Alejandro Davidovich, una temporada tan meritoria como ilusionante

Analizamos en profundidad la notable progresión que ha tenido el español en un año que puede ser punto de inflexión en su carrera profesional.

Alejandro Davidovich, análisis de su temporada 2019. Foto: gettyimages
Alejandro Davidovich, análisis de su temporada 2019. Foto: gettyimages

El talento no basta por sí solo para triunfar, pero allana mucho el camino y salta a la vista en cuanto se ve a alguien que lo posee de manera especial. Alejandro Davidovich rebosa esta cualidad por todos sus poros y la forma en que pueda desarrollarlo marcará su camino en el tenis profesional. A sus 20 años y con el aval, aunque también la presión, que supone haber sido campeón de Wimbledon Junior 2017, este malagueño ha dado un enorme salto cualitativo en 2019. No solo se ha destapado como un tenista con un potencial inabarcable, sino también como un tipo carismático capaz de emocionar en la pista con su actitud aguerrida, un orden en su propio caos y golpes que le hacen especial en un mundo donde prima lo monocorde.

Diamante en bruto pulido por Jorge Aguirre con habilidad de alquimista y una inteligencia emocional determinante para moldear un carácter como el suyo, Alejandro ha conseguido terminar el año en el top-100, cumpliendo así su objetivo prioritario. En el camino ha experimentado la fina línea que separa el éxito del fracaso y cómo se puede pasar en unos pocos días de la gloria al desasosiego. Todo aquel que ve jugar a este chico se percata de su tremendo potencial y eso es un arma de doble filo. La seguridad en sí mismo que transmite en pista puede llevarle a una autoexigencia excesiva y a una espiral de emociones que afecte a su juego. Ocurrió eso en varios tramos de temporada, pero también se ha apreciado una clara progresión en este sentido así como en la elección de los golpes precisos en los momentos adecuados. Davidovich posee tal amalgama de tiros que su cabeza puede ir a otra velocidad que la real, algo que si se trabaja con paciencia y racionalidad puede ser su mejor arma de cara al futuro.

Pero no, no hablemos de futuro solo, Alejandro ya es presente. Consiguó inaugurar su palmarés en el ATP Challenger Tour con el título en la Copa Sevilla y posteriormente en Lizhou, después de dos finales perdidas (Bangkok y Génova), disputó el primer cuadro final de un Grand Slam en Roland Garros a pesar de perder en la última ronda de fase previa, asombró en su primera comparecencia en el cuadro final de un torneo ATP, firmando unas semifinales en Estoril que le dieron a conocer al gran público, tuvo la oportunidad de jugar las NextGen Finals 2019 y terminó el año por todo lo alto encontrando esa ansiada regularidad que le permitiera consolidarse en el top-100 y asegurar una plaza en el cuadro final del Open de Australia 2020. Si a inicios de temporada su staff técnico y él diseñaron un plan ambiocioso pero alcanzable, es probable que estuvieran reflejados todos estos aspectos, por lo que su temporada solo puede ser calificada de sobresaliente.

Evolucionar no solo implica cumplir metas, sino también sufrir para conseguirlas y pasar por malos momentos. Davidovich se vio en una nube después de su escaramuza triunfal en Estoril, donde ganó cinco partidos consecutivos a Bjorn Fratangelo, Dan Evans, Taylor Fritz, Jeremy Chardy y Gael Monfils, antes de ser batido por un Pablo Cuevas que sufrió mucho para sacarle de su zona de confort y que se vio ayudado por molestias físicas de Alejandro. Todos los que llevamos tiempo involucrados en este mundo interpretamos esta semana como un claro aviso a navegantes, una señal inequívoca de que Davidovich tarde o temprano alcanzará ese nivel de manera regular, pero su juventud y momento tenístico aún están lejos de poder consolidarse en ese estatus. Seguro que su equipo le avisó de ello, pero la decepción al ver cómo esa comúnmente llamada resaca del éxito frenaba su evolución y le impedía cumplir expectativas en las giras estivales sobre hierba y pista dura se hizo notar.

No obstante, su mejor versión volvió a relucir en el último cuarto de una temporada en la que ha dejado huella. Davidovich se divierte jugando a tenis, aporta a este deporte un desparpajo que supone aire fresco en un mundo donde los estilos se homogeneizan para desgracia de los aficionados y sus altibajos emocionales le hacen conectar con el gran público. Tiene margen de mejora en la gestión de esas emociones, oscilando con demasiada rapidez y facilidad entre la euforia y la desesperación, entre la seguridad plena en sí mismo y el enojo. El aficionado medio pone su vista en un relevo generacional en el tenis español que se lleva años minusvalorando y la figura de Davidovich supone una esperanza para muchos. Tuve la oportunidad de ver a Alejandro en directo en el Mutua Madrid Open 2019, en un Estadio 3 repleto de aficionados deseosos de ver a esa joven promesa nacional. Perdió el partido por un margen estrecho ante Richard Gasquet, pero se respiraba un optimismo total entre todos los presentes. Incluso para el ojo poco avezado, resultaba evidente el tenis preciosista, efectivo y con margen de crecimiento de Davidovich.

Olvidémonos de percibir al malagueño como un "nuevo Nadal", esa calificación hecha con ligereza y carente de reflexión que tanto puede pesar a cualquier joven promesa. Tengamos en cuenta que con 20 años se está en proceso de formación y que un jugador como Alejandro tiene un amplio margen de mejora en lo táctico y lo mental. No sería descabellado que sufriera el rigor y la dureza de los torneos ATP y que no ganara partidos con facilidad en los compases iniciales; nada de ello ha de preocupar, sino convertirse en un acicate para seguir trabajando. Pero tampoco es descartable una eclosión temprana del pupilo de Jorge Aguirre, que ya sabe lo que es ganar a jugadores destacados. Pero, ¿qué se puede esperar de él en 2020?

Pase lo que pase, la confianza en Alejandro Davidovich debe ser plena ya que ostenta esos intangibles que criban a los jugadores normales de los que poseen algo especial. Disfrutemos de su proceso de maduración sin ponerle demasiado presión. Para ello ya están su entorno y él mismo, que saben hasta dónde pueden apretar las tuercas para continuar dando saltos cualitativos y poniendo coto al lugar que podría ser su hábitat natural en los próximos años: la élite del tenis mundial.

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