Gigi Fernández, retirada y gloria en una misma semana

La tenista de Puerto Rico cuenta su llegada al US Open de 1988, donde tenía pensado retirarse. Quince días después, con el título en sus manos, cambió el destino.

Gigi Fernández en una conferencia. Fuene: Getty
Gigi Fernández en una conferencia. Fuene: Getty

Son innumerables los factores y atajos que recorren los tenistas profesionales hasta llegar al éxito. Son tantas etapas que es normal que algunos se queden a medio camino. Depende siempre del grado de dificultades que vayan apareciendo y el nivel de resistencia que tenga cada uno. En el caso de Gigi Fernández, una de las mejores doblistas de la historia, se reunieron ambos casos: muchos obstáculos y una mentalidad a prueba de balas. Aunque la tenista nacionalizada estadounidense también supo en qué momento cambiar de barco y encaminar su sendero, tal y como explica en esta entrevista con la WTA.

Lo primero, como siempre, sus inicios. “Tenía tres años cuando comencé a jugar al tenis. Todos mis hermanos mayores jugaban al tenis y yo quería ser como ellos. Cada día iba al club después de las clases, aunque todavía era demasiado joven, así que todo lo que podía hacer era agarrar una raqueta y golpear la pelota contra una pared. Seguí practicando hasta que cumplí siete años, donde recibí mi primera clase de tenis. Con ocho jugué mi primer partido y perdí 6-0, 6-0. No fue el mejor comienzo, así que me convencí de que el final sería mejor”, recuerda con una sonrisa sobre aquel pequeño desastre.

“Luego jugué algunos años al tenis juvenil en Puerto Rico y, debido a que la Asociación de Tenis Puertorriqueña formaba parte de la Asociación de Tenis de los Estados Unidos, tuve la suerte de poder viajar a USA y disputar allí el circuito juvenil en verano. Allí fue donde un par de entrenadores universitarios me descubrieron y me ofrecieron una beca, cuando mi juego realmente comenzó a despegar”, revela la mujer que hoy suma 56 años.

El mayor problema para Gigi no fueron sus golpes, que también, sino la falta de espejos donde mirarse en su círculo más próximo. “No había nadie a quien pudiera observar y decir: ‘Quiero ser como ellos’. No había otra atleta hispana, femenina y puertorriqueña de la que pudiera decir: ‘Esta mujer es una atleta profesional, yo puedo hacer lo mismo que ella’. Así que tuve que abrir mi propio camino. En los años 60, Puerto Rico estaba un poco atrasado en el tiempo en cuanto a tenis, los entrenadores no estaban dispuestos a enseñarles el topspin a las jugadoras, así que aprendí a jugar con un golpe de derecha y el revés cortado. A la universidad fui con esos dos tiros, los mismos que tenía cuando me convertí en profesional. Fue un desafío total”, subraya la ex número 1 del mundo en dobles.

Ese déficit en cuanto a juego le persiguió durante algunos asños más, incluso estando ya dentro de la élite. “No tenía la base de los golpes de fondo, los tiros sólidos que alguien necesita para mantenerse en los intercambios y así aguantar el tiempo necesario hasta llegar a la red. Servir y volear, sin embargo, resultaba algo muy natural para mí, era buena haciendo eso, el problema venía cuando jugaba contra alguien que era muy buena desde la línea de fondo, entonces era incapaz de dar más de cinco golpes. Solamente empecé a golpear con efecto una vez me hice profesional, algo impensable hoy en día. Si llegas a la gira con alguna debilidad, tarde o temprano acabarás apartado”, asume desde la experiencia.

La tenista de San Juan siguió intentándolo, e intentándolo, e intentándolo, así hasta cumplir los 24 años. Pero en ese momento, su mente dijo basta. “La situación era el doble de dura, ya que perdía dos veces por semana, una en individual y otra en dobles, realmente no sabía qué hacer. Tuve un momento difícil, no era lo suficientemente madura como para entender que todas esas derrotas me servirían luego de experiencia y aprendizaje. De hecho, se aprende mucho más de los fracasos que de los éxitos. La cuestión es que me iba a retirar en el US Open de 1988, pero terminé ganando aquel torneo en dobles, así que decidí continuar. Dos años después volví a ganar allí, esta vez haciendo pareja con Martina Navratilova”, rememora la poseedora de 69 trofeos en la modalidad.

Después de tantas temporadas a la deriva, Fernández por fin entendió que la clave estaba en apostar por el circuito que mejor le iba y ese no podía ser otro que el de parejas. “Sabía que no era casualidad, no podía serlo después de ganar dos majors, así que a partir de ahí me junté con Natasha Zvereva, empezamos a jugar juntas en 1992 y terminamos firmando una carrera increíble”, apunta la campeona de 17 Grand Slams. “Cada vez que ganábamos acababa siendo algo normal, algo habitual, pero el paso del tiempo te muestra que aquello era de todo menos común. Fue una asociación única la que tuvimos, una relación muy especial”.

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