Sharapova, una máquina tenaz que dice adiós

Veintiséis años después de dejarlo todo y marchar a Estados Unidos, Sharapova cuelga la raqueta. Su historia está marcada por la tenacidad y la lucha

Sharapova celebra tras proclamarse campeona en Roland Garros, 2012. Fuente: Getty
Sharapova celebra tras proclamarse campeona en Roland Garros, 2012. Fuente: Getty

Un paso hacia delante. Otro más. Bota la bola. Cuerpo tensionado y mirada abajo, al suelo. Visualiza el siguiente punto en su cabeza. Vuelve a botar la bola y es entonces cuando Maria despierta del trance. Lo hace con una mirada firme, capaz de helar a cualquiera. La mirada denota ambición, es impasible. Cuando la bola se alza al cielo previo al impacto con la raqueta, lo único que rompe el silencio es un grito de sobras conocido.

Este ritual ha sido uno de los momentos que ha acompañado al tenis durante sus últimas dos décadas. En dos décadas ha cambiado enormemente, eso sí. Esa mirada también: lo que fue antaño una mirada inocente, desprovista de cualquier tipo de miedo, se convirtió últimamente en una mirada desgastada por años de lesiones y roturas. Lo que siempre estuvo ahí, sin embargo, fue la perseverancia, el metódico approach al deporte que la ha hecho estrella e icono mundial. Maria Sharapova deja la raqueta, pero su personalidad perdurará en el tiempo.

Esa perseverencia podríamos decir que es algo innato, inherente a Masha y presente desde el minuto uno. No es una afirmación relativa: se manifiesta desde que dejó el remoto pueblo de Niagán, perdido en un rincón de la Unión Soviética, haciendo un sacrificio brutal para marchar a Estados Unidos. Recomendada por Martina Navratilova, aquella joven llegó a Florida con un único objetivo en mente: triunfar. Su ética de trabajo fue implacable y estar allí nunca la amilanó, tomando sus propias decisiones en contra de, a veces, su propio padre. Ya por aquellos instantes Sharapova brillaba y sabía que su relación con el tenis sería de largo recorrido. "Lo que más recuerdo cuando la vi por primera vez era su intensidad y concentración entrenando, jugando cada bola como si fuese la final de Wimbledon", decía quien acabó siendo su agente, Max Eisenbud.

Lo que nadie preveía era que aquella adolescente se doctorase en la Catedral del tenis, antes de cumplir la mayoría de edad y dando un auténtico recital ante la única mujer que siempre estuvo por delante suya: Serena Williams. Aquel 6-1 y 6-4 fue la primera y penúltima vez que Sharapova podría batir a la leyenda norteamericana, pero puso los pilares de una rivalidad tan desigualada como icónica. El mundo era suyo y Masha lo sabía, pero nunca dio ni un paso en falso, esquivando las comparaciones con Kournikova, rodeándose de un equipo que le ayudó a no distraerse de lo que más le importaba: el tenis.

Tampoco es que lo necesitase, pues ella, una campeona segura de sí misma, siempre tuvo claro dónde había que poner los focos. Lo hizo a través de unos años de madurez donde poco a poco los Grand Slams fueron goteando: tras aquel triunfo en Londres, llegó el número uno en agosto de 2005, el US Open en 2006 y el Open de Australia en 2008. Solo le faltaba un Major para completar el póker, pero aquel era el último desafío: reinar sobre la tierra batida. Sharapova no era capaz de deslizarse correctamente sobre arcilla; cada paso medido de sus pies se descuadraba al aterrizar, cada intento de coger la pelota en su punto más alto era infructuoso y cada bola más significaba perder el control de los puntos. Roland Garros se alejaba a medida que su cuerpo empezaba a agujerearse, con un hombro que empezaba a decir basta y una Serena Williams que no dejaba de acumular victorias y títulos. Era un periodo tumultuoso en un circuito WTA que encumbraba a tenistas día sí y día también, mientras que Maria tenía la sensación de irse poco a poco quedando atrás.

Pero si esta es una historia de perseverancia es porque Masha no se rindió. Esa palabra nunca estuvo en su diccinario. Mientras su tenis esperaba una segunda madurez, no daba el tiempo por perdido. Nike, Evian y miles de marcas más se peleaban por estar en su lista de patrocinadores, sabiendo que la figura de la rusa empezaba a trascender, a dejar su huella más allá del tenis. Sharapova, que venía de la nada y se ganó todo desde muy pequeña, era una historia que explotar y que contar. Pero ella siempre se aseguró que dicha historia se contase desde el punto de vista del trabajo y la más exhaustiva preparación. Mientras su historia se contaba, ella se preparaba para atajar los últimos desafíos que le quedaban.

Y todo trabajo tuvo su éxito cuando en 2012 por fin se coronó en la Philippe Chatrier, completando un ciclo que comenzaba en el lugar más recóndito de Rusia. Allí, Maria dejó su marca en el mundo del tenis, y por un momento eclipsó el éxito de Serena y cualquier otra mujer que se le pusiese por delante. Por si al mundo no le había quedado claro, quien durante un tramo de su carrera admitió "moverse como una vaca" sobre tierra revalidó su corona en 2014, en una final ante Halep que cerró el círculo. Sharapova había perseverado, superado sus fobias y miedos y el cielo de París era testigo de ello.

Fue en 2016 cuando su carrera sufrió un revés que acabaría siendo imposible de superar. El positivo por Meldonium la separó de las pistas durante 15 meses y nada volvió a ser lo mismo. La admiración que muchos profesaban por ella quedó en entredicho, sus logros quedaron cuestionados y su legado sufrió un duro golpe, pero Maria no dejó de trabajar como lo había hecho siempre: en silencio, siendo metódica y esperando a volver y hablar donde siempre lo había hecho, en la pista. Un maltrecho hombro y el desgaste natural de una carrera agotadora no la dejaron encarar la treintena como ella hubiese querido, aún dándole tiempo de dejar una actuación vintage ante Halep en Flushing Meadows y sumar un título más a su historial.

Ni tan siquiera el binomio con Piatti pudo levantarla. Sharapova sufrió en silencio el inexorable paso del tiempo, buscando un último logro que diese el toque final a un palmarés de ensueño. Pero como ella misma admite, "no tengo la necesidad de ir por las pistas de todo el mundo para dejar claro que estos serán mis últimos momentos. No es como quería que mi carrera terminase".

Hacer un balance sobre la carrera de uno de los mayores iconos de la historia de este deporte en tan solo unas pocas líneas resulta una tarea para la que prácticamente nadie está capacitado. Al fin y al cabo, la sensación que deja la carrera de Sharapova es que 5 Grand Slams no terminan de estar a la altura de la importancia global que la rusa ha tenido para el tenis femenino. Aún sabiendo de su desigualdad en el duelo contra Serena, Maria era conocida por todo el mundo por su férrea mentalidad, su espíritu de lucha y un carisma prácticamente natural que atrajo los focos desde el inicio. Su capacidad de abstraerse de todo y poner la ética de trabajo al servicio de su tenis fue la que le hizo llegar donde está, siendo un prodigio desde el lado del revés (qué fluidez en ese golpe, por favor) y sofocando los problemas que tuvo con el drive en torno a la segunda parte de su carrera.

Hoy, día en el Maria Sharapova cuelga la raqueta, el tenis ha perdido un pedacito del corazón que lo completa. Se retira un icono generacional, conocida en cualquier rincón del planeta y la demostración de que no importa desde dónde vengas: con trabajo, sacrificios y esa pizca de suerte puedes llegar a donde quieras. Mucha suerte en tu próxima etapa, Masha.

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