Nadal, a poner fin a su pequeña "maldición" en Australia

El tenista español buscará en el Open de Australia convertirse en el único tenista en ganar todos los Grand Slams en más de una ocasión.

Rafael Nadal en Australia. Foto: Getty Images
Rafael Nadal en Australia. Foto: Getty Images

¡Dios, esto me está matando! Aquellas cinco palabras dieron paso a una de las estampas más emotivas de la historia del tenis. Fue Roger Federer, entre lágrimas, tras perder la final del Open Australia 2009 ante Rafael Nadal, quien las pronunció. Abatido por ver cómo se esfumaba una nueva oportunidad de igualar a Pete Sampras como el hombre con más Grand Slams de la historia, encontró el consuelo en su rival, aquel que le había privado de Wimbledon el año anterior y el principal responsable de que hoy en día el suizo no disponga de más reconocimientos deportivos. Ambos se fundieron en un fraternal abrazo con mucho significado. Huelga decir que fue un gesto honorable por parte del español, pero también una forma de lanzar un mensaje: ya puedo competir y ganar Grand Slams en pista dura.

Está claro que lo ha cumplido. Desde entonces, Nadal cuenta con el título de Australia más cuatro en el US Open. Sin embargo, algo más sucedió aquella noche en la Rod Laver Arena porque desde entonces el mallorquín no ha vuelto a grabar su nombre como vencedor en el primer Grand Slam de la temporada. Es como si le hubiesen condenado a no ganar, una especie de impuesto por derrotar al más grande y poner freno a su hegemonía en el circuito.

Aquella calurosa noche Nadal logró ser el primer español en ganar en las Antípodas, igualar a ilustres como Stefan Edberg y Boris Becker con seis ‘grandes’ y consolidar su puesto al frente de la clasificación ATP. Todo un botín, que contrajo su castigo. Han pasado once años desde entonces y por allí ha pasado un Nadal con mejor tenis, más títulos y mejor puesta a punto en pistas rápidas, pero parece no ser suficiente para saborear las mieles de la victoria australiana. Tras ganar en 2009, el español encadenó dos cuartos de final seguidos y tuvo que presenciar como Novak Djokovic llamaba con fuerza al Olimpo del tenis, regentado entre otros por Nadal y Federer. El serbio pronto se convirtió en la referencia del Open de Australia hasta alcanzar la friolera actual de siete entorchados, más que nadie. En una batalla abierta entre el entonces recién bautizado Big 3, Nadal y Djokovic se cruzaron en la final de 2012.

Una contienda extenuante con algunas similitudes con la de 2009. Se enfrentaban las dos mejores raquetas del momento y el español volvía a tener ante sí a un rival enrrachado, en una dinámica espectacular y prácticamente imbatible. Durante 5 horas y 53 minutos, la final de Grand Slam más larga de la historia, deslumbraron al mundo del deporte y volvieron a elevar el estatus del tenis. Tal fue el desgaste y el derroche de energía que dejaron una anécdota curiosa: tuvieron que pedir que les trajeran sillas para sentarse durante la entrega de trofeos, no podían mantenerse en pie. Ganó Djokovic, a pesar de que Nadal tuvo un break a favor en el último set. Fue la primera de las cuatro finales perdidas en el Open de Australia. Quizás la más dolorosa por el lugar, el momento y el rival.

No obstante, al estilo Nostradamus, Nadal previó que volvería a la Rod Laver Arena a disputar una final. Y lo hizo. Fue en el año 2014. Venía en una dinámica ascendente, atribuyéndose el octavo Roland Garros y el segundo US Open además de una retahíla de títulos ATP y el número uno del mundo. Y es a veces una gran confianza supone un añadido para cualquier deportista. El mallorquín fue apeando a jugadores con si nada, desplegando un tenis sólido, directo y sin fisuras. Tras vencer a Federer en las semifinales, el camino pareció despejarse para lograr su segunda corona en Australia. ¿El rival? Stan Wawrinka, el suizo que en ese momento era número ocho del mundo, fue la revelación del torneo tras deshacerse en un partido épico de Novak Djokovic. A pesar de ello, el head to head favorecía claramente al español, que siempre le había superado, hasta aquella final. Ese último duelo niveló la balanza muy rápido del lado del helvético a causa de una inoportuna incidencia en la espalda de Nadal. Se le bloqueó la región lumbar, lo que lastró sus desplazamientos en pista. Con ello, consiguió anotarse un set, pero el final ya estaba escrito.

El Open de Australia sufrió también las consecuencias de aquellos años 2015 y 2016 en los que Nadal afirmó sentir ansiedad en las pistas de tenis. Aunque dejó momentos épicos aun así como la segunda ronda frente al estadounidense Tim Smyczek, al que ganó tras cinco sets en cuatro horas y 12 minutos. Un encuentro marcado por los dolores estomacales del español y la demostración de una fuerza sobrehumana para superar tal adversidad.

2017, el año de las reapariciones, cobró el significado de su definición precisamente en Australia. En aquella edición reaparecieron los dos tenistas más grandes de la historia y, con ellos, una capitulo más de una rivalidad histórica, que se daba por olvidada y casi extinguida por el momento de sus respectivas carreras. Nadal y Federer volvieron a enfrentarse dos años después, en su lugar predilecto, desde el que han hecho historia, en la final. Con dos versiones de juego actualizadas, el mundo del deporte se frotaba las manos para una nueva página dorada. Y no se vieron decepcionados. Como siempre, un toma y daca, sin dominio permanente de ninguno. El partido fue cambiando de bando como la pelota pasaba de una raqueta a otra. Nadal replicó cualquier tentativa de Federer de poner fin al duelo por la vía rápida y forzó el quinto set. Reminiscencia, ¿verdad? Federer al ataque, por delante, y Nadal a la contra, remontando. Pero esta vez no culminó del todo la remontada el español. Con 3-1 arriba en el quinto, Federer se puso el mono de trabajo y llevó su 18º Grand Slam. Igual que había pasado en la final de 2012 ante Djokovic.

Ni con el mayor de los esfuerzos y el mejor juego, Australia le devuelve todo el espectáculo y ambición mostrada por el español. Cosas del tenis. Es, junto con Wimbledon, el Grand Slam menos propicio para el mallorquín. Ostenta un porcentaje de victorias del 82%: 61-13. Es el major donde acumula más derrotas y de sus ocho finales perdidas en Grand Slam, cuatro han sido sobre territorio australiano. Se mantiene por encima de Wimbledon en números (81%) y no se que muy lejos del 85% del US Open. La diferencia radica en que estos últimos cuenta con dos y cuatro títulos, respectivamente.

Nadal jugó otra final, el año pasado frente a Novak Djokovic. En esa ocasión el serbio fue muy superior y no doy opciones. De manera que el 19 veces ganador de Grand Slam está de nuevo ante la oportunidad de hacer historia. Si vence una vez más en su territorio maldito, se convertirá en el único jugador de la Era Open en vencer al menos en dos ocasiones en cada major. Mismo escenario tienen ante sí Djokovic y Federer, que de hacer eso en Roland Garros también lograrían tal hito. Sin embargo, cronológicamente será el español quien disponga un año más de esa oportunidad y del privilegio de ser el primero en la historia. Rafa Nadal buscará, por tanto, igualar a Federer con 20 Grand Slam a partir del próximo 21 de enero frente al boliviano Hugo Dellien, número 72 del ranking ATP, contra el que nunca se ha enfrentado en el circuito profesional.

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