Aquellos años, los de Justine

En el día de su 38 cumpleaños, recordamos la figura de Justine Henin, una referencia histórica que elevó el tenis allí donde no llegaron sus rivales.

Justine Henin. Foto: Getty
Justine Henin. Foto: Getty

A veces, para poner en valor a una deportista no hace falta recurrir a su palmarés si una circunstancia concreta sirve para que el receptor del mensaje reaccione con la misma intensidad que el hecho en sí. Hoy cumple años una de las mejores tenistas de la Era Open y, sea por factor añadido o como concepto esencial, cumple años la gran rival en la trayectoria tenística de Serena Williams. Sí, Venus ganó 12 veces a su hermana menor, pero Justine Henin fue la que con más fuerza y profundidad cuestionó el dominio, doblando su rodilla en muchas ocasiones, de la gran dominadora del tenis mundial en los últimos 20 años. La última gran rival de quien aniquiló a todas las que tuvo.

Hay que tener mucho talento para volver tras una retirada y al mes estar jugando la final del Open de Australia (2010), el canto de cisne de una jugadora que por momentos computó con mismo grado dominio y poder de conquista. El tenis de Justine Henin se propagaba por la pista completamente justificado en su forma, como si nunca hubiera ganado 43 títulos WTA, un oro olímpico, 7 títulos de Grand Slams y más de 100 semanas como número 1. No lo hubiera necesitado. Su mayor título y logro fue jugar así, el que sirve como legado. Pero no fue el único.

Henin caminaba en aquel circuito con ese aire de profesora, como luego reivindicaría Radwanska, a la que todos miran como el tutorial y canon al que acudir para saber cómo hacer las cosas, pero con el instinto venenoso y preclaro para ganar grandes finales y dominar un listado. Justine coexistía sin grandes palancas, sin el 'metrochenta' de una generación que ya venía avisando del definitivo cambio físico de un deporte que en su versión femenina nunca se basó en la potencia en el golpeo, sino en la comprensión de las trayectorias y el cálculo del bote y sus efectos.

"Soy diferente de la mayoría de las jugadoras", diría la belga en las páginas de 'El País', en 2007. "También puedo ser enérgica, rápida y física, pero creo que juego mucho más apoyándome en las variaciones, los cambios de ritmo y la técnica. Lo he trabajado mucho. Muchas no hacen más que pegar, pegar y pegar. Yo intento mirar las cosas a nivel técnico, lo que voy a hacer, lo que me da un estilo un poco diferente."

Y es así como se domina un deporte mundial, no solo con el don natural de coger una raqueta y moverla, sino con una mente preparada para desarrollar su potencial, un atributo este último que la belga también trajo de serie, aunque después trabajara y adaptara su capacidad dentro de un entorno competitivo de élite. Henin no era por encima de todo un talento único o una enorme competidora, sino la suma de las dos cosas.

"El espíritu, la determinación, la fuerza de carácter, son cosas que no se trabajan. Desde que era una niña, todo el mundo veía hacia dónde quería ir. Estaba determinada a ser la número uno del mundo. Parecía una cosa un poco loca porque tenía siete u ocho años. Son cosas que se trabajan malamente. He conocido a un montón de gente muy talentosa que ha desperdiciado su carrera porque le faltaba temperamento. Y eso es muy importante para tener éxito".

Reina de Roland Garros (tres títulos consecutivos llegó a levantar), supo adaptarse a todas sus oponentes para no perder terreno en pistas rápidas, y fue para Serena Williams, (8-6 para Williams en el 'cara a cara'), una rival de su 'altura'. En ese terreno, difícilmente catalogable, que después se definió más fácilmente como "la intimidación de Serena", la que transmitía e infligía en todas sus contrincantes, con Henin no sucedía. Se percibía en sus duelos la humanización de Williams, un desafío propio y compartido en el que Henin no se quebraba. Un duelo en el que Williams miraba de frente estando estirada.

Con un envoltorio delicado, artístico, sedoso, y un contenido ultradominante, entre ángulos y potencia, Henin castigó a jugadoras de otro corte en una época que hoy se mira y se recuerda con cierta envidia y nostalgia. La primera década de los 2000 puede presumir de contar con perfiles y talentos de enorme nivel, justo cuando se apagaba Steffi Graf, se alumbraban las Williams, hacían lo propio las rusas y ponían la guinda las belgas. Y allí estaba Justine, en aquellos años.

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