El mejor jugador de la historia es Federer y Nadal y Djokovic

Entre debates por discutir quién es el mejor entre los tres, debería darnos igual y deleitarnos y disfrutar de la época más divina de la historia del tenis.

El mejor jugador de la historia es Federer y Nadal y Djokovic. Foto: Getty
El mejor jugador de la historia es Federer y Nadal y Djokovic. Foto: Getty

Hay aficionados que piensan que Roger Federer es el mejor jugador de la historia. Otros creen que lo es Novak Djokovic y otros están convencidos de que el mejor es Rafael Nadal. El otro día leí en estas mismas páginas lo que Djokovic dijo al respecto: “Cada uno de nosotros quiere ser el mejor”.

Yo tengo mis razones para pensar que el mejor de todos ellos es Nadal. Y usted, lector, es posible que esté de acuerdo conmigo o no. Sea cual sea el elegido por cada uno, las razones de todos son poderosas. Quizá tanto como para olvidarnos de quién es el mejor porque en realidad lo son los tres.

Puede que sea este un caso único en la historia del deporte. Un triunvirato inseparable que camina hacia la unión eterna. Después de ver los dos primeros sets de la final de Wimbledon me convencí un poco más de esta posibilidad. Una exactitud milimétrica respecto al partido de semifinales entre Nadal y Federer.

Un primer parcial de más de una hora de duración, decidido en la muerte súbita por mínimos (milimétricos) detalles, y un segundo ganado con idéntica holgura (6-1) por el derrotado en el anterior.

Creo que algún día me animaré a escribir con datos las razones por las que pienso que Nadal es el mejor, y estoy casi seguro de que esos datos me dirán como si me lo dijera una calculadora sensible, una calculadora con corazón, que los otros dos también lo son. Me lo dirá incluso si los números de uno son superiores a los del otro.

Porque yo creo que los números actuales son tan elevados que ya no importan. A ellos sí, nos consta. Pero a los aficionados esto debería ya darnos igual para dejarnos disfrutar con absoluto deleite, libres de pasiones mundanas, de la divina época del tenis.

Son casi veinte años de dominio de Julio César, Pompeyo y Craso. Primero llegó Roger, luego apareció Rafa y poco después Novak. Ningún otro tenista ha podido romper esa alianza salvo en momentos puntuales y efímeros. Murray, sobre todo. Y también Wawrinka. Del Potro al final de un verano y Nalbandián durante un suspiro.

No hace mucho leí un dato curioso, que sin embargo me parece revelador. Leí que Jimmy Connors era el tenista que mayor número de semifinales de Grand Slam había jugado hasta la llegada de los tres, habiendo ganado “sólo” ocho títulos. Me interesé por esto, y una clasificación de los mejores semifinalistas quedaría así:

  1. Federer (45 semifinales y 20 títulos)
  2. Djokovic (35 y 16)
  3. Nadal (32 y 18)
  4. Connors (31 y 8)
  5. Lendl (28 y 8)
  6. Agassi (26 y 8)
  7. Sampras (23 y 14)
  8. Murray (21 y 3)
  9. McEnroe (19 y 7)
  10. Edberg (19 y 6)
  11. Becker (18 y 6)

Esta lista muestra que los tres grandes siguen siendo los tres grandes aquí también, con ventaja de Federer, justificada en buena medida por su longevidad deportiva y su mayor edad respecto a sus más cercanos perseguidores (cinco años más que Nadal y seis más que Djokovic).

Su grandeza conjunta se certifica en el caso de su contemporáneo Murray, octavo histórico entre los mejores semifinalistas de la historia (a sólo dos de Sampras, el cuarto mayor ganador de Grand Slams, con catorce), quien tan sólo atesora tres títulos, cuyas restantes oportunidades fueron a parar mayormente a las manos de Roger, Rafa y Novak.

La diferencia con el resto es enorme, casi del mismo modo que es enorme la igualdad entre ellos, una igualdad basada en la diferencia. La diferencia que cada vez les hace más iguales porque les hace mejores, a todos uno por uno y a todos por igual. Igual de buenos, igual de diferentes. Sin que apenas dé tiempo a justificar el valor de ninguno sobre el otro.

Cuando crees que Federer es el mejor, aparece Nadal y lo pone en duda. O Djokovic. Cuando crees que Novak es superior, aparece cualquiera de los otros dos. Así es indefinidamente en esta especie de hermosa matemática tenística llena de combinaciones y permutaciones.

Incluso en el dato. El dato corrobora verdades objetivas, interpretables, por supuesto, pero aquí hay datos para descorroborar y desinterpretar lo imposible. Y en el movimiento, en la estética. Cuando crees que no se puede alcanzar mayor excelencia que el juego de pies de Nadal, surge Federer y hace su propia versión a la que le sucede Djokovic con una tercera parte hecha a partir de la goma o de cualquier material desconocido.

Nadal haciendo más aces que Federer. Federer restando mejor que Nadal. Djokovic copiándolo todo, como los genios, mimetizándose en los otros dos para salir fortalecido, con una piel nueva. Son como capullos, crisálidas que anidan en cada uno de ellos, de donde sale cada vez un jugador mejor. Un jugador nuevo.

Tres jugadores nuevos en cada torneo, en cada partido si cabe. Con el ocho a siete y cuarenta a quince de Federer en el quinto set, y la perspectiva casi inmediata de ver veintiún Grand Slams en un palmarés, estuve a punto de cometer la osadía, otra vez, de decir que Federer era el mejor, hasta que sólo un par de minutos después, Djokovic me dijo que me lo pensara mejor.

Es como si nada fuera real, ni siquiera cuando lo es. Veo máquinas registradoras de torneos funcionando a destajo. Cada vez mejor, cada vez más rápido. Bonitas máquinas registradoras. Máquinas registradoras de grandeza tenística art decó hechas a mano, sonando sobre la hierba y la arcilla y el cemento como violines Stradivarius, o Amati, los que prefieran.

El llanto nervioso del padre de Nadal, el sufrimiento silencioso del padre de Federer, la furia impulsiva del padre de Djokovic. El mismo amor de padre a hijo, todos diferentes. Todos emocionantes. El mayor espectáculo deportivo del mundo. Y lo estamos viendo. Yo estuve a punto de decir que Federer era el mejor y terminó ganando Djokovic, que se comió la hierba antes de besarla. No digan nada, sólo disfruten, porque, puede que incluso hoy mismo, tal es su magia, cualquiera de los tres les demuestre que están equivocados.

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