De Malivai a Mr. Washington

Malivai Washington, finalista en Wimbledon 1996, experimentó en aquel torneo lo que significa pasar de ser una sorpresa a tener algo que perder.

Malivai Washington. Foto: ATP
Malivai Washington. Foto: ATP

Eres tan bueno como tu juego bajo presión bien podría ser un análisis, a ratos injusto, pero en muchos otros ratos muy real. Y esa presión puede aparecer en cualquier momento, incluso desaparecer dentro de un mismo torneo y dentro de un mismo partido. ¿Iba a pensar Malivai Washington que durante algunos momentos de Wimbledon 1996 tendría presión por ganar cuando se convirtió en uno de los finalistas más sorprendentes de la historia, parte de una final igualmente insólita? Sí, Malivai Washington tuvo que lidiar con la sobrevenida presión de situarse junto a Arthur Ashe como el segundo jugador negro en ganar Wimbledon en toda la historia. Pero la suya merece contarse por cómo entendió él la posibilidad de disfrutar de una oportunidad a todas luces memorable.

Malivai Washington era un tenista de clase media dentro de la élite, asentado en el top-100 pero sin grandes flashes ni destellos al máximo nivel. En el 92 llegó a seis finales pero no alcanzó el nivel necesario para colarse entre las grandes figuras. "Curiosamente, antes de la edición de 1996, nunca tuve gran éxito en Wimbledon. Sentí que debería poder jugar bien allí, sí, lo había hecho bastante bien en los torneos de Queen's y Manchester en el pasado, pero por alguna razón en Wimbledon no. No pasé de la tercera ronda antes de Wimbledon 1996."

Su carrera tenía pensado para su talento un físico coordinado para ser muscularmente muy potente, con buena movilidad aunque algo descompensado en su juego de ataque. Un tenista de ráfagas pero con la evidente suma de capacidad competitiva y condiciones técnicas y físicas para competir con los mejores. Hasta que llegó 1996 y un torneo que no parecía surgir como algo especial antes de su comienzo. "Hubo años en los que no tuve éxito allí y recuerdo bien haber pensado: "Oye, quizás uno de estos años ni siquiera quiera jugarlo porque sé que no voy a tener éxito". Pero fue un pensamiento fugaz porque casi siempre terminaba entusiasmándome acudir a Wimbledon. Te atrapas durante un momento, porque te das cuenta de que esto es Wimbledon. Esto es un Grand Slam. Esta es una gran oportunidad que la mayoría de la gente no tiene. Nunca puedes rendirte y decir "No está funcionando" porque, por alguna razón las cosas pueden funcionar.... y en 1996 funcionaron a mi favor. Cuando llega un torneo de Grand Slam, especialmente Wimbledon, prepárate y juega con todo tu corazón."

Washington era ese jugador para el que la historia de cada Grand Slam no le deparaba con frecuencia el tener algo que perder. Nunca se encontraba en esas tesituras, y de repente se vio con que, después de ganar a Enqvist o Harhuuis, jugadores de cierta entidad, se jugaba el pase a unas semifinales de Wimbledon con Alex Radulescu. Y el tener algo que perder pasó a ser el filete en lugar de la guarnición. Para alguien muy poco acostumbrado a manejar contextos mediáticos, corrientes de opinión, presión por cuidar el estatus, Wimbledon le dio dos tazas. Al añadido deportivo de tener que sentir el verbo deber se unió el nombre de Arthur Ashe, surgido como una ola presente en todas las crónicas. Así que Malivai, el nombre exótico, dio paso a uno de mayor entidad. Mr. Washington, todo el mundo te está mirando. Y Malivai ganó en cinco mangas a Alex Radulescu, sudando como un camello.

Para su suerte, Washington chocaba con Todd Martin, un compatriota que estaba mucho más capacitado, por experiencia y calidad, para meterse en la final. Era el sueño de un norteamericano de perfil más bajo que los Sampras, Agassi o Courier, así que se vio en la penúltima ronda de Wimbledon con el siguiente panorama: 7-5 4-6 7-6 3-6 5-1 y saque para plantarse en la final de Wimbledon 1996. Y Sampras, como todos sabemos, no estaría al otro lado de la red.

"Durante mi carrera, siempre pensé que a lo largo de cada año, probablemente gané un par de partidos que debería haber perdido y perdí un par de partidos que probablemente debería haber ganado. Aquel fue un partido que Todd probablemente debería haber ganado y yo debería haber perdido, pero por alguna razón, las cosas estaban alineadas para que yo ganara aquella tarde. Y recuerdo que pensé, con 5-1, constantemente, como una frase sin fin, diciéndome a mí mismo: "Sólo haz que juegue". Y ahí entraría en juego lo que me gusta decir, y que uso con jugadores jóvenes de hoy en día: "A ver si tienen las agallas para cerrar esto".

"Todd estaba sacando con 5-1 y yo sólo estoy tratando de hacer que juegue, tratando de hacer que juegue siempre una más. No puedes cometer errores cuando un jugador está sacando para llegar a la final de Wimbledon. Quieres que golpee un montón de bolas y ver si sucumbe a la presión. Recuerdo que con un 15-30, conecté una derecha ganadora hacia la línea y la gente estalló. Tenía bola de rotura. Y le rompo el saque".

Wimbledon, la pista más atronadora si conjugamos pasión con historia -en decibelios la Arthur Ashe no tiene rival-, estaba haciendo su trabajo. Y Washington observaba lo que significa tener algo que perder. Porque Todd Martin estaba tan sumamente cerca de conseguir algo soñado durante toda su vida que acariciarlo lo convertía en frágil. "Después de sentarnos tras la rotura, sigo pensando. Lo último que quiero hacer es perder el servicio para perder un partido, así que estoy pensando en mantener el servicio, conectar muchos primeros servicios, hacerlo jugar. Y luego, un juego tras otro, avanzo. Y cuando llego a 5-2 y 5-3, la gente se vuelve histérica. He estado en situaciones en las que he sacado para ganar el partido y perdí, así que sé que Todd está sintiendo la presión. Sé que está sintiendo la presión: ¡son las semifinales de Wimbledon!".

Malivai Washington terminaría perdiendo la final ante un Richard Krajicek que ya había cruzado la línea que lo separaba de sus propios fantasmas, cuando derrotó a Pete Sampras y supo contener ese fervor y adrenalina venciendo cómodamente en semifinales, pero su historia tuvo un sentido propio cuando él mismo pudo reconocer a través de la experiencia qué sintieron los mejores jugadores del mundo en su primera vez.

"Hay muchas cosas en las que no piensas ni das valor que de repente suceden y te encuentras en una continua vorágine de presión. Yo ni sabía que podía ser el segundo jugador negro en ganar Wimbledon tras Arthur Ashe. Yo sólo tenía la presión directa de "cómo voy a ganar el próximo partido. ¿Qué tengo que hacer?". Pero aparece esto. Es por eso que tengo una increíble admiración por aquellos jugadores que tienen la habilidad de año tras año, ganar, ganar y ganar, bajo una presión inmensa, siendo capaces de manejarla todos los días. Me gusta verlo porque es algo que me hubiera gustado haber sabido manejar".

LA APUESTA del día

Comentarios recientes