El regreso de Serena Williams a Roland Garros

La estadounidense retorna al escenario que le vio caer en 2012... antes de lograr su ascenso deportivo

Serena Williams abre con victoria su participación en Roland Garros, dejando atrás el mal recuerdo de 2012 tras apabullar sin piedad a Anna Tatishvili (6-0 6-1). La norteamericana, estirando la mejor marca de victorias enlazadas de su trayectoria profesional hasta los 24 partidos, manda un primer aviso a navegantes: la primera de las siete piedras en París está colocada con fuerza. En menos de una hora ha resuelto un tropiezo que en 2012 dio tres vueltas al reloj. Williams, que hablará en fluido francés al sellar su obra, camina a otro ritmo. Segura de sí misma en una ciudad que ha hecho suya.

Eso no es una tenista, es un ser sin sentimientos. Un desempeño frío, una muralla a la expresión. Serena Williams, que llega a París como la jugadora a batir, que juega en la Chatrier con el recuerdo de Razzano colgando en la espalda y que abre el torneo en modo arrollador… parece ausente en pista. Todo es tenue en su figura, como si no quisiera dejarse abrazar por euforia o pena alguna. Como si la comunión debiera ir por dentro al reescribir un capítulo emborronado. Impertérrito el gesto. Casi todo lo gana, casi nada celebra. Una actitud tan concentrada como comedida. Lejos de la actitud visceral inherente a su figura en peleas más competidas.

Recibe París a Serena con ambiente sombrío. Cielo gris, ligera brisa, temperaturas bajas. Un entretiempo que va calando Europa hasta los huesos a la espera del verano. Una atmósfera triste, como si la naturaleza quisiera rememorar el episodio vivido doce meses atrás. En 2012 Serena Williams, como esta temporada, llegaba a París lanzada tras una poderosa gira de tierra batida. Como en 2013, no había entregado un duelo en la superficie donde se discute el segundo grande de la temporada. Pero cedió la primera pelea en la capital francesa. Con tal reminiscencia planta las zapatillas en la central parisina.

Es la reentrada en el vetusto escenario. Una Philippe Chatrier donde no todas las 15.000 butacas encuentran abrigo. Lejos del ambiente de 2012. Esta vez no tiene tras la cinta a una tenista local. Esta vez su oponente no forma parte del torneo rindiendo tributo a un prometido difunto. Esta vez, sin embargo, Williams encuentra el camino para resolver el primer dilema. Es capaz de dar continuidad al impulso construido en la gira precedente para salvar el pulso de apertura. Apenas entrega un juego ante la georgiana Tatishvili.

Es, en definitiva, el retorno al epicentro de la tormenta. Al momento que marca un punto de inflexión. Al partido que le manda por primera vez a la lona en un estreno de Grand Slam y le fuerza a buscar soluciones. Un cobijo que encontrará en la academia Mouratoglou en París, desde donde construirá un ascenso deportivo que le ha llevado al número 1, con diez títulos en doce meses (incluyendo dos Grand Slams y la medalla de oro olímpica). Desde aquel paso en falso acumula 67 triunfos en 70 partidos competidos. Una auténtica demostración de superación personal.

“Me estoy colocando en ese lugar en el que siempre quise estar” comentaba Williams en la víspera del debut parisino. “He jugado mucho más tenis en el último año. Al volver (de la lesión que le mantuvo apartada del circuito desde finales de 2010 y durante buena parte de 2011) no tenía nada que perder. En el pasado cuando jugaba siempre estaba estresada y siempre quería ganar, ganar y ganar. Ahora me estoy divirtiendo mucho más que antes. Sería bueno ganar un segundo título aquí. Pero uno ya es mejor que cero”.

“A veces pienso, ‘¿debería estar contenta de haber perdido el pasado año?’ Nunca sabes por qué suceden las cosas. Fue bueno para mí darme cuenta que cada partido cuenta. Todavía quiero ser la mejor jugadora que pueda ser” reflexionaba la tenista el día previo a su reencuentro con el Grand Slam de arcilla. Ese que se le resiste desde hace once temporadas. Ese que, mirando sus estándares, únicamente ha sido capaz de domar en una ocasión. Y ese en el que, en la presenta edición, llega como principal favorita al trono.

En un movimiento más propio de un discurso de campeona que una entrevista de apertura, la norteamericana, residente en la capital gala, emplea el discurso en francés para dirigirse a la grada. Un guiño generosamente aplaudido por unos presentes que arropan cálidamente la integración cultural de la número 1. Serena ya tiene en la mano la tribuna. Queda bajo sus pies hacer suya la arena.

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