Djokovic, la pared que terminó quebrándose ante el amor del público

Justo cuando más lo necesitaba y ante uno de los momentos más duros de su carrera, la gente se volcó con él e hizo que Novak se rompiera por dentro.

Djokovic, la pared que terminó quebrándose ante el amor del público. Foto: Getty
Djokovic, la pared que terminó quebrándose ante el amor del público. Foto: Getty

Kopaonik, Serbia, fecha desconocida.

Un niño pequeño se divierte golpeando una pelota de tenis contra una de las paredes del club de tenis de la zona. Ajenos a él, la afluencia de gente es continua allí. Una preciosa cordillera montañosa rodea el lugar mientras el chico no cesa de pelotear contra esa pared. Si por aquel entonces, el nombre de Novak Djokovic no decía absolutamente nada a nadie en la zona, muchos años después, le descubrirían como el número 1 que se inició allí, al lado de ellos, sin que nadie pudiera siquiera imaginar en lo que se iba a convertir el día de mañana.

Años después, la guerra obligó a la familia Djokovic a abandonar el lugar a su suerte. A día de hoy, esa misma pared sigue en pie a duras penas y sobre ella puede verse todavía los impactos de las balas que un día la golpearon. En 2014, Novak volvió al lugar donde un día agarró una raqueta por primera vez, y visitó con nostalgia aquella pared con la que jugaba cuando pequeño. La misma pared en la que él terminó convirtiéndose. No solo como tenista capaz de devolverlo todo, sino como aquél contra el que todos, público y prensa, apuntaban.

Al principio no lo entendía, pero con el tiempo aprendió a devolverlo todo. Utilizó aquella ira del público contra él para usarlo como fuente de motivación en sus partidos. El público coreaba el nombre de su rival. “Roger, Roger”, mientras él, replicaba en su cabeza cómo cantaban “Nole, Nole”. Pasaron los años, y por muchos récords que lograra, por mucho que se superara como tenista, por todo lo bien que le hacía a este deporte, prácticamente nunca recibió el cariño del público.

Bajó los brazos. Se dio por vencido. Terminó por aceptarlo. Los periodistas le preguntaban una y otra vez por qué creía él que no contaba con el apoyo de la grada. Él intentaba restarle importancia, hacer ver como que no le afectaba, cuando realmente era algo que le dolía, que lo llevaba clavado muy adentro. Lo terminó viviendo, partido a partido, como algo habitual. Dejó de esperar que un día, las personas del publico fueran con él. Hasta que, de repente, todo cambió.

Domingo, 12 de septiembre de 2021, Nueva York, EEUU.

Djokovic entró a la Arthur Ashe sobre las cuatro de la tarde, hora local. Estaba a solo tres sets de hacer historia. Su nombre se inscribiría con letras de oro en los libros de historia del tenis. Se convertiría en el segundo hombre en la historia en ganar los cuatro Grand Slams en un mismo año. Nunca había estado tan cerca de lograrlo. Casi podía rozarlo con los dedos.

Se le ve sonreír en la entrada a pista. Parece relajado por fuera. Por dentro, es todo lo contrario. Solo él y los suyos saben la presión que ha tenido que sufrir en las últimas semanas al encontrarse tan cerca de un logro histórico. Ha intentado por todos los medios esquivar el tema en cada pregunta a pie de pista tras cada partido en este US Open, en cada rueda de prensa. Estaba a muy poco tiempo de quitarse esa presión del pecho. Para bien o para mal, todo iba a acabar en unas horas.

Era el favorito frente a Medvedev. Lo tenía todo de cara, a priori. Ya había vencido a ese mismo rival siete meses atrás, en la final del Open de Australia. Todo estaba preparado. No hay nada que pudiera salir mal. Pero en unos pocos minutos, empezó a comprobar que las cosas no iban bien. Sus piernas no respondían. Seguro que las 17 horas que se llevó en pista hasta llegar ahí influyeron. También su cabeza, totalmente exhausta después de tantos días viéndose al borde del precipicio, como cuando empezó set en contra en cada uno de los cuatro partidos anteriores.

Primer set, Daniil. La cosa se complica. Tocaba volver a remar, una vez más. “Ya lo hice antes, en las cuatro rondas anteriores. Puedo hacerlo una vez más”, se decía para sí mismo. Tenía razón. Podía hacerlo. En el primer juego al saque de Medvedev, Nole dispone de un 0-40 que le permitía tener, al fin, tres opciones de quiebre. La película corría por los mismos derroteros de las cuatro anteriores vistas en esa misma cancha, pero el ruso le dio la vuelta a todo y terminó llevándose el juego.

Aquello fue recibido por Djokovic como un uppercut directo al mentón. Le dejó noqueado. Vio la puerta abierta, pero se la cerraron en toda la cara. No volvió. Desesperado, terminó rompiendo su raqueta unos juegos más tarde. Si en las finales de Roland Garros y Wimbledon se respiraba ambiente de remontada tras empezar perdiendo, anoche, la cosa pintaba muy mal.

Cuando empezó la tercera manga, aún había mucha gente que esperaba la resurrección del serbio en el partido, pero cuando sufrió un break, él mismo entendió que ese no iba a ser su día. Con el doble break, la historia estaba escrita. Fue entonces, cuando su mente pudo respirar.

Es en ese momento, cuando Novak entiende que la historia cambió de carril y se alejó de su camino. La misma presión que llevaba instalada en su pecho y su mente durante tantas semanas, le abandonó. Es justo ahí cuando juega más libre y consigue el tan ansiado break. Había tenido que pasar dos horas y media de final para lograrlo. Él sonríe. Sabe que, a pesar de haber herido a su rival, él sigue malherido y arrinconado y que es cuestión de tiempo que su derrota se produzca. En ese preciso momento, ocurre.

La grada de la Arthur Ashe, casi al completo, se levanta y empieza a animarle. Le aplaude. Hay muchos que cantan su nombre. Djokovic vuelve a sonreír. Bebe agua y alza el puño varias veces. Mientras traga, se golpea con la mano en el corazón. Durante más de 30 segundos, la grada neoyorkina profesa su amor hacia Nole, algo que nunca antes había hecho. Qué curioso, en todos los años donde terminó ganando ahí y fue el mejor, nunca le llevó en volandas. Justo cuando se encontraba herido y en uno de los momentos más duros de su carrera, quizá, incluso, cuando más lo necesitaba, se volcaron con él.

Nole ahogó su cara en la toalla y rompió a llorar. Huérfano de la presión que tanto le había ahogado durante semanas, al ver el amor de la gente, aquella pared rocosa forjada durante tantos años, simplemente se quebró. Se dejó ir. A diferencia de la de Kopaonik, la suya recibió los impactos del amor del público. Había tenido que esperar muchos años para que al fin la gente fuera justa con él. Habrá tenido sus cosas, como todo el mundo, pero un hombre como él, que sigue luchando por ser el GOAT de este deporte, no merecía que la grada estuviera siempre contra él.

Se secó las lágrimas como pudo en su toalla y se preparó para restar. Ya en su posición, todavía algunas lágrimas seguían posadas en sus pestañas. Daba saltitos, esperando la última batalla, como ese gladiador herido que sabe perfectamente cuál es su destino, pero todavía tiene la valentía y el coraje necesarios para mirar a la derrota cara a cara y decirle que ahí está él, que ya no importaba nada, porque todo estaba decidido y él lo había aceptado.

Cuando se consumó la victoria de Medvedev, Novak se sentó en su banquillo, guardó sus cosas y miró al cielo neoyorkino mientras la noche empezaba a vencer ya al día. Puede que la historia se le escapara de los dedos, puede que no consiguiera levantar el título de campeón, pero se llevó a casa algo que nunca antes había tenido, y que puede que para él fuera incluso tanto o más importante que el trofeo a nivel sentimental: el cariño de la gente.

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