Andre Agassi y las contradicciones de la vida

El Kid de Las Vegas cumple cincuenta años de una vida compleja en la cual el tenis lo eclipsó todo desde una edad muy temprana

Andre Agassi en Roland Garros 1990. Fuente: Getty
Andre Agassi en Roland Garros 1990. Fuente: Getty

Para resumir la vida de André Agassi haría falta un libro. Oh, espera, que ya lo tiene. Un momento: este artículo puede contener spoilers. Si no has leído Open, tardas en comprártelo. No hay excusa. Hoy su protagonista cumple 50 años. Resulta que no hace mucho, el llamado Kid de Las Vegas entró en el olimpo tenístico. Dejó atrás sus infiernos, aunque nunca atrás del todo, porque es difícil pelear contra tu vida. Para André el tenis era su vida. Y sin embargo lo odiaba. Qué contradicción, ¿verdad?

Lo hablaba con su hermano, Philly, en aquella habitación dividida por una pulcra línea blanca, como la de la pista del jardín de su casa. Odio el tenis. Lo hablaba con JP, su "asesor espiritual" en un momento de su carrera. Odio el tenis. Lo hablaba con Perry Rogers, su mejor amigo de la infancia. Odio el tenis. Lo hablaba con Gil Reyes, la que probablemente sea la figura más importante hacia su madurez. Odio el tenis. No, André, en verdad no lo odias. Sí, sí que lo odio.

Es un odio que, para ser entendido, nos hace viajar a esa casa a las afueras de Las Vegas en la cual su padre, un antiguo púgil iraní, había construido esa máquina todopoderosa que escupía pelotas por su boca: El Dragón. Agassi solo quería ir al Cambridge o al 7-Eleven, pero se pasaba los días devolviendo bolas a aquel dragón. ¿Lo hizo de verdad mejor? Sí, claro, aquella máquina hizo que Agassi fuese poseedor de una anticipación nunca antes vista, de una capacidad natural de jugar al tenis sobre la línea de fondo. Le dotó de una derecha mortífera y de un revés letal, de una habilidad maestra para el botepronto desde el fondo.

Le hizo ser el mejor en lo suyo. Pero es que André Agassi siempre se rebeló contra "lo suyo". Provocó que infringiera las normas de forma continuada en la Academia de Nick Bollettieri, provocó que su carácter estuviese atenazado por las presiones exteriores, y sobre todo, le privó de una falta de afecto y sensación de libertad que explican muchas de sus bajadas a los infiernos. De eso Agassi nunca se pudo despegar, porque era sencillamente imposible. No es que su vida fuese el tenis, es que el tenis estaba por encima de su vida. Cómo para no odiarlo.

Esa seguridad natural que te proporciona verte superior con la raqueta hizo que el de Las Vegas batiese récords de precocidad. Era un niño expuesto ante la fama. No sabía que aquel spot con Canon de "la imagen lo es todo" le daría una fama de la cual quería despojarse. Esas mallas rosas a las que llamaba de "lava caliente" y esos peinados que suscitaban las miradas y la cháchara del público eran una forma de protegerse. Agassi quería un caparazón, pero la gente demandaba una personalidad. Y claro, cuando descubres justo antes de la final de Roland Garros 1990 que se te está cayendo el pelo a tirones, entras en pánico. Ojo, no el pelo natural: el de aquellos postizos que utilizaba.

"Mientras caliento antes del partido, rezo. No para conseguir una victoria, sino para que no se me caiga el postizo (...) Con cada salto, con cada embestida, lo imagino aterrizando sobre la tierra batida, como uno de aquellos halcones que mi padre abatía en pleno vuelo. Oigo ya el grito ahogado del público. Imagino a millones de personas acercándose más a sus televisores, volviéndose a mirarse unos a otros y diciendo, en docenas de lenguas y dialectos, algo así como: ¿se le acaba de caer el pelo a Agassi?".

A Agassi no se le cae el pelo, pero pierde la final. La pierde porque no puede pensar, porque una vez Andrés Gómez se suelta, el americano no tiene un plan B. También pierde la siguiente, ante un tal Pete Sampras, un chaval al no auguraba un buen futuro. Quién nos lo iba a decir, eh. Benditas contradicciones, Andre.

En Wimbledon 1992 llegó su primer Grand Slam. Un lugar que, desde su llegada, le "desagrada". "A mí nunca me han gustado las reglas, y mucho menos las reglas arbitrarias. ¿Por qué debo vestir de blanco? Yo no quiero vestir de blanco. ¿Qué más le dará a esa gente de qué color sea mi ropa?". No os he dicho que, aquel año, Agassi se motivó sobremanera para ganar el torneo. ¿Por qué? Por una sencilla norma, una tradición: la de estar en el Baile de Campeones, donde esperaba Steffi Graf, de la que se había enamorado locamente. Odiar las reglas de Wimbledon y desearlas a la vez. Este Andre está lleno de contradicciones, ¿eh?

Y no son las únicas, hay muchas más. La figura de Andre Agassi es apasionante porque es una metáfora de la vida: nuestras debilidades y nuestros miedos siempre están presentes. A veces nos toca convivir con ellos, y otras nos toca superarlos. Sin prisa, porque la madurez te llega de mil y una formas. Son cincuenta años que demuestran que, en ocasiones, coger una raqueta no es todo, y que la felicidad no va reñida con la obsesión, ya sea tuya o de otras personas. De la mano de Andre hemos llegado a odiar el tenis, pero siempre nos volvemos a llevar bien con él y lo acabamos amando.

Feliz Cumpleaños, Kid.

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