"De una forma u otra, sentí que había nacido para ganar Wimbledon"

Hace 20 años, Pete Sampras se convirtió en el jugador masculino con más Grand Slams. El propio Pete y su entrenador, Paul Annacone, repasan un Wimbledon 2000 único.

Pete Sampras con el trofeo de campeón de Wimbledon 2000. Fuente: Getty
Pete Sampras con el trofeo de campeón de Wimbledon 2000. Fuente: Getty

Muchas palabras se han escrito sobre Pete Sampras, y quizás, en ocasiones, fallamos a la hora de transmitir la grandeza de su figura. Su carácter introvertido le granjeó la fama de frío o distante. Sus bombas desde el servicio (daba igual si era el primero o el segundo), su derecha en su carrera y su sangre fría en la red eran las mayores declaraciones públicas que Sampras hacía. Antes de la era de los tres marcianos, Pete era el rey. Y ese estatus se concretó aún más hace exactamente 20 años. Wimbledon 2000.

En un extenso reportaje para la BBC, figuras como su entrenador, Paul Annacone, han hecho un recorrido sobre lo que significó aquel torneo para la figura del estadounidense. Fue un campeonato atípico, especial, único, con circunstancias externas que añadieron aún más épica a la gesta pero que, a su vez, la pusieron en peligro. Lo que había en juego era bastante claro: convertirse en el tenista con más Grand Slams en la historia del tenis, desempatando ese iguales a 12 con Roy Emerson. Llegar ahí no fue fácil.

En segunda ronda, ante el siempre peligroso Karol Kucera, Pete sintió molestias durante un lance del juego. Jugó a través del dolor y solventó uno de los escollos más duros durante aquellas dos semanas, cuatro sets que podían llegar a ser muy costosos para la salud de Sampras. "No podíamos descifrar qué pasaba. Pete sentía mucho dolor después del partido, prácticamente no podía caminar, no sabíamos si podría jugar o cuándo. Pete preguntó si podía tomar inyecciones para matar el dolor, para poder al menos jugar los partidos. Y ese acabó siendo el plan", confiesa el propio Annacone.

Tras varios reconocimientos y rayos X, se llegó a la conclusión de que Sampras tenía dañada un área de su espinilla, lo que provocaba un intenso dolor en sus tendones una vez trataba de buscar bolas bajas. Así pues, si Sampras ya era de por sí alguien que se no dejaba ver mucho por los vestuarios más allá de los días de partido, estas molestias provocaron un comportamiento casi de hermitaño. Apenas entrenaba ni se trasladaba al All England Tennis Club; Pete descansaba y, en los días de partido, jugaba gracias a las inyecciones.

A pesar de todo, un cuadro relativamente benévolo y la contrastada calidad de Pete sobre el tapete londinense le ayudaron hasta llegar casi a la final. Cayeron tenistas como Bjorkman, Gambill o Voltchkov, pero el escollo el domingo iba a ser de una entidad totalmente distinta. Enfrente estaría Pat Rafter, que ya tenía dos Grand Slams a sus espaldas y que bordaba el tenis de hierba. Aquel enfrentamiento iba a demandar mucho más del físico de Sampras.

"Pete llegaba a la pista y jugaba después de no haber tocado ni una sola pelota en dos días. Prácticamente eso es lo que hizo hasta el día de la final. El día antes, me dijo que tenía que intentar entrenar, pegar un par de bolas. Estuvo entrenando durante 10 o 15 minutos y, literalmente, me dijo: "No puedo, esto me está matando". Así que paramos el entreno y nos fuimos".

Y la final, de hecho, no empezó con buen pie. Rafter emergió victorioso en el primer set y cosechó la ventaja de un mini-break en el tie-break del segundo. La final se le escapaba de las manos a Pete, se la arrebataba alguien más atlético que le estaba aplicando su propia medicina. Sin embargo, los nervios de Rafter le abrieron una pequeña rendija a Sampras. Y por ahí se coló. Pete encadenó seis de siete puntos en el tie-break, remontó, ganó el segundo set y se llevó la victoria en cuatro mangas, desafiando la lógica y mostrando su jerarquía y tablas en el escenario más exigente del mundo.

Así, consiguió su 13º Grand Slam. Ahora estaba solo, en la cima. Veía a todos por arriba. Pero no por ello fue este éxito más especial. La razón por la que verdaderamente este título fue sentimental fue la presencia de sus padres, Soterios (de origen griego, conocido como Sam) y Georgia. Era la primera vez que sus mentores presenciaban en directo un título de Grand Slam de Pete. El orgullo que sentía el jugador de origen griego era tremendo, aunque con el tiempo, aquel momento vivido también dio paso a un poco de arrepentimiento.

"Que ellos estuviesen ahí era mi sueño. Querían mantenerse alejados pero, en el fondo, los echaba de menos. Estaban sensibles, y yo también. Todavía hoy día me emociono, sobre todo cuando ves que cada vez son más viejos. Ojalá hubiesen sido parte de mi éxito más a menudo. Mis padres no fueron parte de esos momentos lo suficiente, y creo que conllevo esa carga hoy día", confesaba Pete a la BBC en 2017, entre lágrimas. La educación de sus padres, que dejaron que la formación siempre fuese llevada a cabo por los expertos, y el carácter meticuloso e introvertido de Pete construyeron esa pequeña barrera que quedó derribada en Wimbledon 2000.

Cuando acabó esa final, lo que podía ser tiempo de celebración y fiesta dejó paso a una modesta reunión en la casa de Sampras. Pete y Paul, uña y carne, se sentaron y reflexionaron sobre sus vidas toda la noche. "Cuando gana, Pete siempre tiene esa sonrisa en la boca y está procesando un montón de cosas en su mente. No es de las personas que te pide una botella de champán y quiere una fiesta con muchas personas a su alrededor. Nos sentamos y hablamos toda la noche. Tenía un brillo especial, pensando sobre lo que había conseguido aquel día, sobre todo lo que había logrado. Reflexionamos sobre la historia; concretamente, sobre su historia".

Había sido un Wimbledon de dificultades, de adversidades y de momentos muy emocionales. Ese fue el peaje para llegar al mismo fin que en otras doce ocasiones: el título de un Major. Precisamente esa capacidad de concentración es, a modo de reflexión, lo que Annacone destacará siempre de su pupilo. "Mentalmente, Sampras es increíble. Puede que sea la persona con la mayor capacidad de concentración con la que haya coincidido. En lo referido a establecer un objetivo claro en su mente, y a partir de ahí tener muy claro qué tienes que hacer para tener muchas posibilidades de alcanzarlo, no hay nadie mejor que él.

Uno de mis principales mantras como entrenador es: ¿cómo de bien lidias con la adversidad? Como deportista individual, sin compañeros que te ayuden, siempre sales a la pista un poco desnudo. Si estás teniendo un mal día, si estás dolido o enfermo, si has perdido tu pasaporte o te has peleado con tu novia, lo que sea, tienes que salir a la pista y hacerlo bien. ¿Cómo de bueno eres en tus días malos? Eso es lo que te define. Y Pete era increíble en eso. Siempre gestionaba bien esos escenarios".

Al fin y al cabo, el propio Sampras lo dijo. "Todo lo que pasó en mi carrera, mental o físicamente, pasó por una razón. De una forma u otra, yo sentí que había nacido para ganar Wimbledon". Y no iba a ser el destino quien le negase eso a uno de los mejores tenistas de la historia.

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