Andrés Gómez: “Me llevó mucho tiempo sentir que podía ganar un Grand Slam”

Entrevistamos a Andrés Gómez, el hombre que tumbó a André Agassi hace 30 años para proclamarse campeón de Roland Garros: “Yo era ligeramente favorito”.

Andrés Gómez, campeón de Roland Garros 1990. Fuente: Getty
Andrés Gómez, campeón de Roland Garros 1990. Fuente: Getty

La trayectoria de un tenista profesional es tan dilatada que a veces cuesta quedarse con un solo momento, ese día que le de sentido a todo lo demás. En el caso de Andrés Gómez (Guayaquil, 1960), esa elección apenas dura un segundo. Justo se cumplen 30 años desde que el zurdo de oro conquistara Roland Garros en su primera y única final de Grand Slam. El premio le llegó tarde, con los 30 años encima, pero su ilusión y su humildad eran tan grandes que ni siquiera la bravura de un joven Andre Agassi pudo frenarle. Han pasado ya tres décadas de aquel triunfo, timing perfecto para invitar a Andrés a que se siente con Punto de Break y nos cuente lo que se siente al tocar el cielo.

Treinta años, Andrés.

Son muchos años, pasaron muy rápido. No solo por el hecho de que gané Roland Garros, sino por el hecho de ser la semana de Roland Garros. Siempre fue un torneo especial. Cada vez que se acercaba el torneo, la gira previa de tierra batida, la expectativa que se creaba, digamos que uno entrenaba duro durante doce meses del año para llegar bien a esta cita, sobre todo los que teníamos aspiraciones importantes de hacer algo grande en este torneo.

Entre todos los torneos, tú soñabas con París.

Bueno, en mi época estaban un poco más marcadas las diferencias de superficies y velocidades. Había especialistas, hoy es un poco distinto, la velocidad no difiere tanto entre giras, incluso mi hijo muchas veces me cuenta que algunas pistas de cemento son más lentas que las de arcilla. Ahora ves Wimbledon con esos botes alto y es increíble, algo imposible en la década de los 80.

En aquella época, ¿quién era mejor que tú en arcilla?

Borg era mejor que yo. Lendl era mejor que yo. Vilas, por supuesto. Clerc era un tipo que jugaba mucho, luego llegó Wilander también. Yo me pude meter por ahí por haber ganado un par de veces Roma, pero en París había perdido cuatro veces con Lendl, eso son muchas veces en un mismo lugar. De todos modos, con todos ellos perdí y también pude ganarles. Creo que en tierra siempre estuve entre los mejores jugadores.

Mencionas a Wilander que ganó con 17 años, tú lo hiciste con 30. En Roland Garros cualquier plan tenía cabida.

En todos los lugares. Becker también ganó Wimbledon con 17 y más tarde Ivanisevic lo haría con 30. Sampras ganó el US Open con 18 y ahora Nadal lo ganó con 33. Siempre hubo mucha disparidad en cuanto al tema de las edades, no como ahora, aunque yo pienso que en un par de años volveremos a tener campeones de 21-22-23 años en los grandes torneos.

¿Alguno que te guste en especial?

Me gusta Tsitsipas y me gusta Sinner. Son jugadores muy versátiles, diferentes al resto. Yo creo que la versatilidad va a volver con el tiempo, los que son versátiles son siempre los que más se mantienen en el tiempo, tal y como ha demostrado el Big3. Aprovechando esta cuarentena estuve viendo partidos antiguos y un día mi hijo y yo vimos la primera final Nadal-Federer de Roland Garros (2006). La diferencia de juego de aquel partido comparado con el de ahora es abismal, te das cuenta de lo mucho que han cambiado y mejorado. Luego ves otros perfiles como Tsonga, Berdych o Raonic que, sin embargo, juegan igual que cuando tenían 19 años, nunca mejoraron la volea o cambiaron sus tiros, mantuvieron su premisa: se paraban en el fondo de pista a intercambiar bombazos. Ahí el Big3 estaba feliz con ese planteamiento porque ellos eran más rápidos, más fuertes y contaban con más recursos que los otros. Los que vienen ahora creo que tienen una respuesta diferente, muchos ya se atreven a buscar la red. Kyrgios, en el caso de que arregle sus problemas de cabeza, es un tipo que puede hacer mucho daño.

¿Tú pasaste también por esa evolución?

Por supuesto. Al principio de mi carrera, mi revés solamente funcionaba para tocarlo con el slice y poner la pelota en juego. Trataba de que no me hicieran daño, la gente me buscaba mucho ese golpe y lo que yo hacía era correrme toda la cancha para invertirme con la derecha, a lo Berasategui. En el '80 decidí que tenía que ir a jugar más torneos indoor a pesar de que no me beneficiaba para el ranking, ahí me comí doce primeras rondas en tres años. En tres años no gané un partido bajo techo, pero cada vez que salía de esa gira, mi juego en tierra se veía fortalecido, mejoré la devolución de revés y me obligaba a ir a buscar más la red. Finalmente, en 1983 por fin pude ganar un partido en carpeta, más adelante incluso ganaría un torneo en esa superficie, acabé teniendo buenos resultados allí. Había que ir buscando maneras de aprender a jugar, y eso que yo jamás pensé que acabaría siendo jugador profesional de tenis.

¿Cómo es eso?

Bueno, al menos a esa edad. Mi idea era ir a una universidad, jugar cuatro años allí y, si me iba bien, intentar jugar con los profesionales. Luego se me dio todo diferente, rápidamente me di cuenta que tenía el talento para ser #50 del mundo sin problema, pero si quería acceder a la élite de los diez mejores tendría que hacer cosas diferentes en canchas diferentes.

Tenías talento para ser 50º y para ser 4º también.

Increíble, me quedé más cerca del #1 en 1984 que en 1990. En el ‘84 gané cinco torneos e hice cuartos de final en Roland Garros, Wimbledon y el US Open, pero me faltó dar ese último paso en un Grand Slam para acercarme todavía más. La diferencia que en aquel entonces había entre el #5 y el #1 era mucho menor que la que había entre el #4 y el #12 cuando gané en París. Por lo que fuera, se me dieron mejor las cosas siendo ya un veterano, jamás olvidaré todo lo que me pasó desde Roland Garros de 1989 hasta Roland Garros de 1990.

Justo ahora tienes 60 años, pasaste 30 sin ser campeón de Roland Garros y otros 30 con el título en tu salón. ¿Con qué etapa te quedas?

Las dos son igual de satisfactorias. El día que paré de jugar en la ATP no me estaba retirando del tenis, lo digo cada vez que se refieren a mí como ex tenista. Lo siento pero yo no soy ex tenista, tenista es el que trabaja del tenis y yo sigo trabajando en el tenis. Fueron muchas etapas las que me regaló este deporte, dos meses después de retirarme Connors ya me estaba llamando: ‘Oye, no te engordes mucho que tenemos el Champions Tour en Estados Unidos’. De repente me vi jugando de nuevo 20 torneos al año, fue como que nunca me retiré. Compartir todo aquello de una manera diferente con McEnroe, Borg, Connors, Vilas o Noah fue muy bonito, otra fórmula para seguir promocionando el tenis, además éramos un grupo espectacular. Ahí nos dimos cuenta de que todos teníamos cosas en común, que podíamos convivir excelentemente bien entre nosotros. Esa etapa me dio mucha satisfacción pero también la actual, aquí en Ecuador organizando torneos y trabajando con chicos. Tanto los primeros 30 como los segundos 30 fueron maravillosos.

Un título así te cambia la vida, siempre serás señalado como ‘Andrés Gómez, campeón de Roland Garros’. ¿Puede llegar a pesar?

No, porque es lo que has buscado todo el tiempo. Una cosa es que seas doctor y otra es que además seas cirujano especialista en el corazón. Es como un título aparte que diferencia tu carrera. En mi caso, lo noté mucho estos días, donde tuve que hacer muchas charlas y entrevistas hablando sobre el tema, pero está bien, creo que es positivo buscar estos caminos para mantenernos conectados. La gente siempre me recordará como campeón de Roland Garros, pero a muchos se les pasa que gané dos veces Roma, que gané dos veces el Godó, que gané dos Grand Slams en dobles… hay gente que ni siquiera sabe que fui Nº1 del mundo en dobles. Me quedó Roland Garros, lo otro se olvidó. El otro día Kafelnikov dijo: ‘Es más probable que alguien gane de nuevo doce Roland Garros, como Nadal, a que alguien gane Roland Garros en individuales y dobles el mismo año, como yo’. Y tiene razón. Yo los gané en años separados (1988, 1990), así que imagino que mi marca irá inmediatamente detrás de la suya (risas).

De no haber ganado aquel año en París, ¿crees que la gente valoraría de manera diferente tu carrera?

¡Obvio! Yo gané 21 torneos, si solamente hubiera ganado el de Roland Garros, probablemente todo sería igual que ahora, sería lo mismo. La gente no termina de entender lo que significa. Aquí en Ecuador, mucha gente piensa que debí de ganar al menos dos, como que uno no fuera suficiente, me quedé corto. Es curiosa esa alta exigencia que suele tener el aficionado teniendo en cuenta lo poco que hemos ganado deportivamente en este país. Como jugador, prefiero ganar un torneo y que ese torneo sea París, mejor eso que haber ganado otros veinte eventos más pequeños.

Pero ese punto de vista es muy injusto. Imagina que aquel día pierdes con Agassi 9-7 en el quinto, por una diferencia de dos puntos. Dos puntos que a él le meten en la historia y a ti te mandan al olvido.

Así es, desafortunadamente solo se recuerda al campeón, no al que quedó segundo, y esto sucede en todos los deportes. A veces cuesta pensar y ver quién es el que estuvo en la final. Al propio Agassi le pasó, tuvo dos años que la gente solo hacía que preguntarle: ‘¿Cuándo vas a ganar tu primer Grand Slam? ¿Cuándo va a ser?’. Terminó ganando Wimbledon, el lugar donde pensamos que menos chance iba a tener. De él se llegó a decir que acabaría ganando 3-4 Roland Garros pero yo siempre lo dije: Agassi no me parece un gran jugador de tierra. Lo mismo pasaba con Connors o McEnroe, que son grandes jugadores pero no son típicos de tierra.

Si te pregunto por aquellos dos semanas de torneo, ¿cuál es el primer recuerdo que te viene a la cabeza?

En la final hubo un par de puntos de inflexión donde todo pudo haber cambiado, pero siempre cayeron de mi lado. Así que te voy a decir otro. Antes de arrancar el torneo, recuerdo estar entrenando en la Pista Central con Miguel Nido, de Puerto Rico. De repente, por los huecos de las gradas vi que los operarios estaban llevando los dos trofeos a la sala presidencial. Creo que era la primera vez que veía la copa, así que me fui para arriba a verla. Al llegar, les dije a los tipos: “En 15 días yo voy a estar levantando esta copa”.

¡Te pasaste!

Muy agrandado (risas). Era el tipo de confianza que tenía en ese momento, no sé de dónde salió, pero salió. Pudo haber sido el momento de inflexión que andaba buscando, donde encontré la inspiración.

Hay que destacar que aquel año llegas a París tras ganar Barcelona y Madrid, el triplete deseado por cualquier español.

Además aquel fue el primer año de Barcelona en primavera, el año anterior lo había ganado yo también pero en otoño, en septiembre. En los doce meses previos a Roland Garros 1990 había ganado seis torneos, fueron seguramente los doce mejores meses de mi carrera. Lo bueno es que podía escoger donde jugar, ya no dependía tanto del ranking, aunque sabía que tenía que estar en el top8 para llegar con opciones a París. Ganar el Godó por segunda vez me dio la oportunidad de meterme de nuevo en el top10, me puse #9. Tres semanas después gané Madrid y me puse #7. Las semifinales en Roma me llevaron al #5. Por último, la baja de Lendl me permitió entrar a Roland Garros como cuarto cabeza de serie.

Esa ausencia de Lendl te dio alas...

Sinceramente, cuando llegué a París no miré el cuadro, pero sabía que había uno que no estaba allí (Lendl), el que siempre me había complicado. Al resto les había ganado a todos, con todos tenía una situación similar. Agassi quizá no tuvo la preparación ideal, solamente había jugado un torneo previo en tierra (Hamburgo) y Courier un poco parecido. Luego estaban los Muster, Chesnokov, Emilio Sánchez, Jaite, Novacek, Leconte o Forget, eran gente peligrosa, tipos duros sobre todo si te los encuentras temprano. Edberg y Becker me infundían respeto, pero no los veía imbatibles. Si había uno con el que no podía ese era Lendl, cuatro veces me había ganado allí.

¿Qué te parece si recordamos tu camino a la final?

Jugué con Fernando Luna en primera ronda, durísimo, dos tiebreaks, pero era un jugador al que siempre pude ganar. Siempre apretado, eso sí, nunca le pude ganar fácil. Con Filippini fue un gran primer set y nada más. Con Volkov jugué el mejor set de Roland Garros, el cuarto set concretamente. En octavos de final no jugué, Gustafsson tuvo una lesión y no se presentó, aunque yo le había ganado muy fácil en Roma en cuartos de final. Con Champion no hubo problema y con Muster en semifinales tampoco.

¿Y con Agassi?

Con André hubo un pasaje del partido donde el plan pudo haberse dado la vuelta, pero siempre que llegamos a ese punto yo jugué mejor, así que no había más vueltas que darle. Con peluca o sin peluca (risas).

André confiesa en su libro (Open) que esa final la pierde por estar pendiente de que no se le cayera la peluca.

No lo sé… nadie lo sabe. Esos 15 días él estuvo muy entretenido peleando con Philippe Chatrier, peleando con la prensa americana, peleaba con todo el mundo, pero él era así. Si llegó a ser el gran campeón que es, fue porque tuvo la habilidad de cambiar todas las cosas que hizo mal en su momento. Eso sí, ¿tú te crees que él odie el tenis? Es difícil creerlo. ¿Cómo lo vas a odiar, si nos tenía a todos corriendo de una esquina a otra? Él movía mucho, en aquella época todavía era un teenager, era un poco personaje.

¿Te benefició que no te vieran como favorito?

Yo diría que sí. Sin embargo, yo hubiera apostado por mí, creo que era ligeramente favorito. Por otro lado, era bueno que el público no me pusiera ese favoritismo, eso hubiera generado una mayor demanda de la gente, una mayor atención. Por suerte tenía por delante a Agassi, Muster, Leconte, Champion… la prensa francesa estaban entretenida. Yo estaba más relajado, en ningún momento sentí la presión de tener que ganar o de ser el favorito. Diría que esa presión no la supe manejar después, ahí me vi pasado de revoluciones con la edad.

Tenías 30 años, ahora con esa edad estás en lo más dulce.

Por aquel entonces tener 30 era como tener 35 hoy en día. Me encantaría ver qué pasaría ahora con un Monfils, por ejemplo, si lograra ganar su primer Grand Slam. Alguien que lleva tantos años en el tour, que siempre jugó relajado y que de repente le llega un título así de grande, un título que define tu carrera y te la cambia para siempre. Todo lo que has hecho antes cae en el olvido, a partir de ese momento tienes otra etiqueta: Campeón de Grand Slam.

Era la primera final de Grand Slam para los dos, pero André era diez años más joven que tú. ¿Te preocupaba que el partido se pusiese muy físico?

No, porque había tenido un torneo cómodo. El partido con Volkov había sido el más duro por ser en cuatro sets, pero los dos primeros fueron muy rápidos. El partido con Muster tuvo un par de interrupciones. Yo tampoco jugaba muy largo, así que me sentía fuerte. En la final con Agassi, él trató de jugar caminando, lo cual fue un error, me dejó jugar. Pero es que al año siguiente, cuando vuelve a jugar la final con Courier, volvió a hacer lo mismo. Quizá la potencia que tenía yo o la potencia de Courier tampoco le dejaban plantarse en la pista como él quería. Mi estrategia era esa, tomar la iniciativa en cuanto pudiera, no dejar que él manejase los puntos a su antojo.

Con el juego y las armas que tenía Agassi, ¿por qué le fue mejor en cemento que en tierra?

Su juego estaba hecho para cemento, era el juego de un Connors pero mejorado. Jugaba metido dentro de la cancha, tomando la pelota arriba, apurando siempre. Esa táctica en cemento se le hacía mucho más fácil. Hay que subrayar que después le vinieron tipos como Courier, Bruguera, Kafelnikov o Kuerten, perfiles realmente complicados de afrontar en arcilla. Se dio también justo la época en la que empiezan a cambiar las velocidades de las pelotas. Medvedev, a quien ganó en la final de 1999, era un tipo que también jugaba mejor en canchas rápidas, pero la bola ya era mucho más viva.

Todo terminó con ese drive paralelo, el último punto, campeón. ¿Cuánto se tarda en asimilar un éxito así?

¿Treinta años? (Risas) No es que fuera conformista, pero yo crecí con Borg, Nastase, Vilas, Lendl… ¡todos estos tipos eran monstruos! Siempre me pregunté cómo lo hacían, hasta que empecé a creer que yo también podría jugar así. El otro día, viendo en televisión uno de mis partidos, el comentarista decía: ‘Parece que no se mueve, parece que no le pega bien el revés, parece que no se esfuerza…’. Parece que no jugara pero, al final de mi carrera, parece que estaba entre los 50 jugadores con más victorias, entre los 50 que más torneos ha ganado, parece que algo sí jugaba. Me llevó mucho tiempo reconocer que sí podía estar en ese grupo, que podía ganar un Grand Slam, pero no solamente era decirlo, había que sentirlo.

Lo pasaste muy mal con Lendl (H2H 2-17) y con Connors (H2H 1-10).

Quizá fue lo que le faltó a mi carrera, tener un poco más de éxito contra esta gente, los dos que me ganaron consistentemente. Lendl me ganó en todas las superficies, no había manera. Ante Connors solo pude enfrentarme en pistas rápidas, la única vez que le gané fue porque jugamos en tierra. Hoy en día todo el mundo está obligado a jugar bien en todos lados, por eso el Big3 ha marcado tanto la diferencia, porque ganan en todos lados. La impresión ahora es que todas las superficies son similares pero, ¿hubiera tenido éxito Nadal en el césped de los años 80?

El circuito ha permitido que puedan marcar todavía más esa distancia.

Pero ellos han marcado la diferencia en todos los aspectos, por debajo aparece Murray y un poco más abajo Wawrinka. Luego están Cilic y Del Potro, ya está, se acabó. Son 16 años con solo estos campeones de Grand Slam. En los 80, por ejemplo, mucha gente no iba a jugar Australia, ahí se daba una oportunidad para que ganaran otros.

Ahora ya no hay puntos débiles en el calendario, no hay gira donde no brillen. ¿Se ha buscado esta situación?

Si yo fuera el director del US Open y tuviera que elegir entre jugar con una pelota más pesada, para favorecer al Big3, o una pelota mas liviana, que quizá pueda favorecer a un Isner o un Opelka, no sé cómo afrontaría esa decisión. Hace años el US Open se jugaba en Forest Hills y se cambió a Flushing Meadows, a unas condiciones mucho más rápidas, para que los estadounidenses pudieran tener más opciones. Ahí empezaron a ganar los McEnroe, Connors, Gerulaitis, Tanner… y sobre todo tenían a Borg sin ganar ese torneo, eso era lo que buscaban.

Ahora ganar Grand Slams en la treintena es algo habitual, pero tú lo hiciste hace tres décadas. ¿Cómo te mantuviste así de fino?

Nunca tuve lesiones importantes, siempre fui consciente de que tenía que cuidarme. Por suerte no necesité usar tanta pesa, la fuerza me vino de manera natural, pero sí era muy preventivo en cada ejercicio. La nutrición es un campo que ha avanzado muchísimo, aunque yo ya comía bastante bien. Ahora se ha puesto de moda el comer sin gluten, no comer dulces, eso yo no lo comparto. Estas cosas también te ayudan a mejorar, obviamente no vas a comer cosas así antes de los torneos, pero también veo que cada dicen una cosa. Hoy el aguacate es bueno, mañana dicen que es malo, que lo bueno es el tomate, etc. A mí me gustaba salir de vez en cuando y no pasaba nada, es parte de la dieta sana que hay que tener. Cualquier cosa en exceso no hace bien.

Sin embargo, tras tu victoria en París no tuviste el impulso esperado. Llegó el bajón físico.

Fue más emocional que físico, aunque también hubo bajón físico. Después de 1991 tuve un par de lesiones, sobre todo la del muslo, me pasó en Montecarlo y no pude llegar a París, ni siquiera a Roma. Estuve tratando de recuperar la parte emocional, pero fue complicado. Después de todo lo que había trabajado, tener aquel premio al final de mi carrera se hizo duro, no es como si te llega con 20 años. La motivación seguía ahí, el problema es cuando empiezas a lesionarte. Mi ilusión era llegar bien preparado a los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992, además era una ciudad donde me habían ido bien las cosas, pero no lo logré. Nunca pude competir en unas Olimpiadas.

Ganar Roland Garros era lo máximo, era tu sueño. ¿Qué te mantenía motivado?

La motivación venía por querer jugar y competir, luego de aquello tuve algunos buenos partidos, pero solo eso, no volví a tener buenos torneos. Las lesiones no fueron drásticas, pero sí fueron continuas, me empezó a molestar el hombro, la muñeca, etc. Tuve dos hijos, empezaron a ir al colegio, yo llevaba viajando desde los 16 años, todo se volvió duro. No pasaba mucho tiempo en Ecuador pero mis estancias en casa cada vez eran más amplias por la familia. En esa momento, sentí que ya había cumplido con lo que quería hacer, no quería terminar jugando Challengers.

¿Y haberte centrado en el dobles?

Eso lo pensé años después. De haber encontrado un buen compañero que aprovechara mi juego, podría haberme mantenido quince años más jugando dobles. Como Leander Paes, hasta los 48 (risas).

Tu dupla con Hans Gildemeister te llevó al Nº1 del mundo. ¿Cómo se creó esta pareja?

Fue de casualidad. Estábamos jugando una exhibición en Brasil al principio de nuestras carreras y en el cuadro de dobles estaban ya todos anotados, faltábamos Hans y yo. Con los años le fui conociendo, nos hicimos amigos y entendí por qué nadie quería anotarse con él, era un tipo complicado en la cancha (risas). Hicimos una muy buena pareja, aunque sus problemas de espalda le impedían jugar mucho en indoor y en pista rápida, jugamos en tierra batida más que nada.

De tus 33 títulos de dobles, 17 fueron con Hans. Sin embargo, los dos Grand Slams que levantaste fueron con otras parejas: Slobodan Zivojinovic (Us Open 1986) y Emilio Sánchez (Roland Garros 1988).

Donde podíamos ganar en París, pero los dos llegábamos siempre con muchas ganas de jugar bien en singles. Hans hizo cuartos de final tres años consecutivos en Roland Garros, un año perdió con Vilas en el quinto set, lo tuvo cerca. La cosa es que nuestra prioridad en ese momento era el individual, aunque un año nos tocó en primera ronda Clerc/Nastase, en la Plaza de Toros, a veces los cuadros tampoco lo ponían fácil. Otro año nos tocó en primera Gottfried/Edberg, fue un espectáculo verles jugar. No jugamos muchas más veces.

Eres el mejor tenista ecuatoriano de la historia, ¿crees que algún día perderás ese título?

No me importa el hecho de ser el mejor o no, prefiero ni mencionarlo. Ahora estoy trabajando en nuestro tenis para que en el futuro haya un mejor ecuatoriano que yo, no es necesario poner mochilas en los hombros de nadie, hasta mi propio hijo la siente a veces. Nicolás Lapentti tuvo una carrera bastante buena pero en París nunca pudo pasar de octavos de final, llegó solamente una vez. La idea es seguir trabajando, estar con los chicos, aprovechar que mis hijos ya son grandes… quién sabe, quizá sea el momento de empezar a viajar con alguien, alguien a quien pueda aportarle esa experiencia.

Dime un jugador que con tu ayuda pudiera dar un salto considerable en el ranking.

(Piensa) No lo sé, la verdad. Me gusta Sinner. Nico Jarry es un jugador que tiene armas para hacer cosas importantes. Probablemente algún americano que necesite un poco más de viveza en su juego, ser un poco más mordaz, los estadounidenses de hoy en día vienen muy blanditos, ya no encuentras a un Connors, McEnroe, Gilbert o Mayotte. Isner y Opelka son bonachones, les falta malicia. Obviamente, si pudiera viajar con alguien, me encantaría hacerlo con mi hijo, pero sé que no va a pasar.

¿Por qué?

Es duro, pero es lo correcto para ambos. Ahora me dirás: ‘¡Pero mira Tsitsipas con su padre!’. No es lo mismo. Sé que iremos a algún torneo y la prensa preguntará por hablar con Gómez, pero con el Gómez papá, ya después con el hijo. La atención siempre tiene que estar sobre el jugador, por eso a veces es mejor no estar cerca. Donde sí voy a estar es en Madrid, en la Copa Davis. Ahí no voy a fallar.

Si se juega…

¡Por supuesto que se va a jugar! Le tengo mucha fe, sobre todo viendo los esfuerzos que están haciendo el US Open y Roland Garros para sacar adelante sus torneos. No podemos quedarnos como estamos, debemos perder el miedo y salir adelante, siendo cautos pero conscientes de que no solo nosotros debemos sentirnos bien, también la gente de nuestro alrededor. Pondrán las medidas más especiales, pero lo harán.

Solo me queda felicitarte por tu iniciativa en Twitter, donde estás contando a diario lo sucedido en aquel Roland Garros 1990.

Siempre me gustó utilizar Twitter, así que pensé: ‘Si no voy a escribir un libro, habrá que contarlo de otro modo’. Y en eso estamos, contando día a día lo que pasó hace 30 años. Mucha gente no sabe lo que sucedió con Muster, cómo fueron las primeras rondas o lo largos que se me hicieron los cuatro días de espera hasta que jugué los cuartos de final. Son detalles que pueden servir como experiencia para otros jugadores y que, al mismo tiempo, ayudan a entender mejor mi historia.

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