Mansour Bahrami: leyenda del Golfo Pérsico

Un personaje de la historia del Tenis.

enzó como recogepelotas en Teheran, observando con detalle a los mejores tenistas iraníes. Cuando decidió ingresar a una pista, un guardia de seguridad le quebró la raqueta. Fue en ese momento en el que a Mansour Bahrami se le presentó un dilema casi existencial, que después sería resuelto de formas poco convencionales. El oriundo de Arak superó las trabas de un régimen autoritario y se convirtió en la leyenda tenística del Golfo Pérsico. Por su juego, sus acrobacias y, principalmente, su peculiar sentido del humor.

Bahrami Mansour

Comenzó como recogepelotas en Teheran, observando con detalle a los mejores tenistas iraníes. Cuando decidió ingresar a una pista, un guardia de seguridad le quebró la raqueta. Fue en ese momento en el que a Mansour Bahrami se le presentó un dilema casi existencial, que después sería resuelto de formas poco convencionales. El oriundo de Arak superó las trabas de un régimen autoritario y se convirtió en la leyenda tenística del Golfo Pérsico. Por su juego, sus acrobacias y, principalmente, su peculiar sentido del humor. No debe ser fácil para un iraní ser tenista. Eso lo sabe muy bien Bahrami, quien llegó a ser conocido en el circuito por su forma de anular las adversidades del sistema, entre otras cosas. En los sesenta ya estaba vinculado al raqueteo, aunque desde fuera, trabajando de recogepelotas como supo hacerlo Federer en su natal Suiza. Y fue desde ese lugar donde comenzó a conocer a los jugadores locales, la mayoría de ellos intrascendentes a nivel mundial. Cuando quiso hacer el "click" e ingresar a una pista, se dio inicio a una tragicomedia que tuvo final feliz, aunque un desenlace cargado de tensiones.

Su primera raqueta duró poco, porque un guardia de seguridad se la rompió en mil pedazos. De por sí el tenis en Irán no era muy bien visto, ya que las autoridades lo consideraban un deporte capitalista y elitista. Estas etiquetas no le eran ajenas a Bahrami, aunque eso a él poco le importó. Sin la herramienta más importante, el chaval iraní sacó a luz su creatividad y comenzó a practicar con sartenes, palos y hasta con sus manos. Sí, parece un chiste, pero es tan real como las ganas que tenía de convertirse en tenista profesional. No se entiende muy bien como un jugador que entrenó en un hábitat antideportivo pudo sacar pecho en el circuito ATP a tan temprana edad. Su talento lo abrazó y, con apenas 16 años, le llamaron para integrar el equipo de Copa Davis. Pero las dificultades no terminarían ahí. En la víspera de la Revolución Islámica de 1979, Bahrami se vio obligado a abandonar las pistas: sus siguientes tres años estarían dedicados ¡al backgammon! Sí, leyó bien. Pasó de la adrenalina al sereno juego de las fichitas negras y rojas. Pero no se olvidó quien era, y su natural impulsividad le llevó a Paris, donde se convirtió en un verdadero tenista profesional.

Doble nacionalidad, doble vida y un doble desafío. Por un lado, debía adaptarse a una sociedad que le era ajena. Por otro, tenía que trabajar de cualquier cosa para ganarse la vida, al mismo tiempo que hacía memoria en la tierra batida parisina. Tras varios años de aclimatación y duras prácticas, el iraní se juntó con Eric Winogradsk y, sin que nadie lo esperase, alcanzó la final de dobles del Roland Garros en 1989. Junto al francés también ganaron un torneo en Toulouse. Y con el checo Tomas Smid se consagró en 1988 en la arcilla de Ginebra, Suiza. En materia de individuales nunca avanzó demasiado, ya que solía arriesgar en cada golpeo y hacer un show cuando deportivamente no parecía necesario. Pero, ¿quién le quita lo bailado? Hoy la leyenda del Golfo Pérsico tiene 54 años y se dedica a recorrer el ATP Champions Tour, circuito que integra a los ex tenistas que alcanzaron la cima del ranking o que ganaron algún Grand Slam en sus años como profesionales. Y aunque Bahrami sólo llegó al puesto 192 de la clasificación individual y 31 de la de dobles, su talento alentó a los organizadores a convocarle bajo el pago de una "garantía". En su autobiografía "Le Court Des Miracles", publicada en 2006 junto a un DVD titulado "El hombre detrás del bigote", cuenta profundamente todos estos episodios que marcaron su vida, y la de los demás.

Comenzó como recogepelotas en Teheran, observando con detalle a los mejores tenistas iraníes. Cuando decidió ingresar a una pista, un guardia de seguridad le quebró la raqueta. Fue en ese momento que a Mansour Bahrami se le presentó un dilema casi existencial, que luego sería resuelto de formas poco convencionales. El oriundo de Arak superó las trabas de un regimen autoritario y se convirtió en la leyenda tenística del Golfo Pérsico. Por su juego, sus acrobacias y, principalmente, su peculiar sentido del humor. No debe ser fácil para un iraní ser tenista. Eso lo sabe muy bien Bahrami, quien llegó a ser conocido en el circuito por su forma de anular las adversidades del sistema, entre otras cosas. En los sesenta ya estaba vinculado al raqueteo, aunque desde fuera, trabajando de recogepelotas como supo hacerlo Federer en su natal Suiza. Y fue desde ese lugar que comenzó a conocer a los jugadores locales, la mayoría de ellos intrascendentes a nivel mundial. Cuando quiso hacer el "click" e ingresar a una pista, se dio inicio a una tragicomedia que tuvo final feliz, aunque un desenlace cargado de tensiones. Su primera raqueta duró poco, porque un guardia de seguridad se la rompió en mil pedazos. De por sí el tenis en Irán no era muy bien visto, ya que las autoridades lo consideraban un deporte capitalista y elitista. Estas etiquetas no le eran ajenas a Bahrami, aunque eso a él poco le importó. Sin la herramienta más importante, el chaval iraní sacó a luz su creatividad y comenzó a practicar con sartenes, palos y hasta con sus manos. Sí, parece un chiste, pero es tan real como las ganas que tenía de convertirse en tenista profesional. No se entiende muy bien como un jugador que entrenó en un hábitab antideportivo pudo sacar pecho en el circuito ATP a tan temprana edad. Su talento lo abrazó y, con apenas 16 años, lo llamaron para integrar el equipo de Copa Davis. Pero las dificultades no terminarían ahí. En la víspera de la Revolución Islámica de 1979, Bahrami se vio obligado a abandonar las pistas: sus próximos tres años estarían dedicados ¡al backgammon! Sí, leyó bien. Pasó de la adrenalina al sereno juego de las fichitas negras y rojas. Pero no se olvidó quien era, y su natural impulsividad lo llevó a Paris, donde se radicó como un verdadero tenista profesional. Doble nacionalidad, doble vida y un doble desafío. Por un lado, debía adaptarse a una sociedad que le era ajena. Por otro, tenía que trabajar de cualquier cosa para ganarse la vida, al mismo tiempo que hacía memoria en la tierra batida parisina. Tras varios años de aclimatamiento y duras prácticas, el iraní se juntó con Eric Winogradsk y, sin que nadie lo espere, alcanzó la final de dobles del Roland Garros en 1989. Junto al francés también ganaron un torneo en Toulouse. Y con el checo Tomas Smid se consagraron en 1988 en la arcilla de Ginebra, Suiza. En materia de individuales nunca avanzó demasiado, ya que solía arriesgar tiros y hacer un show cuando deportivamente no parecía necesario. Pero, ¿quién le quita lo bailado? Hoy la leyenda del Golfo Pérsico tiene 54 años y se dedica a recorrer el ATP Champions Tour, circuito que integra a los ex tenistas que alcanzaron la cima del ranking o que ganaron algún Grand Slam en sus años como profesionales. Y aunque Bahrami sólo haya llegado al puesto 192 de la clasificación individual y 31 de la de dobles, su talento alentó a los organizadores a convocarlo bajo el pago de una "garantía". En su autobiografía "Le Court Des Miracles", publicada en 2006 junto a un DVD titulado "El hombre detrás del bigote", cuenta profundamente todos estos episodios que marcaron su vida, y la de los demás.

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