Roland Garros 1968, el inicio de la Era Open

El Grand Slam parisino fue el primer gran torneo de la Era Open en una edición caótica a la par que histórica. Recordamos qué ocurrió en 1968

Rod Laver y Ken Rosewall, finalistas aquel año. Fuente: Getty
Rod Laver y Ken Rosewall, finalistas aquel año. Fuente: Getty

Roland Garros alberga grandísimas historias escondidas dentro de muchísimas ediciones. Una de ellas fue la del año 1968, un torneo singular encuadrado en un contexto profesional y social absolutamente único. Antes de los Nadal e incluso antes de los Björn Borg existieron grandes jugadores que, en aquel momento, se encontraban atrincherados en un único circuito, presos de una división y una brecha que hasta aquel año no se había cambiado: el amateurismo contra el profesionalismo.

Hasta finales de la década de los 60, los grandes promotores llenaban el circuito profesional de grandes estrellas, tenistas que conseguían una remuneración económica por la actividad que jugaban y se alejaban del estereotipo de "deporte blanco" del tenis. Jugaban en grandes giras, donde no solo existían torneos sino también exhibiciones frecuentes entre dos contrincantes, mientras que sus coetáneos amateurs solo jugaban por la gloria y el orgullo de vencer en Roland Garros o Wimbledon. Mayoritariamente, los mejores tenistas del momento empezaban su carrera siendo los mejores a nivel amateur para dar el salto el profesionalismo.

Pero eso se tenía que acabar, y 1968 fue el primer paso hacia una transición igualitaria. "Era momento de que el tenis se volviese abierto", decía Roy Emerson. Mientras que el primer torneo que no hacía distinción se jugó en abril, en Bournemouth (los Campeonatos Británicos de pista dura, ganados por Ken Rosewall), Roland Garros llegaba con un mandato en el horizonte: ser el primer Grand Slam de la Era Open. Lo fue, aunque los contratos que algunos tenistas tenían firmados con promotores impidió la presencia de nombres ilustres de este deporte.

John Newcombe, Niki Pilic, Tony Roche, Cliff Drysdale o Roger Taylor disputaban el World Championship Tennis, dirigido por Lamar Hunt, y no pudieron viajar a París por sus obligaciones contractuales. Manolo Santana se quedó jugando un torneo en Hamburgo, como apunta Pedro Hernández en La Vanguardia, pero figuras profesionales como la de Rod Laver, Rosewall, Andrés Gimeno y Pancho Gonzales volvían a París tras años sin visitar el Bois de Boulogne. Todos se sumaban a los jugadores amateurs, encabezados por el impertérrito Ion Tiriac.

Mientras Roland Garros se preparaba para dar la bienvenida a los pros, las calles de París eran barricadas continuas. Recordemos, estamos en Mayo del 68, en un contexto social en el que acaba de estallar una revuelta cuasi revolucionaria, un movimiento nacido de forma estudiantil que promulgaba cambios en la sociedad. Los instigadores eran sectores politizados de una juventud que se rebelaba contra la sociedad de consumo, que incluso pedía el fin de las universidades y que quería, en definitiva, abrir el panorama social de aquella época.

Charles de Gaulle llegó a temer por su Gobierno, pero nada de eso impidió que Roland Garros se llevase adelante. Los jugadores buscaban formas absolutamente inimaginables con las que llegar a París. "Estábamos en Bruselas, llegar a París era un problema, desde luego. Nunca íbamos en bici, pero se nos llegó a pasar por la cabeza. No había nada: ni aviones, ni trenes, ni autobuses... ninguna forma. Aún recuerdo hacer aquel viaje, metido en un coche belga. Un hombre nos dejó a 100 kilómetros de París. Ir de allí a París era otro problema, pero finalmente lo conseguimos. Aún recuerdo el gas lacrimógeno en las calles, que no había taquillas... no había nada".

A pesar del contexto poco seguro del torneo, la atracción estaba servida. Rod Laver, Ken Rosewall... nadie quería perderse a aquellos grandes tenistas. Hubo 59 retiradas sin disputar el partido en la primera ronda de los cuadros masculino y femenino, y jugadores como Nicola Pietrangeli o Lew Hoad fueron impedidos por sus propias federaciones ante el enorme riesgo que corrían por viajar a París. Era toda una odisea llegar a un lugar que se había vuelto una locura, claro está, donde los medios de transporte estaban totalmente cerrados.

Pues bien, las imágenes eran claras. Chicos subidos en los marcadores para ver los partidos, gradas increíblemente llenas. Era una señal de que el tenis tenía que apostar por el cambio, de que una transición hacia una nueva década unidos era la mejor opción. "La gente se subía a los tejados de las casas para ver los partidos", exclama Tiriac. "Sí, creo que hubo más gente que vino a ver nuestros partidos", decía un Roy Emerson que fue el puntal de lanza del tenis amateur de los 60. "Había aires de cambio en Roland Garros: la Federación tenía un nuevo presidente, Marcel Bernard, con Philippe Chatrier como vicepresidente. Todo estaba cambiando: aquello era el Mayo del 68 del tenis".

"Recuerdo jugar el primer partido del torneo contra Georges Denieau. Él era entrenador, así que antes no podía jugar Roland Garros. Recuerdo que mi partido contra Laver (en cuartos) tuvo el récord de mayor asistencia hasta que se construyeron las nuevas gradas. Se vivía otra atmósfera, era incomparable", cierra un nostálgico Tiriac.

Aquella edición la ganó Ken Rosewall: derrotó a Laver en cuatro sets en la primera final de un Grand Slam de la Era Open. Lo importante, realmente, no fue quién ganó: fue un triunfo del tenis sobre la división, una victoria en un clima de revueltas y el primer paso para que los mejores jugadores del mundo conviviesen en un mismo circuito. Luego vino Jack Kramer y el Grand Prix... pero eso es otra historia.

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