“Disfrutaba muy poco del tenis, con 27 años ya no me quedaba energía”

David Sánchez, ex Nº41 del mundo y actual entrenador de Fernando Verdasco, nos relata la parte del tenis que no vemos. “Retirarme fue un alivio, no podía más”.

David Sánchez Muñoz. Fuente: Punto de Break
David Sánchez Muñoz. Fuente: Punto de Break

Se suele relacionar el tenis de élite con términos como ‘victorias’, ‘premios’, ‘títulos’, ‘lujo’, ‘gloria’ o ‘éxito’. Realidades que existen pero que no son las únicas. Para llegar a todo eso, antes hay más escalones que la gente desconoce. En el recorrido está la clave, tanto en la distancia como en la forma. Cada jugador extrae una experiencia distinta de esta profesión y hoy hemos venido a contar la de David Sánchez (Zamora, 1978). Profesional desde 1997 hasta 2005, a este diestro español le bastaron ocho temporadas en el circuito para pasar página. Imposible aguantar un día más. ¿Se puede llegar a sufrir haciendo lo que más te gusta? Totalmente, hasta el punto de verte obligado a decir basta.

A quince años de su retirada, hace tiempo que David cambió su itinerario. Todavía sigue respirando tenis, pero ahora desde la barrera. Desde principios de este año 2020 trabaja junto a Quino Muñoz como técnico de Fernando Verdasco, a quien ya entrenó en la temporada 2016. Aprovechando este paréntesis dentro del tour, el zamorano se sienta con Punto de Break para hablarnos de la actualidad de su pupilo, pero también para echar la vista atrás y contarnos su historia, una crónica de sonrisas y lágrimas donde finalmente pesaron más las segundas.

¿Qué tal fue la cuarentena?

Hombre, sentirse encerrado es algo duro, no poder hacer lo que a uno le apetece, pero lo llevé bastante bien, lo aproveché para hacer otras cosas.

¿Qué tal la llevó Verdasco?

A Fernando también le ha ido muy bien, le hacía falta esta parado a nivel físico para resolver algunas teclas que le venían molestando. En general, todo los miembros del equipo nos hemos relajado en lo profesional, hemos vivido el momento y aceptado que íbamos a estar más de cinco meses congelados. Con quien sí mantuvo actividad y comunicación diaria fue con el preparador físico.

Hablar de Verdasco es hablar del tenista español más exigido de su generación. La gente nunca quedará conforme.

Todo el mundo piensa que ha podido dar más, puede ser verdad, pero cada jugador es un mundo. Hay que valorar que lleva 18 temporadas en la élite y siempre cerca del top50, eso es muy complicado. A él le gusta mucho el circuito, le encanta viajar y su objetivo es alargar su carrera lo máximo posible. Eso demuestra el compromiso que tiene. Por su potencial está claro que hay cosas que se hubieran podido hacer mejor, pero yo me quedo con todo lo bueno.

Potencial, talento y expectativa. Tres conceptos hermosos e intangibles. ¿Qué crees que le ha faltado para dar su máximo?

Sinceramente, nunca tuve una conversación íntima con él sobre ese tema. Yo creo que el año que acabó top10, el año donde pierde en semifinales de Australia con Rafa, vivió todo con demasiado estrés. Esto lo digo con mucha prudencia, ya que solo es una sospecha. Después de conocerle mucho más en 2016, creo que los tiros pueden ir por ahí. Estar en la élite del tenis conlleva muchos sacrificios, todo se vuelve más duro, uno tiene menos libertad para hacer cosas, cualquier despiste se paga… si uno escucha todo esto, inconscientemente lo puedes llegar a rechazar. No todo el mundo está dispuesto a pasar por ese nivel de estrés, no sea que luego estés peor en tu vida personal. No digo que se haya acomodado, pero quizá lo vio como un objetivo demasiado exigente.

¿Es tan profesional como parece?

Muchísimo, eso sí que te lo puedo asegurar. Y también se pone nervioso, igual que todos los demás. De no haber sido profesional no hubiera ganado a tantos jugadores buenos como ha ganado, ese carácter ganador lo tiene. Él es muy creativo, quizá lo que más le haya costado es la constancia, siempre huye de la monotonía diaria. Por dar un mensaje más concreto, pienso que todo lo que te exige estar en la cima, a él se le empezó a hacer un poco duro por esa constancia.

Se llegó a decir que era el español con mayor potencial, ¡incluso por encima de Nadal!

Eso no suma, desde luego, aunque él ya tuviera cierta edad en ese momento. Su infancia la desconozco, no sé si ya desde pequeño todo el mundo venía a decirle lo bueno que era y a remarcarle ese potencial. El potencial lo tiene, es evidente, pero habría que definir bien este concepto. Potencial de tiros, de golpes, de velocidad de bola, de potencia… todo eso lo tiene, pero luego hay otras áreas. Cerrar puntos en la red, por ejemplo, en ese potencial ya no es tan bueno. O la propia constancia, la habilidad de levantarse cada mañana con el mismo hambre y mantenerte concentrado durante todo el año, a eso también se le llama potencial.

En Australia 2009 no pudo ganar a Rafa en aquella semifinal, pero se vengaría siete años después en primera ronda. Ahí estabas tú.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Veníamos de perder con Djokovic en Doha y en primera de Australia nos toca Nadal. Ese partido lo ganó Fernando en cinco sets, pero es que se tenía mucha fe. Antes de entrar a pista me decía: ‘He jugado ya muchas veces con él, me veo capacitado para ganar’. Cuando él está concentrado, el partido se pone 50-50, esté quien esté al otro lado. En el caso de Nadal, estamos ante un jugador que completa mucho más todos esos potenciales que mencionábamos, aunque a nivel de potencia y tiro quizá Fernando esté un punto por encima.

Puede ganarle a cualquiera, eso es bueno. También puede perder con cualquiera, eso es malo.

Digamos que es como un Ferrari. Tiene una velocidad punta increíble, pero también es más delicado, de vez en cuando sufre averías. A veces también puede haber algo de miedo, la obligación de ganar por el hecho de ser mejor que el otro, mentalmente es duro entrar a una pista pensando: ‘No puedo perder’. Puede que esa presión autoimpuesta a Fernando le afectara más al tratarse de un jugador que no es tan regular como otros. Tiene días brillantes en pista pero luego tiene otros en los que pierde con gente que no debería perder. Por eso no ha sido top10 o top20 durante diez años.

En aquel Open de Australia 2016, sin ir más lejos, tumba a Nadal el primer día y dos días después pierde con Dudi Sela.

A Marat Safin, por ponerte un ejemplo, le recuerdo siempre sufriendo muchísimo cada vez que jugaba con los Rochus o con Santoro, y también había una diferencia considerable de ranking. Con Dudi pasaba algo parecido, tenía un tenis de mucho talento que a Fernando le viene muy mal. Además, ese día se sumó que jugaron en una pista pequeña, totalmente distinta a la Central, que es muy lenta. Evidentemente fue una pena perder el partido, pero recuerdo verle tremendamente cansado físicamente, todo lo vivido con Rafa en primera ronda lo arrastró. Un partido con Nadal, a cinco sets, con 33 años encima… no es fácil digerirlo. Tampoco quiero poner excusas, fue un mal partido y no supo estar a la altura, pero claro, vienes de ganarle a Rafa y luego pierdes con el 87º del mundo. La gente pensaría: ‘Una más de Verdasco’.

¿Qué le puedes aportar tú a estas alturas?

En la etapa en la que está, más allá de las expectativas, Fernando sigue pensando que su tenis está más cercano a ser top20 que top50. Lo que él ha buscado en mí es esa ayuda en los partidos que ya le brindé en 2016. A nivel táctico creo que tengo un punto muy bueno, aunque sea de otra generación conozco a la mayoría y entiendo bien el circuito. Otra virtud que creo que tengo es la estabilidad del día a día, la confianza con él para decirle las verdades, imagino que todo esto es lo que busca con mi presencia. Cierto es que tampoco podemos comparar etapas, ahora se está acercando a los 40 años y cada vez es más difícil sostener esa continuidad.

Lo que no entiendo es tanto cambio de entrenador. Este año sigue Quino Muñoz y te sumas tú.

Es tanta la convivencia, es tan intenso el circuito, se cruzan tantas emociones y son tantas las horas de matrimonio entre jugador y entrenador que estaríamos incluso ante una relación no natural. Ambos perfiles debemos aprender que no por estar más tiempo juntos es mejor, a veces hay que romper o trazar diferentes planes para recuperar esas ganas de verse y volver con más ganas de trabajar. Actualmente lo normal es tener varios entrenadores, más ojos observando, me parece algo muy positivo, un acierto total.

Has entrenado a Andújar, Donskoy, Giraldo y Verdasco. ¿Quiénes fueron tus maestros?

Manuel Antón fue el primer entrenador que me marcó, cuando todavía estaba en Zamora. Con 14 años me fui a Barcelona y empiezo a ser más profesional. Allí estuve con Álvaro Margets en la Federación y luego con Emilio Sánchez Vicario y Pato Álvarez. Por último, a los 21 años me fui a vivir a Valencia y empiezo a trabajar con José Luis Aparisi hasta que me retiré. También me gustaría mencionar a Paul Dorochenko, una persona muy estudiosa del tenis que también viajó conmigo algunas semanas y me ayudó mucho. Lo que somos, aparte de nuestra esencia como persona, viene a raíz de con quién nos hemos ido encontrando en el camino y el aprendizaje de esas experiencias.

Con la dificultad que conlleva examinarse a uno mismo, ¿qué balance harías de tu carrera?

Mi mejor ranking fue 41º. Estuve siete años en el top100. Era un jugador mucho más de tierra batida, de construir la jugada, no tenía tanta potencia pero sí mucho control de pelota, mucha estrategia. Me retiré con 27 años estando todavía entre los cien mejores. Viendo todo esto desde la distancia, creo que por calidad hubiera podido haber estado más arriba en el ranking, sin llegar al top10 pero igual sí haber tocado el top30. Desde fuera me veían como un jugador muy completo, un luchador.

¿Por qué no llegaste?

Si no llegué más arriba es porque lo vivía todo con demasiada tensión. Era muy exigente conmigo, muy perfeccionista. Si no tienes un poco de flexibilidad, sin perder el contacto con la realidad, eso te va minando. Jugaba muy tenso, una sensación que te va destruyendo con el paso de los años. Disfrutaba muy poco del tenis, incluso cuando ganaba, rápidamente me proyectaba al siguiente partido, pensando en cómo tenía que jugar. No me daba la oportunidad ni el espacio para disfrutar, el placer de sentirme bien cuando ganaba los partidos. Era trabajador y era constante, pero a la hora de gestionar todo esto interiormente era muy delicado. Con 27 años ya no me quedaba energía para seguir compitiendo. Gracias a esa experiencia, ahora puedo entender mejor otras historias de gente que no fluye, que no lo pasa bien, así que les intento aportar mi visión para que no les pase lo mismo.

Tu trayectoria fue de las más cortas que recuerdo: ocho años. ¿No pensaste en volver?

¡Qué va! No me arrepentí nunca, ni siquiera fue una decisión, en aquel momento estaba obligado a retirarme. No podía más, lo consulté con todo mi entorno y ellos me dieron la libertad para dejarlo. La gestión interna había sido muy mala y era lo que tocaba. Para mí fue un alivio, era más el sufrimiento que el disfrute. Luego sí me quedó ese espíritu competitivo, pero veía que el tenis era demasiado exigente y no quería estar tan lejos de casa, así que me dediqué al pádel profesional durante tres años y llegué a ser Nº9 del mundo junto a mi pareja.

Te escucho y, por un momento, se me rompe el sueño de haber sido tenista.

Tampoco quiero enviar un mensaje dramático, este deporte es muy personal y cada uno lo vive a su manera. Sé que hay mucha más gente que lo vive así, tanto en la élite como gente que está luchando por entrar. Por supuesto, luego hay otra gente que disfruta, que lo han gestionado todo mejor, aunque también pasen sus momentos difíciles peleando por todos sus objetivos. Todos nos ponemos un poco nerviosos al entrar a la pista, pero algunos saben exprimir mejor la sustancia positiva y aguantan mejor esa presión, entonces les compensa.

El que está fuera del top100 sufre porque quiere entrar. El que está top60 sufre porque no quiere salir. El que es Nº1 sufre porque no quiere que lo quiten de ahí. Sufren todos. ¿Nadal y Federer también?

Ahí has puesto un buen ejemplo. Cuando Rafa empezó a subir y se puso Nº2 detrás de Federer, hubo una época en la que Roger se ponía muy tenso cuando se enfrentaban, la tiraba fuera en los momentos importantes. Esas dudas le hicieron ser mejor con el paso del tiempo, pero hasta que no aceptó ese reto de superarse lo pasó muy mal. Son pruebas que aparecen para medir la fortaleza que tienes.

Hablemos de tu fortaleza en Roland Garros. Allí ganaste a Magnus Norman (2001), Carlos Moyá (2001), Gustavo Kuerten (2005) y Thomas Johansson (2005). En París te transformabas.

Tenía buen físico, era constante y en tierra batida era muy duro. Normalmente siempre hacía partido, estuviera quien estuviera enfrente. Eso hacía que muchas veces ganara a jugadores que eran mejores que yo. El calor de París hace que la bola vaya una poco más rápido y eso me ayudaba. Lo máximo que hice fue tercera ronda, nunca toqué unos octavos de final, pero en esas grandes citas se me dio todo bastante bien.

En 2001 pierdes en tercera ronda con un chico de 19 años llamado Roger Federer. ¿Cómo fue jugar contra él?

¡Oh! (Piensa). Pues mira, yo no sé cómo lo viven los demás, pero seguro que es muy diferente a lo que yo te voy a decir. Un Moyá, un Ferrero o un Nadal lo viven de otra manera, mentalmente son genios, saben gestionar mejor el momento. Yo, a mi nivel, lo veía distinto. Mira que en aquel momento Roger era muy joven, no era Nº1 del mundo todavía, aunque ya se veía que iba a ser un fenómeno. Perdí en cuatro sets pero pude competir, lo más incómodo fue la lluvia, que nos obligó a terminar el partido en tres días. Lo que pasa con Federer y estos jugadores de tanta calidad es que tú puedes hacer tu mejor golpe, una bola franca a media pista, la pones en la línea y, de repente, te llegan en carrera, le dan un toque así, tú cubres donde toca… pero te pasan. Lo que parecía imposible, ellos lo hacen. Y no una vez, sino varias. Ahí te das cuenta de que tú tienes que esta casi perfecto y ellos no muy iluminados, si no te arrollan.

¿Y qué te pasó con los chilenos? Sin ellos tu carrera no hubiera sido la misma.

(Risas) Bueno, digamos que hay lugares y condiciones que se vuelven especiales para cada uno. Gané a Marcelo Ríos en Viña del Mar y a Nicolás Massú en Bucarest, ambas finales en 2003. Esos fueron mis dos únicos títulos como profesional, pero más que por ser esos dos jugadores, lo que se me daban bien eran los lugares. Ríos era un first class, pero tenía muchos altibajos y eso yo lo aprovechaba. Con Massú, aunque fue mucho mejor tenista que yo, era un jugador con el que podía jugar de tú a tú. En Chile, París, Bucarest y otros torneos con altura casi siempre jugaba bien.

Me imagino ese momento tuyo entrando en pista, con Ríos enfrente, un título en juego, en Viña del Mar, con todo el estadio en contra… ¿te viniste arriba?

Te tengo que ser honesto: estaba cagado (risas). El partido era a las 22:00, recuerdo llegar sobre las 20:00 y ver a Marcelo calentando. Faltaban dos horas para jugar y la Pista Central ya estaba llena, 5.000 aficionados cantando. “¡Madre mía la que me espera!”. Mi entrenador –José Luis Aparisi– me conocía bien y quiso rebajar la tensión. Aquella noche pedimos un balón de fútbol para entrenar, me vio tan tenso que buscó desviarme de todo aquello. Estuvimos un rato jugando a fútbol y luego ya calenté media hora con la raqueta.

¿Qué te dijo José Luis antes de entrar a la cancha?

Intenta que no se te vaya mucho en el marcador, mantén la igualdad desde el inicio. Él ha perdido aquí tres finales y nunca ha ganado un torneo en su país. Todo esto que tiene a favor se le puede volver en contra”.

Tremendo, acierto total.

Lo más curioso es que justo antes de entrar a pista pasé por el fisioterapeuta para que me atendiera. Era la primera visita que hacía en toda la semana. Allí me encontré a una mujer muy peculiar, me miró y me dijo: ‘Tranquilo que hoy vas a ganar’. Luego empezó el partido y estuve 40 minutos sin poder meterla dentro, perdía 6-1 y 3-1.

¿Qué te pasaba?

Estaba muy tenso, totalmente agarrotado. Obviamente no iba a tirar el partido, hasta que de repente hice un juego muy bueno, luego le hice break y nos pusimos 3-3. Desde ese momento no volví a fallar una pelota, terminé ganando 1-6, 6-3, 6-3. Él empezó a perder sensaciones y yo me agarré a la pista, entré en un estado donde no importaba el tiempo. Pasó lo que me dijo José Luis: en el momento en el que se igualó el partido, Marcelo se vino abajo.

Si tuvieras que quedarte con una sola victoria de tu carrera, ¿sería esa?

Hombre, esta fue la leche y además supuso mi primer título como profesional, pero ahí ya era más jugador, llevaba algunos años metido en el circuito. Me quedaría antes con la victoria ante Carlos Moyá en segunda ronda de Roland Garros 2001. A Charly le conocía desde nuestra época en Barcelona y para mí era un referente, casi un ídolo, solo me faltaba el póster. Claro, ganarle en cinco sets y en París, imagínate. Posiblemente sea la victoria que más ilusión me ha hecho.

Viendo aquella época y la actual, ¿no crees que el tenis cambió demasiado?

Estamos llegando a un punto donde se está perdiendo lo natural, las relaciones, la cercanía, la humanidad se está desvirtuando. Por otro lado, y esto lo digo con envidia sana, aplaudo que se hayan mejorado mucho los premios y que dentro del vestuario masculino ahora sean mucho más amigos, hay menos individualismo que antes. No imaginaba que fuera a cambiar tanto, la verdad, tampoco la manera de jugar. Ahora la gente es más profesional, también hay más medios para ello, más tecnología y materiales, pero sí es verdad que ahora veo más gente jugando igual.

Mouratoglou llegó a decir que el tenis se ha vuelto aburrido.

A ver, hay menos variables, todos le pegan muy fuerte. Si uno sabe usar el cortado o cambiar las alturas, estas armas no hay que perderlas, se han de seguir enseñando. No hay que separar la sabiduría de antes con la potencia de ahora, quizá por eso sigo sin ver al tenis tan completo como me gustaría. Decir que se ha vuelto aburrido suena un poco extremo, está claro que ha cambiado y que ahora se juega a otra cosa, pero no sería tan negativo. Lo que se ha perdido es la autenticidad, cuando todo el mundo viste y anda igual existe el riesgo de que alguno pueda aburrirse.

Menos mal que tenemos a Kyrgios…

Ya no te digo un Kyrgios, que muchas veces tiene faltas de respeto graves, aún así es un tipo que si tienes la oportunidad de verlo, lo ves, sabes que hará algo diferente. Tampoco digo que todo el mundo tenga que hacerlo así, gracias a estos casos luego sabemos valorar al resto. Pero sí, se ha perdido un poco de carisma.

¿Y con Verdasco qué va a pasar? ¿Hasta los 40?

Él quiere jugar lo máximo posible, por eso lo está alargando. Con la familia no tiene ningún problema, viaja con su mujer y su hijo a todos los lados, así que no existe la posibilidad de echarlos de menos. Además le encanta viajar, le encanta el deporte y se cuida muchísimo: ni bebe, ni sale por las noches. La suerte que han tenido estos jugadores veteranos estando tres meses parados en casa, sin hacer absolutamente nada, es que han podido ver cómo sería su vida después de la retirada. Han descubierto esa sensación, una suerte que no pudimos tener el resto.

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