Los dos torneos

Ocurre en París. Son los momentos los que construyen la historia en las entrañas del Bosque de Bolonia. Son los momentos los que envuelven de magia los primeros días de un torneo especial. Son esos momentos los que van desgranando las jornadas iniciales del templo de la tierra en su inexorable trayecto hacia la semana decisiva.

Mientras Nadal avanza entre marcas increíbles y sensaciones conocidas, Djokovic mira en el espejo el reflejo de 2010. Ese mismo que le retrató en el pasado como un jugador volcánico, incapaz de controlar las emociones, fatídico en sus actuaciones, pero con un argumentario brutal. A ratos brillante, a ratos frustrante, algo está claro: no es el mismo tenista de 2011.

Mientras Gasquet y Dimitrov sufren las consecuencias de un punto interminable que sería culpable inconsciente del desenlace del encuentro, una cacería sobre arcilla, Mathieu rompe la barrera de la mesura para eliminar a Isner en el segundo partido más largo en la historia del torneo. El francés, que salió de una lesión para caer en otra, tiene ahora una oportunidad de oro: con nueve horas y veintiséis minutos sobre las piernas, desafiará a otro maratoniano por una plaza en los cuartos de final.

Mientras Berdych resiste una tras otra las acometidas del sudafricano Anderson, Ferrer y Almagro, dos españoles tan diferentes en estilo como candidatos al objetivo final, solventan rondas sin problemas a la espera del termómetro que el cuadro les tiene reservado. Murray, que cruzaría en unas hipotéticas semifinales con David, es un enigma. Su estado físico le llegó a plantearse no disputar la tercera ronda del torneo.

Mientras Granollers sobrevive a tres puntos de partido para tumbar a Jaziri en dos días y conservar intactas las opciones de clasificar como cuarto hombre en los Juegos Olímpicos de Londres, Verdasco vuelve a sucumbir a la fragilidad de su mente, la cárcel de su potencial, abandonando el segundo Grand Slam del año tras inclinar la rodilla frente al italiano Seppi y declarando en voz baja que la cita olímpica no es el mejor torneo del mundo.

Mientras Wawrinka se encuentra ante un muro: Simon y su desquiciante propuesta del eterno desgaste, Del Potro olvida los preocupantes dolores en la rodilla con una firme victoria sobre Cilic y confirma que este es el marco elegido para volver a un lugar que la lesión en la muñeca le arrebató.

Mientras Federer, con dos mangas perdidas en su camino hacia los octavos de final, lo que establece otro record más: treinta dos consecutivos en Grand Slam, silencia a la central tras dejar la puerta abierta al incombustible Mahut, Tsonga, que días atrás dijo no ver capaz de ganar Roland Garros a ningún jugador francés, avanza entre sustos y tropiezos en la peor superficie para su explosiva propuesta ofensiva.

Y así, mientras Goffin se convierte en el séptimo lucky loser desde 1968 en acceder a octavos de final en un torneo mayor, y mientras un rostro de antaño, el del alemán Haas, se prepara para jugarse la clasificación ante Gasquet, Schwank se cita con Nadal en la central de París tras superar la previa del torneo evocando su mejor participación en París.

Esto es Roland Garros. Esto son dos torneos en uno. Por un lado, la primera semana y sus escenarios opuestos. Encarnizadas batallas para los que intentan soñar sobreviviendo y plácidos entrenamientos con las gradas repletas para los favoritos a la corona. Por el otro, la segunda semana. La carrera hacia la copa donde no ya no hay espacio para las dudas. Esto es París, el segundo Grand Slam de la temporada. Aquí compiten Nadal, Djokovic y Federer por la historia. Aquí, también, compiten el resto de jugadores por continuar en el torneo cuando el segundo domingo de competición levante el telón. Son historias distintas. Son guerreros con corazón de hierro. Es la guerra.

Comentarios recientes