Andy, la tierra y una historia inacabada

El tenista escocés tuvo hasta 2015 una historia muy complicada con la tierra batida. La final de Roland Garros 2016, la gran espina de su carrera.

Andy Murray y su gran espina clavada. Foto: Getty
Andy Murray y su gran espina clavada. Foto: Getty

Una de las fotografías más importantes de la carrera de Andy Murray es la que preside este texto, donde se le ve portando la bandera británica, estirada de mano a mano por detrás de su espalda. Y no se tomó en los Juegos Olímpicos de Londres, sino en Bélgica. Allí, Andy, que ya había devuelto el trono de Wimbledon al pueblo británico, consiguió junto a su equipo de Copa Davis la tan ansiada ensaladera. Y lo hizo sobre tierra batida, la gran espina clavada de la carrera de Murray.

En una de las charlas recientes que mantuvo Andy Murray con Novak Djokovic por Instagram, el serbio le preguntó al de Dunblane cuál sería el resultado del pasado que cambiaría. Y Andy, a pesar de haber perdido cinco finales en Australia, no dudó ni un segundo. "Si pudiera cambiar un resultado... sería Roland Garros. Creo que como desafío, por ser tierra batida, la más dificil de todas las superficies para mí, por tener que adaptarme. Sería el gran título que podía haber conseguido. Y es verdad que en Australia tuve muchas oportunidades que tú rompiste (risas) pero sí, Roland Garros es mi gran espina".

Y es que, en el más amplio sentido de la palabra, para Murray la tierra batida fue primero una incomodidad y después una frustración, pero siempre un desafío. Murray había viajado cuando era adolescente a Barcelona, para mejorar como jugador, a la Academia Sanchez-Casal, para también formar su juego y su espíritu en canchas lentas. Pero desde que comenzó a crecer en el circuito, la arcilla era sinónimo de suplicio. Primero tuvo una relación física muy complicada, se cansaba en partidos largos y su carácter y mal humor tampoco a compañaba a digerir y dominar puntos largos en los que perdía el punto o cometía un error.

Torneo Porcentaje de victorias
Tierra batida 107-46 (69.9%)
Pista dura 451-126 (78.2%)
Hierba 107-21 (83.6%)
Moqueta (hasta 2009) 8-3 (79.2%)

Despues, a nivel técnico y táctico, él siempre encontró un problema de movilidad, estabilidad y salida de cada posición; le costaba adaptar el ritmo, y además su golpe de derecha le corría poco para poder dominar con él a través de las alturas. No había nacido para jugar allí, pero corría el peligro de no haber podido rendir una vez pudiera progresar y acumular experiencia. Pasaban los años, desde 2008 a 2014, y Andy Murray todavía no había pisado, con 27 años, una final de un torneo jugado sobre polvo de ladrillo.

Hasta su lesión de espalda en 2014, Andy Murray ya era campeón de Wimbledon y el US Open, y había ganado los Juegos Olímpicos de 2012. Habiendo entrenado con Lendl y después con Mauresmo, su definitiva explosión como jugador iba a venir acompañada de una madurez y un juego preparados para romper la barrera definitiva. Y estuvo a punto de lograrlo. En 2015 ganaría en Munich y Madrid -a Nadal-, y alcanzaría las semifinales de Roland Garros ante Djokovic, igualando a dos sets una desventaja de 2-0, jugando el quinto set al día siguiente por falta de luz. Cayó, pero no sería su última palabra.

En 2016 alcanzó su mejor nivel. Logró el número 1, jugó con una confianza abrumadora, adoptando un papel muy ofensivo, ganó Wimbledon y se metió, por primera vez, en la final de Roland Garros. Allí, en el partido que Murray hubiera cambiado de su pasado, cayó derrotado con la máquina, un Novak Djokovic que ganaría su cuarto Grand Slam consecutivo y el primer Roland Garros de su carrera.

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