Djokovic, camino a la eternidad

Novak Djokovic levanta su octavo título en Australia, recupera el número 1 y se sitúa a tres Grand Slams de Roger Federer en la clasificación histórica.

Novak Djokovic. Foto: Getty
Novak Djokovic. Foto: Getty

Novak Djokovic es campeón del Open de Australia 2020. El que ya es de nuevo número 1 del mundo se ha proclamado campeón en Melbourne en otro ejercicio de supervivencia, vigencia y poder en un circuito que desde hace muchos años le ve como la alternativa más firme a derrocar todo lo que se presume. El jugador serbio pasó muchísimos apuros en el segundo y tercer set ante Dominic Thiem pero acabó sacando la cabeza (6-4 4-6 2-6 6-3 6-4) y sumando una nueva muestra de su infinita capacidad para mantenerse de pie y desafiar la humana costumbre de perder cuando todo está perdido.

Dominic Thiem ha alcanzado un nivel de tenis del mismo valor que la comprometedora forma que su perfil como jugador le ocasiona por costumbre a Novak Djokovic. Esta mezcla está haciendo que cada cita entre ambos esté colmada de alternativas en el marcador y en el juego, y también de mucha oscilación mental en el seno de Novak Djokovic, un jugador que deberá aceptar que siempre que juegue ante el austriaco va a terminar sufriendo y penando para derrotar al jugador que con más fuerza e insistencia viene golpeando las murallas del terreno prohibido.

A su potencia y variedad se le une un extraordinario ratio entre riesgo, intensidad y consistencia para llevar la iniciativa durante 4 o 5 horas sin pagar demasiado peaje en errores no forzados. Y eso ya se ha vuelto la norma ante los mejores tenistas del circuito, en todas las superficies. Thiem está rozando el techo de su potencial inicial, está siendo todo lo mejor que como tenista puede ser, pero para llevar todo eso un paso más allá tiene que ganarle el último punto de un partido de cinco sets a Novak Djokovic.

La final que ha dado el octavo Open de Australia al que es de nuevo número 1 del mundo es la enésima prueba del lugar en la historia al que pertenece Novak Djokovic, que durante buena parte del partido, en concreto un tercio del mismo, se ve desde fuera como si su concentración desapareciera y sus plomos estuvieran pendientes de alguna ayuda para volver a funcionar. Abatido desde la primera reacción de Thiem tras ceder el primer set, el de Belgrado camina en los bajos fondos entre la frustración, el abandono y la supervivencia.

La final echa a andar con un Djokovic fino, dominante sobre el drive de Thiem. Cargando aquella zona del juego del austriaco, Novak abre vías de profundidad y castigo sobre la derecha en carrera de su rival, hasta el punto de ponerse 3-0 de arranque y poner sobre la mesa esa relación de poder y fuerza con la que domina mentalmente un circuito que parece arrodillado ante su influencia. Y aunque Thiem recupera el terreno perdido, el austriaco no está metido de lleno en el partido para interpretar con claridad cómo tiene que jugar a Novak y qué necesita para pasar a dominar, que es el verbo con el que Thiem se ha posicionado en el mundo del tenis.

Sin embargo, Thiem es un tipo de jugador, por lo comentado en el principio del segundo párrafo, que cuando reacciona puede pasar por encima de cualquier tenista. Su reacción no se basa en inquietar o castigar un golpe concreto. No. Su nivel es el del competidor más potente y dinámico del circuito a base de ampliar los riesgos y aumentar la potencia hasta tumbar la resistencia de cualquiera. No obstante, acontece un factor extra cuando Djokovic, tácticamente confundido, recibe dos warnings por violación del tiempo entre punto y punto con su saque. Hasta el punto de tener que sacar con segundo servicio.

Esta circunstancia, con posterior discusión y desconcentración con el juez de silla, influye, y de qué manera, en el lenguaje corporal y facial del número 1 del mundo. Thiem fuerza y presiona aún más y se pone dos sets a uno. Nole, que pide primero el fisio y después se va a vestuarios para hacer reset, vuelve respirando hondo. Comienza a andar antes que correr y a correr antes que a esprintar. Poquito a poco, reconoce una de esas situaciones que los que no han ganado nunca empiezan, por pura cuestión humana, a sentir. El porcentaje de primer saque del austriaco baja enteros y Djokovic va sumando consistencia, reduce sus errores y calma su mirada.

Y calmado, estable, centrado y creciendo, Djokovic, en esas instancias del partido, es mucho más inabordable. El partido se juega en la mente como factor que estrecha la confianza y la precisión de quien vive de buscar las líneas y abrir la pista a base de manotazos. Thiem se confunde y pierde un turno al servicio que va a resultar absolutamente fundamental. Djokovic vuelve a sobrevivir. Lo vuelve a hacer. Es el camino que le ha llevado a erigirse como un androide que parece conocer todos los entresijos de todos los fantasmas que aparecen, los del rival y los suyos propios.

Parece que Novak convive con esa naturalidad, ya eterna, donde, apagado, se para donde nadie se detiene, para hacer largo el formato de cinco sets, jugar al ajedrez en mitad de las llamas y pasar a dominar la escena. Thiem intenta mantener la compostura, y saca fogonazos de su clase, de su insistencia, de su hambre por ganar su primer grande. Pero Djokovic juega en su propia liga, y mientras eso no cambie, seguirá siendo muy complicado que quien camina hacia la eternidad de este deporte siga teniendo la determinación para dirigirse hacia allí. El Rey sigue más vigente que nunca.

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