Thiem quema, otra vez, la penúltima etapa

El austriaco pisa su primera final de Grand Slam sobre pista dura para citarse con Djokovic, después de derrotar en cuatro mangas a Alexander Zverev (3-6 6-4 7-6 7-6).

Dominic Thiem. Foto: Getty
Dominic Thiem. Foto: Getty

Dominic Thiem ha completado, nuevamente, el penúltimo paso, en su particular guerra por levantar su primer grande como tenista profesional. Lo ha hecho derrotando a Alexander Zverev en cuatro mangas, después de ceder el primer parcial y terminar remontando todo tipo de situaciones -tácticas, mentales y tenísticas-, para citarse con Novak Djokovic, dueño absoluto del Open de Australia, al que le domina 2-1 en el 'cara a cara' en Grand Slam.

Son muchas las variables que van a aparecer en una semifinal que en cierto modo es un implícito punto de inflexión en la carrera de ambos jugadores. Por eso, en buena parte, en la interpretación y manipulación de todos esos factores, el juego se desluce, también porque los estilos de juego no casan tan bien para imaginar un partido vibrante en lo tenístico, apreciándose que sobre todo es un partido psicológico. Es una lucha de dos jugadores consigo mismo y quien pueda gestionar todo lo que pasa en pista y va pasando en sus cabezas jugará más liberado en el grueso del partido pero, más importante, en los puntos importantes.

Desde ese segundo párrafo se explica el primer set y los dos tie breaks posteriores, abrochados por Dominic. Arranca el choque afectando táctica y emocionalmente al austriaco, que no encuentra ritmo de golpeo, posición en pista ni selección de tiro propias de un jugador que se ha hecho acreedor de la iniciativa también en pistas duras. Es Zverev el que va a poner los primeros metros de por medio a través de una lucidez con el primer servicio y una posición sobre la pista, alejada de la línea de fondo, sobre la que apoyar su defensa y la tensión con la que quiere jugar la pelota.

Es ese primer set el que penaliza la lentitud con la que Dominic interpreta las condiciones atmosféricas -juego muy pesado-, las particularidades tenísticas de su rival o el botín que está en juego. Y en esa ecuación, al austriaco le cuesta esa primera manga encontrar la fluidez y la naturalidad para poner a correr al germano y encontrar espacios por los que profundizar. Del otro lado, Sascha se nota más calmado, observa que su templado ritmo y su posición en pista confunden a su rival y que su primer servicio, un arsenal de bombas, va a acompañarle sin descanso, rozando por momentos el 90% de primeros saques transcurrido mas de medio partido, llega para marcar diferencias.

Con el primer set perdido, Thiem cambia la dinámica de los intercambios. Una vez descifra donde puede estar la pelota que le permita dar un paso y atacarla, comienza a cortar la pelota continuamente. En parte por la falta de confianza que la presión del escenario, y por la necesidad y lectura táctica con la que cambiarle el paso a su oponente, Thiem multiplica sus reveses cortados, hace flexionar a Zverev y entra después con sus golpes más determinantes para despejar su mente y activar su asombrosa derecha invertida. En ese juego de sombras tácticas, su mente entra en el partido.

En paralelo, a Zverev le falta colmillo cuando tiene lo más preciado. Con un set de ventaja, al de Hamburgo le pasa factura no anticiparse y morder a un Thiem dubitativo, y peca de conservador durante dos parciales. Se apoya continuamente en su inconmensurable servicio, pero la tendencia y cadencia del partido le va acercando a un lugar en que sale perdiendo. Cuando el fuego es cruzado y los ángulos se abren, la potencia se aumenta y las piernas y la intensidad de su rival comparecen sobre la Rod Laver Arena, ahí tiene poco que ganar.

Es así como se diferencia la estadística entre puntos de 0-4 y puntos de +5 golpes, donde el austriaco domina con claridad el primer tramo, mientras sale perdedor en el segundo. Con el marcador igualado, y las mentes más despejadas, Thiem hace alarde de competitividad y luce frescura mental para imponerse en las dos muertes súbitas, una parte del juego donde Thiem ya discurre con el hambre del que viene haciendo gala, llamando a la puerta con el ánimo de derribarla. A sus 26 años, su juego está más que preparado para tumbar a los más grandes a base de pura potencia y descomunal velocidad.

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