El Peque que se hizo Gigante

Hace tiempo que su altura dejó de ser noticia. Lo de Diego Schwartzman es una constante historia de superación que encuentra en Londres un nuevo capítulo

Diego Schwartzman celebra. Fuente: Getty
Diego Schwartzman celebra. Fuente: Getty

No hace demasiado tiempo, Diego Schwartzman formaba parte de ese conjunto de jugadores latinoamericanos que peleaban en el circuito Challenger por ganarse su lugar en el top-100. No hace demasiado tiempo, Diego Schwartzman vestía una remera Topper y se enfrentaba a Novak Djokovic en primera ronda del Us Open. Era de sus primeros Grand Slams y lo que llamaba a la vista para aquellos que no lo conocían era un dato importante: su altura.

Todo lo que se hablaba de él hacía referencia a su altura. Que si era demasiado bajo, que si ahí había un tope que no se podía rebasar. Primero, se empezaba a hablar de Diego como un terrícola más del circuito. Ganó su primer título en Estambul y se habló más del show de su rival, Dimitrov, en una final de desenlace... extraño. Pasaba a ser un muy buen terrícola, pero terrícola al fin y al cabo. Algunas buenas actuaciones en Grand Slam, consistencia y el paso a jugar torneos ATP de forma regular. El terrícola empezaba a abrirse camino.

En poco tiempo, Diego Schwartzman pasó a ser tratado de 'ese jugador bajito que solo juega bien en tierra' a cargarse sobre su espalda el peso del tenis argentino. La subida de Del Potro había sido temporal: por desgracia, las lesiones volvían a hacer mella en el argentino. Schwartzman bajaba al barro de los playoffs de la Davis, lo daba todo por hacerse un hueco en el corazón de sus compatriotas. Mientras tanto, seguía subiendo. Su 2019 fue muy bueno, un año en el que le miró de tú a tú los mejores y le dio un punch extra sus golpes.

Y este 2020 parecía que el tope de Diego había llegado. Sí, su Open de Australia había sido bastante bueno, llegando a la ronda que se le exigía por ranking, pero una lesión auguraba nubes negras en el horizonte más cercano. El Peque no es tampoco un chaval: su descenso en el ranking podía ser decisivo. ¿Habíamos visto su techo demasiado pronto? ¿No es realmente su falta de saque y quizás de un extra de potencia un déficit demasiado grande?

Recuerdo que antes de que el circuito volviese y las modificaciones en el ranking ATP cambiasen el panorama tenístico, que se hablaba de las combinaciones que Schwartzman necesitaba para romper la barrera del top-10. Descabelladas, quizás. Muy lejanas, quizás. Necesitadas de un rendimiento espectacular en pista rápida, algo casi inimaginable. Cuando Diego, tras prepararse fuera de Argentina pero visiblemente tocado en el terreno físico, perdió en primera ronda del Us Open, pocos pensaban en que podría acabar dentro del top-10 en 2020.

No solo acabará en el top-10. Acabará en el top-8. Destrozando otra marca más, desafiando a lo establecido. Lo que ha hecho toda su carrera, al fin y al cabo. Nadie habla ya de la altura de Diego Schwartzman. Hablamos de cómo en 2020 fue el único en derrotar a Rafa Nadal sobre tierra batida. De cómo alcanzó, por primera vez, una final de Masters 1000. De cómo llegó a su primera semifinal de Grand Slam, sobreviviendo a cinco sets contra jugadores con armas más potentes que las suyas.

Cuando hay pundonor, capacidad de voluntad y un instinto salvaje por querer mejorar de forma constante y ser la mejor versión de uno mismo, todo esto se convierte en una cuestión secundaria. No solo de tierra vive el hombre, y el bonaerense también ha sabido mantener el tipo en la gira indoor. Cada vez juega mejor en cualquier superficie, cada vez es más capaz de dominar en más situaciones de partido. Cada vez grita más, cada vez su nombre tiene más jerarquía en el circuito.

¿Y su altura? Por si tenían alguna duda... el Peque es Gigante. De corazón, sobre todo. Un corazón hecho a base de superar obstáculos. Hoy, Diego Schwartzman ha derribado una nueva barrera. Ya es Maestro. El Peque es Maestro. Disfrútenlo.

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