Los Challengers, la mejor opción para una vuelta óptima

Los grandes jugadores empiezan a adentrarse en este circuito para volver... con éxito. Repasamos una tendencia que Murray continúa

Kei Nishikori saluda a una grada repleta durante el Challenger de Dallas. Fuente: Getty
Kei Nishikori saluda a una grada repleta durante el Challenger de Dallas. Fuente: Getty

Para muchos, el ATP Challenger Tour es una categoría escondida dentro del ecosistema tenístico mundial. Una especie de Segunda División, para tenistas de menor categoría que se ven despreciados a jugarla, en torneos de "poca monta" escondidos en lugares inhóspitos. Nadie quiere ir a jugar este circuito. Ese ha sido el pensamiento de un gran sector del mundo del tenis durante los últimos años, pero el deporte evoluciona y por fin se empiezan a ver a los Challengers como lo que son: la rampa de lanzamiento para cualquier tenista, una categoría intermedia donde el nivel está más que asegurado.

Y este cambio en la apreciación del circuito se ha dado, en cierto modo, por la presencia de tenistas de quilates que han decidido "bajar al barro", exponiendo mediáticamente a los Challengers y haciendo ver a la gente que pueden encontrarse grandes partidos. El último de ellos es Andy Murray, pero en 2019 el circuito Challenger ya ha dejado bastantes perlas: la semana gloriosa de Dustin Brown en el torneo disputado en la Academia de Patrick Mouratoglou, en base a un tenis de fantasía a lo largo de varios partidos en los que fulminó a mejores raquetas que la suya (por ranking); la entrada de lleno al circuito de Carlos Alcaraz, que con 16 años es el jugador más joven en activo en cosechar una victoria en esta categoría o la irrupción de Jannik Sinner, a quien todos catalogan como el futuro del tenis, que se coronó en Bérgamo y Lexington.

Incluso en nuestro país, la Copa Sevilla vio cimentar su peso en el circuito a Felix-Auger Aliassime en 2017, coronándolo por segunda vez en el circuito, además de, años atrás, dar su primer punto ATP a Rafael Nadal; por no hablar de la ilustre lista de ganadores de El Espinar, que ha visto como su ganador en 2018, Ugo Humbert, asaltó pocos meses después el top-60... ejemplos hay de sobra. Es por ello por lo que, en cierto modo, es una lástima que el reconocimiento a este tipo de torneos solo llegue cuando tenistas de mayor estatus pasan por esas pistas no tan grandes, por esos clubs entrañables y lugares que nadie conocería de no ser por ellos.

Dicho esto: sí, pasar por el circuito Challenger funciona. Es una forma de foguearse en la que, tras estar bastante tiempo parado, calibras tu nivel ante jugadores que tienen el mismo ritmo de bola que tú, que son sólidos y que saben jugar a este deporte sobradamente. ¿Dónde está la diferencia? Carecen de la experiencia mental y la jerarquía de otros que han sido top-20 o incluso top-5. La diferencia es puramente mental, es la última barrera que separa a los sospechosos habituales del circuito a ser caras conocidas en la ATP. Gustavo Kuerten fue el último número 1 en pistar esta categoría, pero desde entonces, los grandes tenistas bajan a los Challengers con cada vez más asiduidad. No lo hacen para mantenerse competitivos entre torneos como Indian Wells o Miami (ahí está el ejemplo del antiguo torneo de Irving, lleno de tenistas top por su situación en el tiempo), sino para dar el 100% como baremo real de su tenis. Estos son los ejemplos más destacados:

Kei Nishikori: el japonés no jugaba desde el Masters 1000 de Montreal en 2017 y había decidido no participar en el Open de Australia del próximo año. Para alguien que había sido tan consistente en sus apariciones por el circuito, era la primera ocasión en la que una lesión lo mantenía tanto tiempo fuera de las canchas. Kei pasó de estar dentro del top-10 al puesto #24 del mundo, un lugar que, aún así, le garantizaba jugar sobradamente los torneos ATP. ¿Su itinerario de vuelta? Disputar dos Challengers en Estados Unidos, una vez pasado el Open de Australia, en los que poder ver en qué punto estaba su tenis. La fórmula funcionó: perdió su primer duelo de vuelta, en Newport Beach, ante Dennis Novikov (entonces #238 del mundo) y tomó esa oportunidad como una forma de corregir fallos e ir tomándole el pulso al circuito. ¿El resultado? La semana después, campeón en el Challenger de Dallas y vuelta permanente a un circuito ATP donde meses más tarde alcanzaría la final en Monte-Carlo, acabando el año ubicado en el top-10, exactamente el lugar donde se estaba antes de la lesión. No participar en el primer Grand Slam del año y, en su lugar, jugar dos torneos de menor categoría le dieron el tiempo suficiente a Kei para poner toda la maquinaria a punto; es el mejor espejo para Andy.

Hyeon Chung: también desde Asia nos llega otro de esos jugadores que ha utilizado el circuito Challenger como salvoconducto tras una grave lesión. Molestias en la espalda alejaron al surcoreano de la máxima competición, obligándole a bajarse en Miami y Barcelona, y su vuelta al circuito se dio en su país... y de forma triunfante: campeón en el Challenger de Chengdu pero sudando la gota gorda en su camino (dos veces se vio obligado a cerrar el duelo en el set decisivo). Tras haber jugado dos Challengers más (en uno se retiró para preservar su estadio físico), Hyeon está dando pasos de gigante en la qualy del Us Open, a un duelo de volver a jugar un partido en ATP tras 6 meses fuera de la élite. Si las lesiones lo respetan, el tenis de Hyeon ha vuelto para quedarse... gracias, en cierto modo, a esos Challengers jugados.

Pablo Cuevas: el caso del uruguayo es distinto a los dos anteriores, pues como él declaró recientemente, tocó fondo en un pozo del que ni tan siquiera los Challengers pudieron sacarlo. Eso fue en 2018, el peor año de su carrera, pero la mejor raqueta de su país ha vuelto al circuito ATP en 2019... gracias, cómo no, a la confianza adquirida en el circuito Challenger. No hubo lesión grave de por medio, pero sí un envión de confianza importante en dos lugares que quizás no todo el mundo conozca: Túnez y Aix-En-Provence. El primero tiene especial relevancia: Pablo visitó el país africano fuera del top-80, con dificultades a acceder a los torneos ATP y con la imperante necesidad de cosechar victorias. Allí consiguió el título, superando a tenistas de la talla de Viktor Troicki, y tradujo su nuevo estado de forma en una final en el circuito ATP tan solo dos semanas después, la disputada en Estoril, donde maravilló con golpes mágicos. Antes de Roland Garros, repitió amuleto y se llevó a casa su segundo Challenger en Francia, en una semana muy exigente, con tres partidos a tres sets y remontada en el tercer set incluida en la final ante Quentin Halys. Ahora, el residente en Salto está al borde del top-50 tras superar la época más oscura de su carrera.

Son solo tres ejemplos de lo que el destino puede traer en el circuito Challenger a Andy: partidos duros, de gran dificultad, pero la posibilidad de apretar el puño en los momentos importantes y de recobrar la confianza en cuerpo y raqueta. Mallorca será su primera parada y su vuelta a un Circuito que, pruebas de sobra por delante, se reivindica gracias a la presencia de los más grandes. ¿Habrá más paradas de Challenger para el escocés? Solo el tiempo lo dirá.

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