Jimmy Connors, una gran carrera apegada a la cima

El campeón estadounidense rememora lo que significa estar en la cúspide del tenis mundial, todo a través de una carrera de éxitos.

Jimmy Connors jugando en Flushing Meadows. Fuente: Getty
Jimmy Connors jugando en Flushing Meadows. Fuente: Getty

Jimmy Connors era un hombre singular, sin ninguna duda. Sus niveles de energía en pista superaron, incluso, a los de John McEnroe, y eran completamente antagónicos a la tranquilidad en pista de Iceman Börg. Las peculiaridades de su comportamiento, sin embargo, palidecen si miramos a su vitrina y algunos récords que aún tiene en su poder. El más recordado, sin ninguna duda, es ser el jugador con el máximo número de victorias en la historia de este deporte (1,274 victorias). O, quizás, ser el jugador con más títulos de la historia (109). Impresionante, ¿eh?

Pero ni todo fue un camino de rosas ni estos dos récords limitan las hazañas de Connors. De hecho, Jimbo fue un auténtico precursor en un aspecto de su carrera: el de ser número uno. Precedido por periodos en la cima relativamente normales o cortos de tenistas como Ilie Nastase o John Newcombe, cuando Connors se convirtió en rey del mundo nadie fue capaz de pararlo. Su consistencia y su capacidad para emborracharse de tenis jugando una enorme cantidad de torneos (y ganándolos) así lo acreditaban. Desde 1974 a 1977, Connors fue número uno del mundo durante 160 semanas consecutivas (acabó, en total, con 268 semanas en la cúspide a lo largo de nueve periodos diferentes). Un récord que parecía casi imposible de pulverizar, hasta la llegada de un tal Roger Federer al circuito. Y una posición que Jimmy persiguió desde el primer momento.

"Es un lugar solitario, pero creedme, tiene las mejores vistas posibles... ser el número 2 del mundo es como ser estar el 200", decía a la ATP hace poco. "Solo hay un número uno". Es una muestra más de esa mentalidad feroz, ganadora, que le llevó a mantenerse en lo alto de la ola durante tanto tiempo. De hecho, así lo describía cuando en 1981, casi una década después de establecerse como dominador del circuito, trataba de volver a la cima: "Estoy trabajando duro para volver a ser número uno esta temporada. Yo no quiero andar por el circuito si no puedo ser el mejor del mundo. Por lo que yo sé, el uno es el único número que existe, y pensar que no puedo serlo es ridículo". Con esa actitud, cómo no iba a volver a la cima en septiembre de esa misma temporada.

Sus coetáneos, los que vivieron aquel momento del circuito con él, siempre han ensalzado la figura de Jimmy. Ese hambre extremo de ganar y ser el mejor los ayudó a convertirse en mejores tenistas y permitió al público de gozar unas rivalidades con los niveles de adrenalina al máximo. Sobre todo Björn Borg y John McEnroe sufrieron en sus carnes la competitividad de Jimbo, además de un Ivan Lendl que empezaba a abrirse paso entre los mejores en los años 80. Con el tiempo, sin embargo, uno echa la vista atrás y disfruta de todo lo que ocurrió. "Tuve rivalidades de verdad, reales. Yo no solo quería derrotar a mi oponente, es que no quería ni darle un respiro. Tuve rivalidades con Mac, Lendl, Borg. Todo el mundo sabía que había tensión entre nosotros, dentro y fuera de la pista. Eso es lo que se me quedó grabado en la mente, lo que me hizo pensar que era real, no era una rivalidad floja. No había abrazos, no había besos".

El progreso de Connors como tenista también le ayudó a ser tan longevo. El estadounidense desarrolló sus golpes, siendo un maestro de pillar la bola mientras subía para atacar la red con todo. Su resto era pionero, aunque más tarde dejó el legado en manos de un André Agassi al que, según el de Las Vegas, trató por primera vez con la misma frialdad y "chulería" con la que miraba a sus rivales en pista. André recogería el testigo derrotándolo en dos ocasiones en el Us Open (1988 y 1989), pero el público iba con Connors. Aquel mítico grito de "¡Él es un punk y tú una leyenda!" aún resuena en Flushing Meadows. El romance de Jimbo con Nueva York, el Grand Slam que mas veces conquistó, sí que era real. Eran la dupla perfecta, la ciudad que combinaba como anillo al dedo con el carácter de Connors.

Eso lo dejó claro allá por el 1991, cuando con 39 años igualó a Ken Rosewall como el semifinalista de Grand Slam más longevo. Curiosamente, él fue quien venció a Rosewall en aquel duelo, cerrando el círculo que se remontaba 17 años atrás. "Si escoges los 10 mejores momentos o puntos del Us Open a lo largo de su historia, seis o siete le pertenecerían a él y tres o cuatro serían de aquel Us Open 1991", dijo John McEnroe.

"El tenis nunca fue un trabajo para mí: era divertido. Cuanto más dura fuese la batalla, cuanto más largo fuese el partido, mejor me lo pasaba". Quizás esa fue también la clave para llegar a donde llegó: el primer gran número uno del circuito ATP. Un circuito del que, al principio, no quiso formar parte. Pero eso es otra historia.

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