Djokovic da mucho más de lo que recibe

El serbio sigue sin tener el reconocimiento y cariño del público masivo, que se gana cada día tanto en la pista como fuera de ella.

Novak Djokovic, opinión sobre su triunfo en Wimbledon 2019. Foto: gettyimages
Novak Djokovic, opinión sobre su triunfo en Wimbledon 2019. Foto: gettyimages

No es tu culpa Novak, olvídalo, sé tú mismo. Eso es muy probablemente lo que le dirá su entorno cada vez que el serbio tenga que enfrentarse a Roger Federer y Rafael Nadal, con lo que eso lleva acarreado. La falta de apoyo del público, la sensación de que por mucho que se afane por asombrar con su juego y ser un modelo para los jóvenes fuera de la cancha, nunca tendrá el favor del público cuando se enfrente a sus dos enemigos íntimos. ¿Por qué? Cuando sale a colación mi pasión por el tenis con personas alejadas de este mundo todas me citan al suizo y al español. Mi gesto de satisfacción torna en estupor al ver que la conversación se queda ahí y que el nombre de Novak Djokovic no sale a la palestra.

Si en algún momento me veo animado a hacer un ejercicio social y lo cito como uno de los mejores de la historia me encuentro con un rictus de desconcierto por parte del interlocutor y palabras que bien podrían ser una palmadita en la espalda diciendo "sí bueno, no juega mal, pero nada que ver con los otros dos". Algo falla. Quizá sea la comunicación, quizá sea la historia, aunque lo más probable es que la aversión del ser humano al término medio, al equilibrio, a la belleza sin más, a lo ecléctico, sea lo que explica esto. Federer y Nadal han establecido una de las rivalidades más apasionantes del deporte por su variedad de estilos; los dos representan dos cosas totalmente diferentes. Elegancia contra fiereza, facilidad técnica con trabajo duro. Pero eso es lo que se percibe desde fuera ya que todo está mezclado. Rafa ostenta un talento y estilo sobrenatural mientras que la capacidad de defensa de Roger y su ética de trabajo y coraje en pista son de las más destacadas de la historia.

Cuando ambos estaban en la lanzadera de sus carreras apareció un chico serbio, moreno, ni fuerte ni enclenque, ni alto ni bajo, ni preciosista ni batallador. Simplemente todo a la vez. Djokovic es el prototipo de tenista perfecto, de jugador sin fisuras más allá de las que le puedan sobrevenir cuando experimenta un bache mental. Su desarrollo ha sido meteórico y merece un reconocimiento inmediato, no cuando acabe su carrera. Muchos ya se retuercen nerviosos al percibir la clara posibilidad de que el balcánico supere a suizo y español en palmarés, y se dan cuenta de su error al minusvalorarlo. Porque eso es lo que se ha hecho siempre con Novak y lo que se sigue haciendo.

Da la sensación de que Djokovic es "un chico simpático" siempre y cuando no estén Federer y Nadal en su camino. El serbio no es perfecto, evidentemente, pero sus escasos deslices han sido condenados con una severidad implacable por parte de la opinión pública. En una de las mejores finales de la historia no se puede pitar a un jugador porque dé un golpecito con su raqueta contra el soporte de la silla del umpire o porque pregunte por una situación polémica en el partido. Eso lo hizo el mejor público del mundo, el inquilino de la meca del tenis, el respeto y la educación aristócrata. Wimbledon apoyó masivamente a Federer, algo comprensible y legítimo, pero ninguneó al número 1 del mundo y firme candidato a ser el mejor de la historia. En el tenis el público se torna comedido, intimidado por el aura de respeto que se respira en todos los torneos, pero han sido varias las ocasiones en que el espíritu futbolístico ha invadido a los aficionados. Aún recuerdo las severas pitadas en Madrid al serbio en 2013, por el mero hecho de que era el rival más peligroso para Nadal.

Situaciones así se han vivido en varios lugares y la ausencia de torneos de nivel en su país (se jugó un torneo ATP en Belgrado promocionado por él mismo que acabó fracasando) hacen que Novak sea un apátrida, un hombre que ve cómo todos sus esfuerzos por mostrar sus valores dentro y fuera de la cancha son aplaudidos con condescendencia, pero ese cariño es solo un espejismo. Debe ser muy duro esforzarse por ser cercano a todos, hacer un esfuerzo hablando el idioma nativo en cada torneo al que va, ser cercano con periodistas y aficionados, involucrarse en labores humanitarias y, en definitiva, ser un ejemplo para las nuevas generaciones y recibir lo que recibe.

Uno de los grandes objetivos de Novak es dejar un legado de fraternidad. Sus mensajes conciliadores hacia Croacia y relación amistosa con muchas figuras de este país le han valido críticas en Serbia, así como el hecho de tener su residencia en Montecarlo. Construirse una identidad no es fácil y Djokovic lo intenta continuamente, cuando su personalidad y nivel de tenis deberían dársela automáticamente, pero se topa con un muro. Ni su famoso ritual al terminar los partidos, ofreciendo su corazón a todos los aficionados, le ha granjeado el derecho a tan siquiera competir en popularidad con Roger y Rafa.

Su control emocional en la final de Wimbledon 2019 fue simplemente apoteósico, algo tan meritorio y complejo como el mero hecho de ganar el partido. No hizo un mal gesto, mantuvo la calma y al terminar tuvo que hacer un auténtico ejercicio de instrospección para no explotar. Su mirada desafiante en derredor con esa media sonrisa de pistolero del Oeste ponía a las claras cuáles eran sus pensamientos. La parsimonia con la que se dirigió hacia la silla y salió a pista comiendo unas briznas de hierba formaban parte de un muro de contención para que el huracán de rabia que invadía su alma no desbordara. Por cierto, en lugar de hacer el típico saludo agradeciendo al público y brindándole su corazón, señaló a su banquillo y lo celebró con ellos.

Un llanero solitario, un genio maltratado. Amar a Roger Federer o a Rafael Nadal jamás debería implicar no hacerlo casi por igual a Novak Djokovic. Gracias a los tres vivimos la mejor época de la historia de nuestro deporte y todos mantienen una relación simbiótica gracias a la cual han ido superándose continuamente. Cada cual tiene sus preferencias y anima a su jugador favorito, pero esto es tenis. Animar a uno no implica ningunear al otro. Es muy probable que cuando pasen años desde su retirada nos arrepintamos de este comportamiento hacia una persona especial, una de esas que hubiera tenido éxito en cualquier campo de la vida y que lo ha tenido en el tenis porque nació con ese don. Disfrutemos de estos tres jugadores y valoremos lo que hace Djokovic.

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