El día que Félix Mantilla reinó en el Olimpo romano

Repasamos su trayectoria y la inolvidable semana que vivió el español en Roma 2003, ganando a Federer en la final y haciendo historia en el torneo.

Félix Mantilla, triunfo histórico en Roma 2003. Foto: gettyimages
Félix Mantilla, triunfo histórico en Roma 2003. Foto: gettyimages

La vida ofrece alegrías inesperadas, momentos imborrables que justifican todo el sacrificio realizado e inscriben tu nombre en la historia. Félix Mantilla experimentó esa sensación cuando un 11 de mayo de 2003 levantó los brazos al cielo romano, se tumbó en la arena del Foro Itálico y recibió los aplausos de una masa enfervorizada y repleta de estupor ante la demostración de poder de un guerrero de las pistas que no pasaba por su mejor momento. Como si de una escena de gladiadores se tratara, este tenista barcelonés cuya grandeza se ha visto eclipsada por otras y no todo lo reconocida que debería, cosechó el mayor triunfo de su carrera profesional, justo cuando ya nadie, posiblemente ni él mismo, se lo esperara.

Su nombre es habitual en el palmarés de los grandes torneos sobre tierra batida. Especialista consumado en esta superficie, Félix llegó a ser top-10, con 24 años, después de tener que pasar miles de vicisitudes y penalidades viajando de torneo en torneo hasta conseguir abrirse hueco en la élite. Irrumpió entre los 100 mejores a los 21 años, en 1995, y apenas una temporada después ya se había abierto paso hasta los 20 mejores del mundo, donde se afincó durante un glorioso 1997 en el que ganó 5 de los 10 títulos con los que terminó su carrera profesional. Todos ellos los consiguió en arcilla; el primer fue en Oporto 1996, mientras que en 1997 dio una lección de solidez ganando en Bolonia, Gstaad, Umag, San Marino y Bournemouth.

Pero siempre quedaba la sensación de que podría hacer algo más y eso se confirmó en Roland Garros 1998, cuando llegó a semifinales, donde sucumbió ante Carlos Moyà. Capaz de llegar a cuartos de final en el Open de Australia 1997, octavos en US Open 1997 y tercera ronda en Wimbledon 1998, los días de gloria de Mantilla parecían tocar a su fin con la llegada del siglo XXI. Perdió mucho ranking debido a una espiral de lesiones y en 2001 y 2002 daba la sensación de estar lejos de su mejor nivel, oscilando en torno al top-50. Pero llegó esa semana inolvidable, esos siete días plagados de armonía en su aguerrido tenis que le elevaron al Olimpo de los Dioses Romanos.

Estaba jugando bien desde principios de año, con resultados interesantes Auckland y Acapulco (semifinales) y compitiendo bien en otras plazas de mayor renombre donde solo pudieron frenarle jugadores de la talla de Kuerten, Ferrero, Gaudio o Grosjean. Su ranking ATP cuando arrancó el Masters Series Roma 2003 era el puesto 47, pero las sensaciones de las que hizo gala en pista no se correspondían ni mucho menos con esa cifra. Comenzó el torneo ganando a David Nalbandián (6-3 1-6 6-0), siguió con un triunfo sólido ante Mardy Fish (6-4 6-3) y la prueba irrefutable de que estaba inspirado fue la victoria contra Albert Costa, 8 del mundo en aquel momento, por 7-5 4-6 6-1.

Rocoso de fondo de pista, con una bola muy pesada, gran movilidad y siendo agresivo, Félix jugó con tremendo desparpajo y en cuartos de final remontó un set en contra ante Ivan Ljubicic para vencer 3-6 6-3 6-4. En semifinales tiró de épica para ganar a Yevgeny Kafelnikov en un encuentro inolvidable, repleto de alternativas y en el que la consistencia mental del barcelonés acabó decantando la balanza de su lado, por 4-6 7-6 (3) 6-2. Y quedaba lo mejor.

Roger Federer, ya era 5 del mundo a sus 21 años y al que se enfrentó en dos ocasiones, y buscaba su segundo título de Masters Series, después del cosechado en Hamburgo en 2002. Félix salió a pista dispuesto a cargar el juego por el lado del revés del suizo y a que la tierra batida se convirtiera en fango donde la fluidez de Roger se atascara. Lo consiguió, vaya si lo consiguió. Ganó el partido por 7-5 6-2 7-6 (8) ofreciendo una lección de madurez y coraje a un bisoño Federer que tomaría nota, pero que nunca podría ganar después en el Foro Itálico. Félix Mantilla siguió jugando hasta 2007, pero despojado de la magia de la que hizo gala en el Masters Series Roma 2003, que se erigió en una especie de recompensa a todo el trabajo hecho durante años y una despedida de la élite. La historia del tenis siempre deja cosas para el recuerdo y cuando se habla del torneo de Roma, el nombre del español debe ser glosado.

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