Medvedev contra la lógica

El ruso se ha convertido en uno de los mejores restadores del mundo desafiando todas las concepciones académicas sobre este ámbito del juego.

Daniil Medvedev. Fuente: Getty
Daniil Medvedev. Fuente: Getty

El tenis evoluciona, se transforma, se reinventa. Es una máxima que se da en todos los deportes, también en el de la raqueta, que va poco a poco dando paso a una era donde los tenistas, a nivel físico, reciben una formación de primer nivel. Una era en la que los biotipos han cambiado radicalmente, en la que es posible ver a auténticos gigantes moverse de manera grácil desde el fondo de la pista, en el que un tenista puede ser atacante y defensor prácticamente a la vez.

Muchas de estas pautas, inexplicables y desconocidas hasta la fecha, se encarnan en la figura de Daniil Medvedev. A falta de un salto competitivo en los Grand Slams (que se traduce, más bien, en una victoria, puesto que ningún jugador de la Next Gen ha estado tan cerca de conquistar uno en varias ocasiones), el tenista ruso es una rara avis, un prototipo de tenista que ha venido a quedarse y que jamás habíamos visto. Tal como puedan ser modelos como Erling Haaland en el fútbol o Giannis Antetokounmpo en el baloncesto, el físico y la estructura del jugador ha dejado de definir su estilo. El tenis de Daniil puede avasallar desde una enorme variedad de perfiles, despojado de cualquier limitación física imaginable.

En este caso, hay un apartado del juego en la que el perfil que despliega Medvedev es muy difícil de explicar... pero funciona. Triunfa. Es el resto, una de sus mayores áreas de mejora desde su eclosión en el circuito. Físicamente, sus 1,98 metros de altura desafían la noción de que el ruso sea un jugador que pueda conseguir una enorme rentabilidad a este golpe. Es lo lógico, ¿no? Ese primer paso, esa capacidad de reacción, esa rapidez de movimientos deberían verse dificultadas por la construcción de su propio cuerpo.

Nada que ver. Medvedev emplea una táctica que pocos jugadores de su altura habían utilizado. Lo hace, además, en pistas duras: un desafío en toda regla a los cánones del tenis. Daniil decide restar más allá de los cuatro o cinco metros sobre la línea de fondo, un acercamiento a este golpe que Rafael Nadal ha perfeccionado a lo largo de su carrera... pero con un éxito preponderante en tierra batida (con mayor tiempo de reacción y para golpear gracias a la velocidad de la superficie) y empujando al rival hacia el fondo de la pista gracias a una pelota de revoluciones estratosféricas (de nuevo, motivado por el impacto de la tierra batida en la bola).

Ya sabemos, sin embargo, que Medvedev no es un tenista que emplee el spin como táctica favorita: es un tipo de golpes planos, lineales, en ocasiones con un tacto suave, en otros con una postura inusual desde la que despliega auténticos cañonazos. Pero los 1,98 no son un límite para Medvedev. Todo lo contrario: son una ventaja. El ruso no precisa de unos enormes reflejos o capacidad de reacción: la propia longitud de sus brazos, unida a una capacidad única para conectar grandes golpes a pesar de posturas totalmente heterodoxas, permiten a Medvedev llegar a lugares inimaginables. No solo eso: también le permiten golpear de forma casi imposible, conectando grandes restos puramente planos (!) prácticamente desde la valla de fondo.

(Una muestra de lo que puede hacer Medvedev: ese resto, en un tenista de 1,98m, sencillamente no existe. En una esquina de la pista, a cuatro o cinco metros de la línea de fondo, pega un auténtico bazookazo absolutamente plano dirigido a una escuadra de la pista para ganar el cuarto set de la final del Us Open 2019 ante Rafa Nadal).

Mientras que jugadores como Novak Djokovic o Andre Agassi han perfeccionado este área del juego en base al equilibrio, la coordinación ojo-bola-raqueta y su velocidad de reacción para impactar con el punto dulce de la raqueta en milésimas de segundo, Medvedev toma un desvío y gana tiempo al colocarse tan lejos de la pista. Su complexión física, con esos 'gadgeto-brazos' (el que sepa sobre el Inspector Gadget sabrá de qué le hablo) harán el resto. Su búsqueda es hacer del resto un golpe más del intercambio: golpearlo plano, profundo, tratarlo como un punto de partida para ganar el punto. Desafía las leyes de la física.

Los números que lo reafirman

La semana pasada, durante su coronación en el Masters 1000 de Canadá, Medvedev ganó el 50% de los puntos al resto contra John Isner siguiendo este patrón de juego. En la final, ante Reilly Opelka, firmó números similares: un 43,6% de puntos ganados. En Wimbledon, ante otros perfiles sacadores como Marin Cilic o Sam Querrey, también pasó la barrera del 40%. En todos sus partidos del Open de Australia 2021, a excepción de la final ante Novak Djokovic (sí, el serbio es ese monstruo final del juego que se propone desmontar patrones como este), Medvedev SIEMPRE pasó de la barrera del 40% de puntos ganados al resto, incluyendo un 44,6% ante un buen sacador (con, además, muchas más variantes que el prototipo al que Opelka se refiere cariñosamente como 'servebot') como Stefanos Tsitsipas. Contra Berrettini en la ATP Cup, también un 45% de puntos ganados al resto.

Esto es una teoría respaldada por los datos, datos que también muestra el analista Craig O'Shanessy a través de una muestra cuantitativa extraída de la pasada ATP Cup. Medvedev promedió mayor velocidad en su resto de segundo saque (117 km/h) que en los golpes a disputar en un intercambio (116 km/h). Es una prueba más de cómo el ruso quiere reinventar el tablero en pistas duras, una ventaja competitiva que se vuelve aún más capital echando un vistazo al futuro de la ATP.

Porque, sí, amigos: en un tenis cada vez más caracterizado por los grandes servicios, donde prácticamente todos los perfiles jóvenes tienen un saque sólido y contrastado, el resto puede convertirse en el mayor elemento diferencial. Que se lo pregunten, sino, a Stefanos Tsitsipas. Porque todos pueden sacar bien... pero solo unos pocos sacan el partido que puede tener el resto. Y Medvedev está empeñado en ser el mejor haciéndose dueño de esta máxima. Tengan cuidado con él.

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