La historia de Nadal sobre la hierba de Wimbledon

Repasamos la relación técnica y competitiva de Rafa Nadal con una superficie, la hierba, que lo adoró y esquivó a partes iguales.

Rafa Nadal, doble campeón de Wimbledon. Foto: Getty
Rafa Nadal, doble campeón de Wimbledon. Foto: Getty

La historia de Rafael Nadal con Wimbledon comienza en 2003, cuando con 17 años, en primera ronda, se 'carga' a un especialista como Mario Ancic, un principio que anticipaba, tarde o temprano, un glorioso final. La relación del mallorquín con la hierba nos concede un ejercicio fascinante de retrospectiva, y sirve como indicador infalible para corroborar que el español tenía madera y sangre de auténtico superclase, y no las de un especialista como todos sus compatriotas nacidos en los 70.

Sin embargo, y para mayor interés de la propia narrativa, Nadal tuvo altibajos con la superficie más singular de todas, protagonista y a la vez secundario de un deporte que en la superficie más antigua de todas se hace especial y a la vez complicada de jugar, resultando enormemente específica. Originariamente el suelo que dio sentido a la disciplina, sobre la que se jugaban todos los torneos, fue desplazada paulatinamente hasta el punto actual de que ningún jugador forma su juego en ella. A ella se acude para ganar el torneo más importante del mundo.

Por eso cuando Rafa, ya con un Roland Garros bajo el brazo y siendo número dos del mundo cae en segunda ronda de Wimbledon 2005 ante el luxemburgués Gilles Müller, concluir que su juego no está preparado para la hierba, ya con ciertas expectativas que esperan que el balear brille, era lo más sensato. Su saque era muy mejorable, su juego necesitaba un metro más para el armado de sus golpes mientras el swing de su derecha era demasiado largo y combado como para quitarle tiempo al rival. Así que Rafa, un obstinado ganador, comenzó a descubrirse a sí mismo sólo un año después.

Desde 2006 a 2011, a excepción de 2009, ausente por lesión de rodilla, asistimos a un jugador eléctrico, un fenómeno natural al que la pelota le suena como le deben sonar a los campeones de Wimbledon. El actual número 2 del mundo demuestra que sabe jugar con recorridos cortos, con el pie sobre la línea y con las manos hacia delante. La hierba, exigente piso que obliga a jugar flexionado y a meter la muñeca debajo de la pelota para redirigirla o si no la pelota no cruza la red, la antítesis de la tierra batida, encuentra a un Rafa demoledor y hambriento.

A toda velocidad, Rafa Nadal es en aquellos años un jugador igual de reivindicable que en su versión 'terrícola'. No es su naturaleza, y esa manera de sentir el juego sobre hierba, por diferentes factores, la va a perder posteriormente, pero cuando conectó en esos cinco años con la superficie, el español perteneció a la aristocracia del juego ofensivo; vibrante con el revés cruzado, con el pie izquierdo en avanzado y no por detras, descubriendo delicadeza en su mano para cerrar voleas y con la esencia intacta del mejor competidor bajo presión de aquella época.

Todo esto tuvo y tiene un mérito increíble porque la superficie exige al mallorquín perder el control del punto, obligándole a meterse en el ojo del huracán del intercambio directo, a pecho más descubierto, en un terreno mucho más inestable y azaroso, sobre todo con sacadores que durante la peligrosa primera semana pueden condenarle a la derrota.

Una mezcla de lesiones y rivales particulares van a ir creando y modificando una relación de confianza deteriorada con una superficie que se le va a ir negando y escapando temporada tras temporada. En 2012 sería Lukas Rosol, en 2013 las rodillas y Steve Darcis, en 2014 Nick Kyrgios, en 2015 Dustin Brown y en 2017 Gilles Müller, para sumar, con la ausencia de 2016, seis años seguidos sin visitar las semifinales. Todos, perfiles y rondas en los que la falta de ritmo de juego, la formación de un tipo de partido muy concreto y la confianza perdida por esas mismas derrotas sucesivas hicieron de Nadal un jugador más en la Catedral.

Sin embargo, Nadal sí ha podido recoger frutos desde que Carlos Moyà ocupara su banquillo, añadiera métodos más agresivos y propios de su edad para correr menos y pegar más. Unas semifinales memorables ante un renacido Djokovic y un superlativo Federer un año después impidieron que Rafa pudiera volver a luchar por un título que no levanta desde 2010 y por el que no lucha desde 2011. Suspendida la edición de 2020, Nadal volverá a Wimbledon cumplidos los 35 años, una edad complicada para garantizar grandes oportunidades.

Sea o no eso posible, hablamos de un doble campeón de Wimbledon, un cinco veces finalista, doble campeón de Queen’s, primero en conseguir el doblete Roland Garros-Wimbledon desde 1980, y por extensión, en sus mejores años, un jugador apasionante cuando salió de sus cuerdas para buscar el centro del ring y medirse en el juego de pies y en el lanzamiento de manos. Nadal y la hierba hicieron historia y asi quedará escrito y registrado.

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