Dominik Koepfer, una historia de perseverancia

Tras estar a punto de dejar el tenis en su época en la universidad americana, el alemán se ha convertido en una cara conocida del circuito

Dominik Koepfer ya es un habitual del circuito ATP. Fuente: Getty
Dominik Koepfer ya es un habitual del circuito ATP. Fuente: Getty

Las historias de muchos tenistas del circuito presentan variantes apasionantes. Resulta emocionante encontrar a grandes jugadores que se salen de la lógica en sus procesos de formación. Lejos de apuntar a estrella desde chico y, desde ahí, seguir el lógico proceso hacia la élite (despuntar en juniors, ganar varios Challengers hasta tener éxito a nivel ATP), hay tenistas cuyas historias esconden detalles más que interesantes.

La historia de Dominik Koepfer es una de ellas. En Punto de Break ya hablamos del tenista alemán hace algunos meses, como parte de la camada de jugadores universitarios que despuntan en el circuito. Tras su espectacular torneo en Flushing Meadows el año pasado, donde solo el mejor Medvedev pudo con él en cuarta ronda, la ATP ha puesto el énfasis sobre la más que interesante historia del germano.

La historia de Koepfer no es como las de otros jugadores. Estuvo a punto de dejar el tenis en su primer año como universitario en Estados Unidos, meditando si volver a Alemania con graves problemas de estrés y hasta una mononucleosis. Afortunadamente para él, ese pensamiento es historia, pero empecemos por el principio, y es que Dominik tuvo que tomar una decisión sencilla ya desde el comienzo de su carrera: tenis o esquí.

"De donde yo vengo (Furtwangen, Alemania) hay muchísima nieve, cinco meses al año. Siempre hay tenis bajo techo o esquí, así que esquiaba muchísimo en invierno y lo combinaba con el tenis. Cuando cumplí 16 años llegué a la final del Campeonato Alemán Sub-16, así que decidí dedicarle más tiempo al tenis y esforzarme más. A partir de ahí fui a la universidad". No es mal bagaje para alguien que comenzó a entrenar seriamente a los quince años; tampoco tiene mala compañía dentro del selecto grupo de tenistas que combinaron estas dos disciplinas en su infancia (Novak Djokovic y Jannik Sinner). Pero hay una razón más importante por la cual Koepfer eligió el deporte de la raqueta. "El tenis era el deporte menos peligroso. Esquiar es muy peligroso, especialmente a nivel de competición. Hay muchas lesiones, especialmente de rodilla, y siempre disfruté jugando al tenis".

La etapa universitaria de Koepfer se desarrolló en una universidad alejada de los focos: Tulane, perteneciente a la División I y uno de los pocos sistemas que apostó por él. Ahora, el germano está comprometido con devolver la oportunidad a dicho college y siempre se deshace en elogios cada vez que le toca hablar de ella. Eso sí, su historia no fue siempre un camino de rosas: "Tomar una decisión fue fácil porque realmente no tenía otra opción. Los primeros meses no pensé que fuese a continuar allí. Fue muy duro. Mi inglés no era muy bueno, la cultura y la gente eran diferentes. Jugaba mucho al tenis, y estudiar a la vez y tratar de administrar mi tiempo era agotador; a eso súmale tener una vida social en la universidad. Así que fue difícil al comienzo. A partir de ahí empecé a disfrutarlo y creo que ese proceso me ha ayudado mucho no solo como jugador, sino como persona". El propio jugador alemán reconoce a su periodo en el college americano como el trampolín perfecto hacia el profesionalismo: "Siempre tuve el sueño de jugar profesionalmente, pero nunca sentí que tuviese el nivel para hacerlo. La universidad me preparó de verdad para dar el salto al circuito y competir a ese nivel".

A partir de ahí, el sueño de Koepfer se ha ido haciendo realidad, dando pequeños pasos que le han servido para cumplir varios sueños. Su campeonato en el Challenger de Ilkley le concedió una invitación para jugar en Wimbledon, el sueño de todo jugador, pero no se quedó ahí: consiguió vencer su primer partido en la Catedral ante Krajinovic. Pero el éxito no viene solo, y otro motivo capital para su ascensión ha sido trabajar en el aspecto mental: "Hago muchas rutinas diarias: me levanto, medito, escribo algunas cosas antes y después de cada partido. Hablo con mi coach mental una o dos veces a la semana durante una o dos horas, chateamos, es un trabajo diario. Me considero un gran luchador y siempre intento que mi rival lo pase lo peor posible en pista, y ahora las emociones negativas no se ponen en mi camino".

Ahora, el germano tiene un claro objetivo: ser top-50. Esa es la próxima meta de un luchador nato, un zurdo ágil y con buena mano que se ha abierto paso en el circuito como un auténtico picapedrero. Ahora solo queda que el tiempo decida cómo de alto puede subir.

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