El asalto al top-10 de Federer gracias a una exhibición

Tal día como hoy, Roger ingresó por primera vez entre los diez mejores. Recordamos cómo lo hizo, en una final excelsa ante Marat Safin.

Roger Federer, Hamburgo 2002. Fuente: Getty
Roger Federer, Hamburgo 2002. Fuente: Getty

Corría el año 2002 y las opiniones sobre un joven suizo llamado Roger Federer eran moderadas, diferentes según a quién le preguntases. Muchos ya vieron el talento que atesoraba chaval desde el minuto 1 y confiaron en que su progresión vendría de forma natural, que ese tenis no se iba a quedar sin ganar muchos títulos a no ser que las lesiones apareciesen. Otros, sin embargo, opinaban que necesitaba pulir imperiosamente el lado del revés si quería cumplir esas expectativas, y que aún era pronto para llenar de etiquetas la espalda del de Basilea.

Un año antes, Roger ya había dado su primer golpe de efecto y se había presentado al circuito. Fue en aquella recordada velada en Wimbledon, donde casi de forma simbólica Pete Sampras cedía el trono tenístico al joven Federer tras una dura derrota en la Catedral. Sin embargo, desde aquel entonces el suizo tenía una pequeña tarea pendiente: la consistencia. Ya había alcanzado sus primeros cuartos de Grand Slam, pero aún seguía cediendo partidos con excesiva facilidad, incapaz de hilar semanas consecutivas en el que exprimir todo su potencial en pista.

El tenis que guardaba el suizo era brutal, y el inicio de 2002 supuso los primeros pasos de Roger de cara a establecerse entre los mejores. Conquistó un nuevo título en Sydney y se recuperó de una durísima derrota en Australia ante Tommy Haas (perdió 6-8 en el quinto set) con su primera final de Masters 1000 (en Miami, perdió ante Agassi). Eso sí, la gira de tierra potenciaba las mayores carencias del suizo, y dos tempraneras derrotas en Monte Carlo y Roma no hacían presagiar nada bueno de cara al siguiente Masters.

Hamburgo fue una historia totalmente diferente. En cuartos de final, Roger endosó su primer rosco a un miembro del top-10 (Kuerten), toda una premonición de lo que estaba por venir. En la final esperaba Marat Safin, cómodamente instalado entre los diez mejores, finalista en Australia y número uno hace dos años. ¿Qué sería de aquel duelo entre dos jugadores que, por aquel entonces, aún tenían fama de temperamentales e inestables?

Lo que ocurrió en la ciudad germana aquel domingo de hace 18 años fue que un ciclón dijo presente en pista. Roger Federer salió con las ideas muy claras, hambriento de no dejar pasar la oportunidad de hacerse conocer. Recomiendo encarecidamente ver la primera hora de juego, en la que un joven suizo arrolló y sacó de la pista a Safin como si de un amateur se tratase. Se basó en dos claves: un alto porcentaje de primeros saques dentro (y, por consiguiente, de puntos ganados con su primer servicio) y un golpe que ayudó a camuflar sus mayores carencias: el slice.

En ese primer set, el golpe cortado de Federer volvió absolutamente loco a Safin. Fue una táctica ganadora, y es que el suizo llegó a tirar más golpes cortados por el lado del revés que golpes planos o liftados (119 a 108). Fue común ver a Roger buscar un resto cortado, angulado, con el objetivo de que Safin flexionase, bien con la derecha invertida o con un revés cruzado, y que este dejase una bola corta que pudiese atacar.

Esta es otra notable diferencia: aquel Roger de 2002 era muchísimo menos completo que su mejor versión, pero tremendamente ofensivo. Después de cada saque, Federer se mantenía como uno o dos pies dentro de la pista, lo que le obligó a echar mano en varias ocasiones de voleas liftadas desde la línea de fondo, un gesto dificilísimo que el suizo ejecutaba a las mil maravillas. Su ímpetu por buscar la red, por lanzarse encima de la pelota, demostraban que era uno de esos días en los que Federer estaba tocado por una varita.

Llegó a estar 6-1, 5-1 y disponer de dos bolas de break para cerrar el segundo set. A partir de ahí, Safin sacó un poco el orgullo y la hiperactividad de Federer bajó. Pasó de tener la sexta marcha a buscar la cuarta, y Safin llegó a estar break arriba en el tercer set, pero tampoco tuvo su día. Pasó lo que tenía que pasar: que aquella exhibición era una fiesta de bienvenida al top-10, un compromiso finiquitado en poco más de hora y media que anunciaba al mundo que Federer ya había llegado a la élite. Y así lo mostró el suizo, que se tapó en su toalla y dejó caer un par de lágrimas tras el final del duelo.

Aquel año Roger jugó por primera vez la Copa de Maestros, cayendo en semifinales ante Hewitt. Hamburgo fue la antesala de un 2003 donde Federer confirmó que no se iba a conformar con "solo" ser un gran jugador. El suizo empezó a perseguir a las mayores leyendas; hace 18 años empezó a hacerlo, en uno de sus primeros gran partidos y rompiendo la barrera de los diez mejores.

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