Los caminos más exigentes hasta el número 1

Hacemos un repaso de los jugadores que necesitaron levantar más Grand Slam hasta llegar a la cima del ranking ATP. Ninguno sudó tanto como Wilander.

Mats Wilander, campeón en París. Fuente: Getty
Mats Wilander, campeón en París. Fuente: Getty

¿Ganar un Grand Slam o ser número uno del mundo? Suele ser una pregunta recurrente dentro del mundo del tenis. Los más expertos te dirán que solamente logrando la primera se consigue llegar a la segunda, una máxima que, sin embargo, no siempre se cumple. Hoy hablaremos de jugadores que conquistaron ambas cosas, aunque no todos pagaron el mismo peaje. Apoyándonos en la estadística proporcionada por @OnlyRogerCanFly, veremos qué líderes del ranking ATP tuvieron que levantar más títulos de Grand Slam para llegar a ese objetivo.

Cabe destacar que de los 26 números unos que hemos tenido en la historia del circuito masculino, solamente Marcelo Ríos colgó la raqueta sin haber ganado un Grand Slam, un caso único que difícilmente se repita. El chileno, por tanto, no necesitó reinar en ninguna de las cuatro grandes plazas para tocar el techo de la clasificación. Luego hubo otros ejemplos como Carlos Moyá, Thomas Muster o Juan Carlos Ferrero que con reinar en una fue suficiente para tocar la cima, aunque no siempre fue ese resultado el que les empujó a la primera posición. Explicado esto, vamos ya con los nombres que realmente pueden debatir la dificultad que guarda convertirse en el mejor jugador del planeta.

Andy Murray, Novak Djokovic y Andre Agassi. Los tres jugadores se convirtieron en Nº1 después de haber conquistado tres trofeos de Grand Slam. Quizá en otra época no hubiera sido tan caro, pero les tocó convivir en una etapa donde cierto tenista (ya sea Federer, Nadal o Sampras) caminaba siempre un pasito por delante de ellos. Bjorn Borg y Stefan Edberg necesitaron de cuatro títulos para tocar el techo del ranking mundial, demostrando que no era suficiente con sumar un gran resultado por temporada, sino que hacía falta ser regular durante todo un calendario para obtener ese premio tan ansiado.

Si esto ya os parece increíble, deben saber que todavía hay dos escalones más por encima. Por ejemplo, Boris Becker y Rafa Nadal tuvieron que ganar cinco títulos de Grand Slam para aterrizar en el primer puesto de la clasificación. El alemán se consagró como el hombre más peligroso en Wimbledon, pero salió perjudicado de una lucha de poder a poder entre McEnroe y Lendl, los dos hombres que por aquel entonces se repartían la mayoría de los premios. En cuanto al balear, ya conocemos su idilio histórico con Roland Garros pero, al igual que Boris, no llegó al Nº1 hasta que consiguió gobernar también sobre otras superficies. Becker firmó cinco semifinales de Grand Slam consecutivas (un título y dos finales) para obtener el billete al Olimpo, exactamente el mismo camino que firmaría el manacorense, obteniendo tres títulos de esas cinco semifinales.

Pero ningún camino será comparable al que recorrió Mats Wilander hasta llegar a la azotea del ranking. ¿Recuerdan el caso de Ríos, un Nº1 sin Grand Slams en el bolsillo? Pues el sueco levantó siete en su carrera profesional y no fue hasta el último (US Open 1988) donde consiguió por fin abordar el la primera plaza. Lo normal era verle dando un golpe sobre la mesa muy puntual cada temporada: Roland Garros 1982, Open de Australia 1983, Open de Australia 1984 o Roland Garros 1985. La grandeza y los títulos estaban, pero le faltaba recorrido de largo alcance para hacer frente a los McEnroe, Connors y Lendl. No bastaba con aquellos chispazos, hacía falta adueñarse de todo el circuito.

Hasta que por fin, en 1988, Wilander se destapó como un animal competitivo que a punto estuvo de obrar un milagro. Ganó en Melbourne, ganó en París, hizo cuartos de final en Londres y ganó en Nueva York. Un balance de 25-1 en Grand Slams que le autorizó de una vez por todas como el mejor tenista del mundo. Sudó sangre para conseguirlo y, aunque solamente aguantó 20 semanas al frente del ranking, siempre podrá decir que mereció la pena el esfuerzo. Después de dejarse la piel, Mats pagó jamás volvería a pisar una gran final. Era el momento de pagar la segunda parte del peaje al éxito.

Comentarios recientes