La mayor y gran obsesión en la carrera de Björn Borg

La vida del sueco Björn Borg como tenista estuvo plagada de obsesiones de todo tipo. Entre ellas, la que mantuvo con su más fiel compañera.

Bjorn Borg. Foto: Getty
Bjorn Borg. Foto: Getty

Catalogado como uno de los tenistas más enigmáticos de la historia, entre otras cosas por su muchas veces incorrecta ubicación con los tiempos que le tocó vivir, a medio camino entre el loco y el revolucionario, Björn Borg es y será siempre un viaje interminable. Su vida fue como una baraja de cartas dentro de un juego que uno puede conformar hasta quedarse con la jugada, dentro y fuera de la pista, que más le convenza. Mezclada y repartida, quizás su historia fue la que más aristas presentó, la que más expectativas generó y la que más peso soportó, de ahí que siga siendo uno de los más fascinantes personajes atribuidos al tenis. No obstante, no sólo su vida soportó un peso difícil de aguantar. Como él en muchos momentos, su más fiel compañera también acostumbró a romperse.

De entre todas las rarezas, que no eran sino puntales de su extrema competitividad, de su enfermiza obsesión por el control de los detalles, la relación de Borg con su raqueta fue tan singular como apasionante de recordar. Se sabe que Borg fue el primero que llevó entrenador -Lennart Bergelin- a los torneos (“los organizadores y los jugadores me miraban como un loco, no entendían nada”), que comenzó a empuñar el revés a dos manos y a dominar desde el fondo un juego nacido para jugarse hacia la red. Se saben muchas cosas de Borg, entre ellas que su raqueta es una intrahistoria en sí misma. Un increíble spin-off de su carrera.

A principios y mediados de los 70, el tenis estaba muy cerca de despegar como industria global. Quedaban muchos mercados por explorar pero los principales -Europa y Estados Unidos- ya se frotaban las manos. En lo referente a las raquetas, Slazenger, Wilson, Donnay y Dunlop se ‘mataban’ por conseguir un contrato multianual con McEnroe y Borg, las estrellas del momento. A John le sedujo primero Wilson y después Slazenger, y Borg, que había ganado Wimbledon junior con una Slazenger, propiedad del legendario John Barrett, estaba a punto de firmar con la compañía belga Donnay, la que terminaría siendo su raqueta de confianza durante toda su carrera. La venta de raquetas a nivel mundial disparó los ingresos de las compañías, por lo que firmar o retener a los mejores iba a reportar a los jugadores cantidades impresionantes para la época.

Borg, que ya se había vinculado con la victoria y todas sus sombras, se obsesionó con su herramienta. Y para que todo estuviese en su lugar día tras día, puso toda su confianza en dos hombres, quienes se encargarían de que su raqueta, siempre, estuviese a su disposición como él quería. Como es de imaginar, las condiciones que impuso no eran las más comunes, así que Donnay dispuso toda su capacidad para que su querida, así como su fabricación, fuese exclusiva. El sueco, por su forma de jugar, necesitaba una tensión altísima, circunstancia que hacía muy difícil que una raqueta de madera convencional aguantara. Impedir que la raqueta vibrara o que soportara aquella presión en su cordaje requería de algo sumamente especial.

Para convencer a Borg, entre otras razones, como pagarle 3 millones y medio de dólares por cinco años, André Donnay y Guy Pignolet seleccionaron cuidadosamente a un trabajador específico, extremadamente riguroso y comprometido, dadas las responsabilidades que la marca belga estaba a punto de asumir. Ese hombre sería un joven belga de 24 años, de profesión carpintero, y de nombre José (Thiry), quien a partir de 1975 comenzó a encargarse exclusivamente de las raquetas del que terminaría siendo el Dios de su deporte. El encargo, debe decirse, era monumental: una vez probadas 37 tipos de maderas diferentes, Borg encargaba 400 raquetas al año, de una especificidad total, pues debían pesar exactamente 415 gramos, medir 33 centímetros de un extremo al otro y reforzarse con otro tipo de madera añadida que pudiera resistir la increíble tensión de las cuerdas de Borg, situada siempre entre 35 y 40 kilos. Para la época, una verdadera locura.

La madera, seleccionada en los bosques de Couvin, Bélgica, y una vez la raqueta era terminada, se dejaba secar durante seis meses, antes de que el joven Thiry diera paso al proceso de estiramiento del grip. José seleccionaba cuidadosamente un ancho de la empuñadura de cuero que debía ser de 1,7 mm de grosor para un mango 4 5/8 de 25 cm de longitud. Se sabe, además, que este ejercicio era particularmente doloroso, ya que el cuero tenía que estirarse firmemente para proporcionar a Bjorn Borg el agarre ideal, haciendo que el dedo índice de Thiry se deformara. El último paso, después del secado, era seleccionar las 25 mejores para cada torneo que disputara Borg.

Cuando la raqueta estaba terminada, tocaba encordarla, siendo una tarea también minuciosa y exigente, y que Borg encargó durante toda su carrera a la misma persona: su encordador, Mats Laftman. Como relató en las páginas de ‘El País’, Borg sabía que sus cuerdas iban a romperse continuamente, pero alguien tenía que saber que esas condiciones debían respetarse a rajatabla. “Él era el único capaz de dejarme la raqueta como yo quería. A mí me gustaba que el cordaje estuviera muy tenso, a unos 36 kilos, lo que para la época y las raquetas de madera era una barbaridad. A esa presión, lo normal era que el cordaje se rompiera o que el marco de la raqueta cediera. Afortunadamente, tenía buena relación con la SAS (la línea aérea sueca), que nos dejaba mandar hasta 1.500 raquetas a Suecia para que Mats las preparase y luego me las enviaba adonde yo estuviera. Era necesario porque en un solo torneo podía romper muchas cuerdas o raquetas. Un año, en Roland Garros, llegué a romper hasta 60 veces."

Fue así como Borg se ayudó para construir un juego inaudito para los tiempos, rodeado de multitud de detalles técnicos, psicológicos y materiales que revestían su figura de una narrativa obsesiva. Armando una estructura tan compleja que nada podía fallar en la búsqueda de la perfección, todo en Borg debía estar programado. Todo, al servicio de una mente labrada para ganar.

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