victorias y una derrota, solo ha logrado el sueco Soderling en los octavos de final de 2009. Una misión de desgaste iniciada por Djokovic tiempo atrás, cuando se aventura a conocer los secretos de la superficie más lenta del mundo para dominarla, derrotar a los mejores en ella, como hace con el español en Montecarlo, Madrid y Roma, y finalmente aspirar al título en Roland Garros, el único de los cuatro grandes que no tiene en su dilatado currículo.

Es una pelea contra el titán de la arcilla en el último templo que resiste bajo su blasón. Solo una vez le ha visto inclinar la rodilla la grada de París. Desterrado de Montecarlo, donde también mantenía esos números, a Nadal solo le queda la capital de Francia como terreno inexpugnable. A eso se enfrenta Djokovic en una batalla por la historia ante la misma historia. "Jugar contra Nadal aquí es el mayor reto que existe sobre tierra batida", analiza el número uno del mundo. "Estoy listo para jugar a cinco sets, pero necesito intensidad desde el principio. Tengo que estar preparado físicamente, mentalmente y por supuesto tenísticamente", cierra antes envolverse en la coraza con la que asaltará la fortaleza del mallorquín.

El serbio, que buscará la final de Roland Garros por segunda vez en su carrera, está preparado para el reto. No hay nada más importante para el número uno mundial que ganar en París. No hay un deseo mayor en su carrera deportiva. Es la victoria que le permitiría ser inmortal. Son las semifinales del segundo Grand Slam de la temporada, algo más que otro partido entre Djokovic y Nadal. Es una cruzada que marca el hoy y el mañana: la Copa de los Mosqueteros, el resto de la temporada y un trozo de eternidad están en juego. Una cruzada de guerreros sobre tierra.

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