Las lágrimas de Rafa Nadal

Es en ese momento cuando Rafa suelta toda la presión que venía soportando sobre sus hombros. Hace cuatro meses pensó en parar pero nunca se rindió.

Las lágrimas de Rafa Nadal. Foto: Getty
Las lágrimas de Rafa Nadal. Foto: Getty

Finales de mayo de 2019, Roma. Rafa Nadal llegó a ese torneo sin haber ganado ni un solo título hasta entonces, algo que nunca le había sucedido antes en su carrera. Quizá de esto ya apenas nadie se acuerde, pero se habló mucho sobre el mal momento del balear, que reconoció abiertamente que tras Barcelona, pensó seriamente parar un tiempo. Hoy, cuatro meses después y sosteniendo su 19º título de Grand Slam, Rafa nos demuestra una vez más que nunca hay que bajar los brazos en la vida porque todo puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos.

"Estás preparado mentalmente cuando saltas a la pista y no te quejas cuando juegas mal o tienes problemas y dolores. Pones buena cara y no te centras en los problemas", reconocía Rafa aquél día en Roma. Su actitud, su carácter, es el mejor ejemplo que la sociedad puede tener y no hay mejor lección que los niños (y no tan niños) pueden aprender de él. Nunca, nunca, nunca, nunca hay que rendirse porque todo se puede volver de cara. Por muy mal que vengan dadas, hay que seguir luchando y ese esfuerzo se verá recompensado un día.

Hoy, Rafa ríe. El mallorquín se fue al vestuario anoche tras ganar la final del US Open. Lo hizo sin camiseta, con el pelo revuelto y bañado en sudor. Regresó apenas dos minutos después, peinado, vestido y con algo que brillaba en su cara: su sonrisa. Levanta el puño hacia su box y se muerde el labio. Por un momento, se sienta en su banquillo y observa la sorpresa que la organización del US Open le tenía preparada, un vídeo homenaje por sus 19 grandes. Y es ahí cuando Nadal rompe a llorar.

Solo él sabe lo que tiene sobre sus hombros. Ese peso, esa presión, se libera en ese momento. Rafa mira hacia atrás, viéndose a sí mismo mucho más joven levantar 1, 2, 3, 4... y así hasta 19 grandes. Observa el camino recorrido, todos los sacrificios que ha tenido que hacer, todas las mañanas que tuvo que madrugar para ir a entrenar, hiciera frío o calor, lloviera o hiciera viento, le doliera algo de su cuerpo o no, en esas semanas lejos de su familia, cuidando su cuerpo y su mente para que llegara ese día. Y llora. Sí, llora. Porque ése es el éxito de Nadal. Porque a pesar de haber ganado todo lo que ha ganado a sus 33 años, se sigue emocionando al conseguir un nuevo Grand Slam. Esas lágrimas hablan del amor que le tiene a este deporte. Con esa ilusión, uno puede hacer lo que quiera en la vida.

Recibe el título, posa para las cámaras, se hace fotos, habla para la prensa durante dos horas, se ducha y sale a celebrarlo con los suyos en Nueva York y para cuando llega a su Hotel y se tira en la cama, miraría al techo, totalmente destruido, pensando en todo aquello que oía cuando tenía 22, 23 o 24 años, cuando decían que tendría una carrera muy corta por su forma de jugar o que era solo un jugador de tierra batida. Ahí estaba él, en pleno 2019, consiguiendo su 19º Grand Slam, con 33 años, siendo el mejor tenista del año e igualando con cuatro US Open a un tal John McEnroe y a solo uno de Sampras y Federer. Nadal mal para un tenista que no es nadie fuera de la tierra, ¿no creen?

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