Cambiar de país por un sueño

La nacionalización de tenistas en países distintos a los de origen es todo un fenómeno en el circuito WTA

Raquel Carballeira | 26 Sep 2011 | 14.27
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En Puntodebreak encontrarás toda la actualidad y noticias de tenis, así como fotos de tenistas e información de los torneos ATP y WTA como los Grand Slam y Copa Davis.
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Varvara Lepchenko es la última jugadora del circuito WTA en cambiar oficialmente de nacionalidad y unirse así al nutrido grupo de tenistas que juegan para países distintos a los que les vieron nacer. Nacida en Tashkent, Uzbekistán en 1986, emigró a EE.UU. con su padre y hermana en 2001. Estuvo entrenando en Florida, una fábrica de futuros tenistas, y no pudo ver a su madre en cuatro años. Una historia que se repite en el mundo del tenis y que sirve para recordarnos los sacrificios que tienen que hacer muchos niños para lograr formar parte de la élite del tenis.

La jugadora nº109 del mundo es de origen ruso-ucraniano, algo que supuso un problema en Uzbekistán para su familia y que le valió para que EE.UU. les concediese asilo político. Sin embargo, y pese a que la WTA le permitió jugar para EE.UU. desde 2007, no ha sido hasta este fin de semana cuando, tanto Lepchenko como su padre, han recibido la ciudadanía estadounidense.

Si miramos al Top 100 de la WTA encontramos numerosos casos similiares al de Lepchenko. En el pasado conocimos las historias de Martina Navratilova, Martina Hingis o Monica Seles, la Guerra Fría en los años 80 supuso un periodo de convulsión política y social cuyos frutos se ven ahora reflejados, con mayor intensidad que en aquellos años, también en la clasificación WTA.

Andrea Petkovic es un ejemplo de jugadoras nacidas en la antigua Yugoslavia que emigraron de pequeñas a países que no tenían que reponerse de una guerra civil. La alemana nació en Tuzla (Bosnia) en 1987 pero se mudó a Alemania cuando tenía 6 meses; su padre, Zoran, aunque nunca presionó para que su hija fuera profesional, fue también tenista y llegó a jugar en Copa Davis con Yugoslavia.

Marina Erakovic, nº71 del mundo, nació en Split (Croacia) en 1988 pero lleva desde los seis años en Auckland (Nueva Zelanda) y está suponiendo una auténtica sensación para el tenis de su país de adopción. A las Antípodas también se fue Jelena Dokic, aunque en este caso fue a los once años y a Australia. Dokic, de padre serbio y madre croata, nació en Osijek (Croacia) en 1983 y, aunque se mudó a Australia en 1994, no jugó para este país hasta 2003.

Un caso curioso de las jugadoras ligadas a Yugoslavia es el de la joven Aleksandra Krunic, que ocupa el puesto 224 del mundo. Krunic nació en Rusia y, de hecho, aún vive ahí. Acudió a la prestigiosa academia Spartak Moscú donde han entrenado jugadores como Marat Safin o Yevgeny Kafelnikov. Sin embargo, hija de emigrantes serbios, a la hora de elegir nacionalidad, prefirió la serbia, ya que así tendría más oportunidades de jugar en Copa Federación.

Samuel y Jarmila Groth en dobles en Australia 2010/Foto: Mark Dadswell/Getty Images

Australia es uno de los países que más rendimiento está sacando a los jugadores inmigrantes tanto de primera como de segunda generación. Los australianos que, pese a ser una nación hecha de inmigrantes, no suelen poner las cosas nada fácil a quienes desean nacionalizarse allí, han dado todo su apoyo, tanto en el circuito femenino como en el femenino, a aquellos jugadores que pueden devolver a Australia al lugar ilustre que una vez ocupara en el mundo del tenis, sin importar de dónde procedan.

Jarmila Gajdosova nació en Bratislava, Eslovaquia (entoces Checoslovaquia), en 1987 pero gracias a su matrimonio con el tenista Samuel Groth pudo conseguir la nacionalidad australiana. La unión ha durado dos años, de 2009 a 2011, y la tenista ha vuelto a cambiar su apellido pero no su nacionalidad.

Otra nacionalizada en Australia es Anastasia Rodionova, nacida en Tambov (Rusia) en 1982. La tenista, que vive en Australia junto a su pareja el DJ Lorne Padman desde 2005, cambió de nacionalidad en 2009. Lo que llama la atención es que su hermana, también tenista profesional, Arina Rodionova, sigue figurando como rusa, por lo que tenemos dos hermanas en la WTA con nacionalidades distintas.

Mathilde Johansson en Bogotá en 2011

Algunos casos de nacionalidades distintas al país de nacimiento de los que nos encontramos en el circuito WTA no responden tanto a causas políticas sino que son más bien fruto de la casualidad. Es el caso de Mathilde Johansson, nº 78 del mundo, nacida en Gothenburg (Suecia), pero residente y nacionalizada francesa. Otras sí han nacido en el país que representan, aunque son lo que se denomina de "segunda generación": Vania King, nº 90, nació en Monterey Park (California, EE.UU.) pero es hija de inmigrantes taiwaneses; Anne Keothavon, que vuelve esta semana al Top 100, nació en Londres (Inglaterra) de padres emigrados de Laos; la austriaca Tamira Paszek, nº54, es casi como las Naciones Unidas: su madre, Françoise Paszek, es chilena y su padre, Ariff Mohamed, nació en Tanzania, se crió en Kenia, vivió en Canadá y es de padres indios.

Si hay una jugadora que ha tenido problemas de identidad nacional es Aravane Rezaï. Nació en Saint Étienne (Francia) un 14 de marzo de 1987 pero ha representado a Irán en los Juegos de Mujeres Islámicas entre 2001 y 2005 (ganó el oro). Su padre, el iraní Arsalan Rezaï es, junto al de Dokic, uno de los padres más polémicos del circuito, y sus múltiples disputas con la Federación Francesa le ha valido el veto de la misma.

La comunidad que gana en cuanto a tenistas de segunda generación es la polaca. Las hijas de los polacos también sirven para reflejar en la WTA una realidad social e histórica. Hay aproximadamente unos 60 millones de polacos en el mundo, de los que menos de 37 viven en Polonia.

Angelique Kerber en el US Open 2011

La número uno del mundo Caroline Wozniacki nació en Odese (Dinamarca) pero es hija de una ex-jugadora del equipo polaco de voleibol, Anna Wozniacki, y de un ex-futbolista profesional, Piotr Wozniacki.

Wozniacki es la cara más visible de una auténtica avalancha de jugadoras de origen polaco que incluso utilizan esta lengua para comunicarse entre ellas. En Alemania encontramos a Sabine Katharina Lisicki, nº 17 del mundo, y a Angelique Kerber, la sensación del Abierto de EE.UU. de este año al alcanzar las semifinales; ambas nacieron en el país germano y ambas tienen padres polacos (aunque el padre de Kerber ya se crió en Alemania).

Kerber ha llegado a decir que se siente más polaca que alemana y en 2008 declaró a la Gazeta Wyborcza que estaba pensando en cambiar su nacionalidad. La alemana ha entrenado a menudo en el centro de tenis que tiene su abuelo materno en la localidad polaca de Puszczykowo, así que sus lazos con ese país son más que comprensibles. Aún así, por el momento no ha cambiado de nacionalidad y de hecho está ayudando con su labor en dobles al gran momento del equipo alemán de Copa Federación, del que también forman parte Lisicki y Petkovic.

Hay muchos más ejemplos de jugadoras como origen polaco, aunque menos conocidas: la australiana Olivia Rogowska, las estadounidenses Nicole Rydzewski y Pauline Syrnik, cuyo padre fue a la universidad con el de Agnieszka y Urzsula Radwanska, o la canadiense Aleksandra Wozniak.

Aleksandra Wozniak

Todas orgullosas de su país de adopción sin renunciar a su origen. Hablan polaco mientras defienden los colores de sus respectivas naciones. Todas tienen algo en común que las diferencia de otras jugadoras: una capacidad de trabajo y superación envidiable. Wozniak, nacida en Montreal e hija como Wozniacki de un jugador de fútbol profesional polaco, daba la clave en una entrevista al New York Times: "Creo que la mentalidad inmigrante es muy poderosa. Es gente que haría cualquier cosa para alcanzar sus sueños. Tienen un deseo muy fuerte de conseguir metas. Son muy perfeccionistas y trabajan muy duro debido a esta mentalidad. Lo sé porque yo la tengo y nunca quiero rendirme".