Daniil Medvedev, radiografía de una máquina perfecta

Desgranamos todos los detalles que subyacen a la eclosión de un tenista que apunta ya a lo más alto y transmite sensaciones únicas.

Daniil Medvedev, opinión sobre su progresión. Foto: gettyimages
Daniil Medvedev, opinión sobre su progresión. Foto: gettyimages

Escapa a toda lógica. Eso es lo primero que se me pasa por la cabeza decir cada vez que alguien me pide opinión acerca de Daniil Medvedev. Debo tomarme unos segundos para intentar transmitir a mi interlocutor algo que ni yo mismo entiendo. Y no es porque no considerara al ruso un jugador con un tremendo potencial, ni muchísimo menos, sino porque me resulta inconcebible no observar ni un ápice de relajación, conformismo o fatiga en él después de tantos éxitos acumulados en poco tiempo.

Lo que más impresiona de Daniil no son sus numerosísimas victorias sino la manera en que las consigue. Es curioso comprobar cómo hace meses muchos le tildaban de robot con un tono algo despectivo, una especie de rechazo a la novedad que no les transmitía sensaciones, pero cuando la frialdad y consistencia se llevan a extremos jamás vistos como los que él está consiguiendo, ese tono cambia por completo y deja paso al más profundo estupor y admiración. Quizá no sea el más estético en su tenis ni el que ostenta unas virtudes más evidentes para el ojo poco avezado, pero su poderío mental y una variedad impresionante de registros tácticos han forjado su eclosión.

Recuerdo ver jugar a Daniil por primera vez en el torneo de Chennai 2017. Acababa de ingresar en el top-100 y llegó a la final, donde fue derrotado por Roberto Bautista. Lo que inmediatamente me llamó la atención es que era imposible clasificar al ruso en un estilo claro de jugador. Aunaba muchas virtudes, tenía unos golpes muy poco ortodoxos y jugaba como si la cosa no fuera con él, pero actualmente es un jugador radicalmente distinto. Su carácter volátil le jugó muy malas pasadas cuando era más joven, con episodios desafortunados que hacían ver que detrás de esa aparente calma había una tormenta de emociones interna que de vez en cuando se desbordaba como si del agua de una presa hidráulica rota se tratara.

Poco a poco fue progresando, su derecha se hizo mucho más estable y desequilibrante, mientras que ha adquirido la habilidad innata para desconcertar a sus rivales con su capacidad para mezclar estilos y ser ordenado en su propio caos. Ha ido progresando al amparo de Gilles Cervara, un entrenador que ha sido capaz de atemperar ese carácter y ofrecer una amplia amalgama táctica y técnica a un jugador especial.

El objetivo de este artículo no es hablar de resultados, de récords, de estadísticas. Todo eso está ya dicho y no expresa lo más importante que trasluce de este febril fenómeno en que se ha convertido la eclosión de Medvedev: su personalidad en la pista y fuera de ella. Una vez alcanzado un nivel de juego notable, el diferencial en Daniil radica en su actitud y capacidad para mantener el máximo nivel durante mucho más tiempo que cualquier otro.Todo aquel que haya jugado a tenis a cierto nivel considerará algo sobrenatural que sea capaz de encadenar tantas semanas consecutivas rindiendo al más alto nivel, y mucho más en un joven que acaba de despuntar. La fatiga física y mental que acuden irremediablemente suelen hacer mella, y mucho más en jugadores que han explorado sus límites y en los que puede aparecer un cierto conformismo. Además, ha hecho frente a jugadores de todo tipo y en contextos muy diferentes, encontrando soluciones diversas y certeras para derrotar a cada uno de ellos.

Medvedev experimentó una revelación, una especie de experiencia mística en aquellas semifinales de Cincinnati donde ganó a Novak Djokovic. Salió a pista exhausto, con pocas esperanzas y confianza en sus posibilidades. En un momento dado se percató de que con el piloto automático era capaz de plantar cara al serbio y se dedicó a jugar una partida de póker. Su expresión tornó indescifrable, dejó de mirar a su banquillo y afrontó cada punto como si no fuera con él, jugándose segundos saques a más de 200 km/h, recluyéndose en fondo de pista para, en el siguiente punto, jugarse la primera bola al todo o nada. "He decidido no mostrar emociones en la pista y no celebrar los triunfos. Me parece divertido", decía hace unas semanas con asombrosa sinceridad.

No es un robot, no es un autómata ni un hombre de hielo. Es un hombre de una clarividencia intelectual pocas veces vista en el deporte, capaz de modificar un esquema preconcebido para probar otras cosas y volver luego al punto de partida; la manera de jugar del ruso no se encasilla en un planteamiento táctico estanco ni se explica por la improvisación, sino que es capaz de aunar ambas cosas para desorientar totalmente a rivales y aficionados. Yo sigo preguntándome: ¿Cómo juega Daniil Medvedev, cuáles son sus virtudes y defectos? No encuentro respuesta más allá de una aseveración tan poco común como poderosa: Daniil es capaz de encontrar la versión que considera más letal frente a cada rival. Así lo confirmaba en palabras recogidas hace unas semanas. "Mi máximo objetivo en pista es hacer aquello que más puede molestar tenísticamente a mi rival"

Lo que es un hecho irrefutable es que hay momentos en los que parece imposible ganarle un punto. Tiene respuestas para todo y es capaz de proponer cosas en la pista aparentemente inasumibles para un tenista de sus características físicas. El Big3 ha ostentado un gran diferencial en su ambición inagotable, en la capacidad de competir al máximo nivel durante muchas semanas consecutivas, en encontrar soluciones cuando muchas cosas no funcionaban y saber sufrir ante todo tipo de rivales. Esas virtudes no han sido vistas en ninguna de las múltiples alternativas que han ido surgiendo desde hace años. Ha habido propuestas de tenistas muy estéticos, con mucho carácter, polivalentes o con golpes potentes, pero nadie ha podido ni siquiera asomarse a esos intangibles que criban a los grandes de las leyendas. Daniil Medvedev los tiene y ya lo ha demostrado.

Eso sí, no pensemos que es imbatible. La dinámica actual nos hace considerarle favorito a todo, pero la sobrecarga de partidos que acumula hace que todo aquello que parece no existir, pueda precipitarse sin remisión cuando llegue el primer varapalo. Queda claro que Medvedev es capaz de gestionar el éxito y crecer sobremanera en torno a él, pero ¿cómo manejará el fracaso ahora que ya es percibido como favorito a todo? La clave será en su percepción del fracaso; si considera que perder un partido ante un rival asumible o no ganar los próximos torneos lo es, todo podría desmoronarse como un castillo de naipes. Si su madurez se expande a ese campo y es capaz de relativizar las posibles derrotas que puedan llegar próximamente, puede no tener límites. Las cuestiones que atraviesan la mente de los aficionados son claras. ¿Será Medvedev quien destrone al Big3? ¿Habrá realmente relevo generacional y las leyendas del Big3 se verán desplazadas de la élite por un jugador y no solo por el paso del tiempo?

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