Haz caso a tu voz

Disfrutemos en los triunfos y sintámonos orgullosos en las derrotas, aunque la crueldad no nos deje respirar. Estos años de Roger Federer están siendo un regalo.

Roger Federer. Foto: Getty
Roger Federer. Foto: Getty

Lunes por la mañana. Suena el despertador. Apenas he podido dormir. Abro los ojos pensando que lo de ayer fue una pesadilla, pero no. Es real. Una realidad muy cruel. Por mi cabeza siguen pasando tres imágenes. Las dos bolas de partido de Roger Federer y el punto de break en el 11-11. Todavía sigo sin creerlo, sin asimilarlo. Esa derecha sin la suficiente convicción que Novak Djokovic no perdona y ese otro drive para volver a romper. Idéntico al punto con el que quiebra en el 7-7, pero esta vez sin la fe necesaria para que el serbio no llegue. Una y otra vez esos tres puntos continúan inundando mi mente. Estaba en su mano. Lo había merecido, lo había luchado de forma titánica en un partido memorable y ya lo veía besar el noveno Wimbledon. La imagen se hizo añicos.

Pasé por mil estados durante el partido, pero nunca imaginé este final. Un nudo en la garganta, un vacío en el estómago y la mirada perdida. Así terminé. Así sigo. Ha perdido antes otras finales dramáticas, donde la victoria pudo caer de su lado contra Nadal, Del Potro o el propio Djokovic, pero ninguna como la de ahora. Le veo en la silla al acabar, roto, decepcionado, intentando explicarse qué ha pasado. Y eso me rompe el alma un poco más. Tiene casi 38 años. Quizá nunca vuelva a estar tan cerca de volver a ganar un Grand Slam. Quizá no consiga reponerse de un golpe tan duro. Quizá esto sea el principio del fin. Esta sensación me ahoga por dentro.

Han pasado unos días. Probablemente nunca olvidaré esta derrota, pero una voz dentro de mí intenta abrirse paso entre tanto dolor y pensamientos negativos. Esa voz es la que me pide volver a ver las imágenes de Federer tras perder el partido. ¿Pero cómo voy a volver a mirar eso? ¿Estamos locos o qué? Es como mirar fotos de tu ex cuando te acaba de dejar. Pese a todo, hago caso a esa voz y mis ojos observan otra vez a Roger abatido. Sin embargo, algo ha cambiado. ¿Qué está pasando? El dolor ha dejado paso al orgullo, la decepción a la admiración y el sufrimiento a la esperanza. No entiendo nada y a la vez lo comprendo todo.

Cuando alguien se deja la piel, hace todo por lograr el objetivo y no lo consigue, no es momento de reproches, es momento de animar más que nunca y saborear el camino. En este Wimbledon ha vuelto a hacerme disfrutar como en sus mejores tiempos. Con Nadal estuvo inmenso y con Djokovic bordó el tenis, salvo en los tie breaks. Fue el más regular ante dos rocas, dos jugadores legendarios. Su raqueta hizo magia y sus piernas bailaron como nunca. Y todo con casi 38 años y haber jugado hasta en tierra batida. ¡Por el amor de Roger! De Dios, quiero decir. Ganó a Rafa con solvencia, tuvo a Djokovic en la lona y aguantó 5 horas a un nivel de videojuegos. ¿Cómo va a ser el final? No, este no es el final.

Siempre ha resurgido, se ha puesto de pie, ha callado bocas, ha superado adversarios históricos, una lesión de rodilla, problemas de espalda y al fantasma de la retirada. Mil veces le han enterrado y mil una se levantado. Es en la manera de afrontar y superar una derrota lo que demuestra tu categoría. Y la suya es extraordinaria porque siempre vuelve más fuerte. No es más grande el que menos veces cae, sino el que más veces se levanta. Y Roger es un experto. La edad es solo un número y habrá más oportunidades. Disfrutemos en los triunfos y sintámonos orgullosos en las derrotas, aunque la crueldad no nos deje respirar. Su tenis y su esfuerzo así lo merecen. Estos años están siendo un regalo. A veces no es el obsequio que soñabas pero la ilusión del niño que llevamos dentro al desenvolverlo no nos la quita nadie.

Puede no ganar nada más, puede que le superen en títulos de Grand Slam, pero siempre será el GOAT. Un deportista ejemplar amado en todo el mundo. Porque en la victoria, es el cómo lo que deja huella, lo que te hace inmortal y eterno en el tiempo. La forma de ganar es la que te transforma en leyenda. Y nunca habrá otro Roger Federer. No hay nadie más grande que él. Es único y la inspiración de varias generaciones, desde niños a mayores. Cada vez queda menos tiempo, pero le sobra para firmar otra hazaña. Por eso hoy más que nunca quiero creer a esa voz de mi interior que me dice que Roger Federer acabará besando el vigésimo primer Grand Slam. Lo merece, nos lo merecemos. Haz caso a tu voz.

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