El milagro australiano

La finalización del Open de Australia 2021 era un desafío que merece el reconocimiento y el aplauso. Tardaremos en volver a ver un evento así, con las gradas llenas.

Novak Djokovic, con el título del Open de Australia. Fuente: Getty
Novak Djokovic, con el título del Open de Australia. Fuente: Getty

El rostro de Craig Tiley antes de dar comienzo a la ceremonia final del Open de Australia 2021 lo indicaba todo. Parecía que había perdido años de vida en comparación a otras temporadas. En cuerpo, estaba allí; el alma se la había dejado durante los pasados cuatro meses en garantizar la viabilidad de 'su bebé'. Tuvo que aguantar pitidos hacia el Gobierno, incluso vio cómo el torneo corría peligro por algún que otro caso positivo... y, a pesar de todo, puede decir en voz alta que lo consiguió. Y merece que le demos todo el valor del mundo: la celebración del Open de Australia ha sido un verdadero milagro.

Lo ha sido, sobre todo, por una sencilla razón: se ha jugado en Australia. Y el país oceánico ha sido uno de los más estrictos y herméticos a la hora de luchar frente al virus. Las islas se cerraron a cal y canto mientras el mundo dejaba salir a sus ciudadanos tras la primera ola; más tarde, claro, el mundo se volvía a cerrar y los australianos abrían sus puertas. Solo a sus residentes, claro; los casos de transmisión local eran nulos, pero en los últimos meses aparecieron nuevas cepas que ponían en peligro todo un plan de estrategia gubernamental. Ahí, en medio de todo esto, colgaba un evento que podía marcar un antes y un después para el país.

La primera señal de que este Open de Australia sería único fue el retraso en sus fechas. La Rod Laver no vería acción hasta casi un mes después de lo normal, obligando a realizar una reestructuración total de los calendarios masculinos y femeninos. Ya saben, los Grand Slams mandan, pero esta no iba a ser la única incomodidad. Límite de personas en las burbujas, lo que obliga a realizar la fase previa en países diferentes, una auténtica excentricidad que parecía salirle bien a los mandatarios de Tennis Australia. Parecía.

El mayor desafío iba a ser el transporte y la logística de miles de jugadores y entrenadores. Sí, parecía que todos habían acatado eso de una cuarentena de 14 días (o no... luego veremos el por qué), pero no podían descuidarse ni un pelo en llevarlos desde la otra punta del mundo. Los aviones parecen espacios seguros, y más cuando apenas se llenan al 20% de su capacidad... bueno, más bien parecía. Positivos entre azafatas y miembros de la tripulación hacían temblar la disputa del torneo.

¿Cuántos de los 1200 jugadores y jugadoras debían sentirse amenazados por la presencia de estos casos positivos? Si nos vamos a los números más generales, pues muy pocos. Si nos vamos a cada caso individual y las posibles connotaciones competitivas... empezaba a planear la sombra del desastre. Más de 70 jugadores se veían obligados a realizar una cuarentena forzada de 14 días. Ahora sí, cuarentena; sin excepciones para entrenar durante 5 horas. 14 días encerrados en habitaciones de hotel.

Probablemente este fue el momento en el que más se tensó la cuerda entre organización y jugadores. Algunos salían a la defensa de Tennis Australia, afirmando que ya habían sido avisados de que esto podía pasar. Otros, sin embargo, alzaron la voz (en especial muchas tenistas), recriminando que no se manejaba la opción de que un caso positivo por parte de miembros de la tripulación fuese considerado como un contacto cercano y que, por tanto, no era necesario que las jugadoras se aislaran. El positivo de Paula Badosa siete días después del inicio del aislamiento acabó por dar la razón a los mandamases australianos, que evitaron con estas cuarentenas una mayor propagación del virus por Melbourne.

Pero claro, no podemos obviar que a nivel mental estas condiciones han resultado durísimas para muchos jugadores. Ahí se ha encontrado el mayor reto para el torneo de las Antípodas: convencerles de que esta es la manera más segura de jugar al tenis. Las conversaciones se intensificaron, apareció la lista de Djokovic que muchos interpretaron erróneamente como demandas, se cuestionó la burbuja paralela de Adelaida y, por si fuera poco, cuando parecía que el torneo se celebraría sin mayores complicaciones, surgió un nuevo repunte de casos positivos tras una fiesta en el hotel que obligó al torneo a cancelar la entrada de público durante cinco días.

Sin espectadores en las gradas, los tenistas siguieron jugando. A muchos de ellos su propio cuerpo les dijo basta, machacado por esos 14 días de espera, en especial en la zona abdominal o de espalda. Pero pasaron los días y el público volvió, la Rod Laver presentó un aspecto prácticamente normal de cara al día de la final y Novak Djokovic volvió, durante unos minutos, a restablecer la normalidad en Australia: trofeo en sus manos, mirada al cielo, público que celebra, Tiley presente.

Tiley estaba apagado, eso sí. La tarea que ha afrontado durante estos meses ha sido titánica. El torneo afronta un déficit de 40 millones de dólares australianos, una brecha ocasionada por la espectacular logística e infraestructura que ha garantizado la salud de todos. El mayor éxito de este torneo, precisamente, ha sido el de navegar durante dos semanas en un mar de quejas y presiones en mitad de una pandemia mundial. Ni un solo positivo con el torneo en juego y una final con más de 5,000 personas en las gradas. Que me pellizquen si veremos esto en pocos meses.

Vuelta a la normalidad

El Open de Australia 2021 se ha convertido en un oasis en mitad de la pandemia. Es imposible que sea el modelo a seguir, pero es un ejemplo de cómo organizar de manera segura un torneo de tenis. Una pequeña utopía que, con sus fallos, se hizo realidad durante dos semanas. Con eso nos quedaremos mientras volvemos al vacío de grandes pabellones como el de Montpellier, con la fantasía de que esto se repita pronto. Ojalá Tiley tenga ese mismo regusto.

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