El ruido y la furia

Uno de nuestros colaboradores narra su experiencia en Flushing Meadows y el ruido que se siente al estar en la pista más grande del mundo

Ruido atronador en Estadio Arthur Ashe. Foto: gettyimages
Ruido atronador en Estadio Arthur Ashe. Foto: gettyimages

La única vez que he estado en el USTA Billie Jean King Tennis Center lo pude sentir. Me refiero al ruido. Uno tiene la impresión de que se va alejando en el metro descubierto del zumbido constante de Manhattan y, cuando llega al parque, por donde antes se tenía que pasar (antes de que fuera un parque) para llegar a la casa del Gran Gatsby, lo sigue sintiendo. Ese zumbido de Flushing Meadows es humano, o al menos natural. No mecánico, ni eléctrico, ni debido a la combustión. Bueno, quizá sí a otra clase de combustión. La combustión interna y los humos de los neoyorquinos que, además, funcionando a toda potencia en el embudo de la pista Arthur Ashe, a veces hacen el efecto de una batidora: el mismo ruido impertinente y triturador.

Recuerdo a un adolescente André Agassi con sus pantalones vaqueros y su pelo teñido dando vueltas en el torbellino del Open en cuartos de final, con Jimmy Connors apretando con su mala idea habitual el botón de la máquina. Jimmy se aliaba con ese ruido, interactuando con el público, mientras el joven Andre esperaba pacientemente con cara de niño asustado a que el viejo Jimmy se decidiera a sacar. No le sirvió de nada a Connors ser el dueño de la batidora. Tampoco le sirvió de nada el otro día la queja de Rafael Nadal al árbitro por el warning recibido en el partido de primera ronda ante John Millman por demorarse en el servicio. Nadal esperaba a que cediese el ruido, pero el ruido en Nueva York nunca cede. El ruido en Nueva York nunca cesa.

Hay que sacar y jugar y descansar siempre bajo el ruido de Flushing Meadows como quizá haya que sacar y jugar y descansar siempre bajo el silencio de Wimbledon. Jimmy Connors le decía esto con ironía a un espectador que gritaba todo el tiempo sin respetar ni siquiera el momento del servicio aquella tarde de 1988: “Deberías ir a Wimbledon, te has equivocado de sitio”. Treinta años después todo sigue igual, por suerte. La absurda corrección moderna aún no ha alcanzado a la connatural esencia “maleducada” del US Open. Ojalá por muchos años más. La música casi impropia, escandalosa, en los intermedios. Y los aviones que siguen pasando por el ahora techo retráctil de la Arthur Ashe como Maverick, el de Top Gun, hacía pasadas intempestivas con su caza por las torres de control.

Partidos en medio del bullicio y de la locura. Y también de la furia. La furia balcánica de Djokovic, por ejemplo, que no consiente la impertinencia de un público que se cree a salvo de todo. Menos mal, también. A veces ese público demasiado protagonista, como un niño malcriado, recibe una lección sin que le importe nada. Y se agradece como se agradece que no acabe nunca ese ruido, y que tampoco desaparezca la furia. El ruido y la furia, como la novela de Faulkner. El estadounidense lo comprende todo. Como Connors, como Agassi. No tanto el extranjero que en ocasiones se indigna, lejos de casa, por ese ambiente extraño de salón.

Lo de Daniil Medvedev de la pasada noche fue fantástico. Un colofón a la altura del torneo más luminoso y espectacular. El ruso "malvado" interactuando con el público igual que el viejo Jimmy, pero en su contra. Un hombre espoleado por los abucheos. El ruido que le hizo ganar a Medvedev para decepción de un sólido y pujante Feliciano. El joven Daniil con su flequillo de colegial agradeciendo el empuje de los silbidos elevando los brazos al cielo: la horma del zapato del público de Nueva York.

Algo así es difícil de ver en otro lugar. Igual que las humildes palabras el año pasado de la campeona Naomi Osaka, aplastando calladamente a esa muchedumbre enfervorizada, tan poco Serena. Esa muchedumbre alegre y divertida en general, porque acudir al US Open es como ir a un parque de atracciones. Uno ha de subirse a cada una de esas atracciones y disfrutar de un espectáculo único donde se sabe de la existencia de ese ruido (The filth [la inmundicia, para algunos] and the fury, escribieron los ingleses sobre los Sex Pistols inspirándose en el título de Faulkner), al que en cualquier momento le puede responder la furia.

LA APUESTA del día

Comentarios recientes