Mats Wilander, el legado olvidado de una leyenda

Siguiendo los pasos de Borg, el sueco dejó algunas marcas para la historia tras una carrera relativamente desconocida para muchos.

Un risueño Mats Wilander en 1988. Fuente: Getty
Un risueño Mats Wilander en 1988. Fuente: Getty

Detrás del hombre al que vemos sentado en el plató de Eurosport, existe un tenista que pulverizó algunas marcas de precocidad y que se labró su lugar entre los mejores jugadores de finales del Siglo XX. Un tipo que, cuando nadie lo esperaba, supo llenar el vacío que Björn Borg dejó para el tenis sueco mientras que escribía su propia historia con letras de oro. Mats Wilander tiene tras de sí una intensa historia, la de un tipo que rediseñó su juego para ser polivalente en una época de mucha variedad para acabar llegando a lo más alto: el número uno. Y durante 20 semanas, ni más ni menos.

La de Wilander es una de esas historias de un supertalento precoz, pero elevada en este caso al máximo posible. Hablamos de un tipo que irrumpió en el circuito de forma absolutamente sorprendente, cuyo primer título se produjo en el gigantesco escenario de la Philippe Chatrier justo un año después de haberse proclamado campeón... en la categoría de juniors. Roland Garros 1982 era solo su tercera participación en un Grand Slam, recién entrado al top-20 y a la edad de... 17 años y 9 meses. Un histórico hito de precocidad que luego Boris Becker y Michael Chang se encargaron de derribar.

Aquella final ante Guillermo Vilas (1-6, 7-6, 6-0, 6-4) constituyó el inicio de la leyenda en un momento en el que el tenis sueco veía como Borg empezaba a entrar en una espiral negativa que lo alejaba del tenis. La nación escandinava venía de tocar el cielo, y en su teórica bajada a los infiernos aparecía un tipo que también dominaba desde el fondo, un hueso duro de roer cuya extrema solidez y capacidad de construcción de los puntos desesperaba hasta el más fuerte. Quizás su estilo, para muchos anodino, es lo que provocó que en muchas ocasiones su carrera tenística quede muy en la sombra de lo que fue.

Mats batió otro récord: ser el primer jugador en conquistar Roland Garros... en su primer intento. Más tarde, Rafael Nadal igualó la marca en 2005, pero el tenista de Väjxö siempre podrá decir que fue el primero. Aquello fue la rampa de lanzamiento para una década de los 80 en la cual vivió un ascenso bastante constante, de acuerdo con los tiempos que marcaba desde el fondo de la pista. Poco a poco Wilander fue redescubriendo su juego, añadiendo variantes desde el fondo de la pista, golpes algo más planos que le permitieron reinar en las tres superficies del circuito. No está mal para un supuesto terrícola.

Los Grand Slam fueron cayendo: dos Roland Garros más (1985 y 1988), dos coronas bajo la hierba de Kooyong en el Open de Australia (1983 y 1984) además de una más cuando el torneo se movió al cemento de Melbourne Park (1988) y un Us Open, el primer sueco en ganarlo (1988). Aquella fue su última gran corona, pero este magnífico arsenal de grandes conquistas le permite entrar en el Olimpo del tenis como el único jugador, de nuevo junto a Nadal, en ganar al menos dos Grand Slams en tres superficies distintas (hierba, pista dura y tierra batida). Casi nada.

1988 fue realmente el año que lo encumbró a la cima, que completó el proceso. Su mejor temporada, un dominio tremendo gracias a la madurez encontrada por un Wilander que perseguía el objetivo de ser el mejor. Ganó 3 Grand Slams (solo se le resistió Wimbledon, aunque ya lo había ganado en dobles en 1986), dos de ellos en el quinto set decisivo (8-6 ante Cash en Australia y 6-4 ante Lendl en Nueva York), además de conquistas en Miami, Cincinnati y Palermo. Wilander alcanzaba su cénit y solo tenía 24 años. Había ganado 7 Grand Slams. El mundo era suyo.

Su mejorado revés cortado, con el que metía en problemas a los rivales, y una mayor fuerza y spin en su saque lo habían encumbrado allí. Pero con 24 años, Mats llegó a su breaking point. No pudo manejar la presión. Hizo bueno el refrán de "lo difícil no es llegar, sino mantenerse". Sus 20 semanas en la cima del ranking marcaron el final abrupto de una carrera de ensueño que aún no había llegado ni a los 25 años.

"Durante 1988 sentí que fui el mejor, pero una vez me denominaron como el número uno del mundo porque lo era en el ranking, tuve cuatro meses horribles. No pude manejar la presión, supongo que simplemente era terrible a la hora de lidiar con esa presión, si es que eso era presión. Creo que era más el hecho de sentir que fui el mejor jugador del mundo durante un momento en particular, y yo lo fui durante muy poco tiempo", le dijo a la ATP en su momento.

En 1990, Mats Wilander ganó en Itaparica un título menor. Ese fue el último flash de su carrera tras quedar relegado a la clase media del circuito. Desde aquel triunfo en el Us Open'88, solo volvió una vez a la semifinal de un Grand Slam (Australia'90), y solo hizo una semifinal de lo que ahora son los Masters 1000 (Canadá'95). En 1996, el sueco puso punto final a su carrera después de años en los que estuvo muy lejos de ser lo que un día fue.

Quizás lo de Mats fuese una lección, de que la entereza mental que se necesita para mantenerse en la élite es gigantesca. A pesar de su final de carrera con sabor agridulce, su lugar en el panteón de los mejores es privilegiado. Wilander fue un talento precoz con una polivalencia poco mencionada, una mentalidad férrea y la capacidad de hacer que sus rivales bajasen mucho sus prestaciones contra él. "A su mejor nivel, sobre todo en tierra batida, jugar contra él era como jugar contra una pared. No había ninguna solución para ganarle". Palabra de Stefan Edberg.

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