Fabio, Fabio

Mario de las Heras traza una particular visión de Fabio Fognini, ahora en boca de todos tras ganar en Montecarlo. Imperdible su punto de vista.

Fabio Fognini durante el Masters 1000 de Montecarlo, el gran título de su carrera.
Fabio Fognini durante el Masters 1000 de Montecarlo, el gran título de su carrera.

No se puede uno perder ni un segundo a Fabio Fognini. A veces dan ganas de perdérselo para siempre, pero esto dura siempre menos de un segundo. Esos mini cabreos son como los de antaño con Curro por esas plazas de España. Fabio Fognini anda por la pista como si le sobraran 30 quilos y no estuviera dispuesto a perderlos ni por ganar Roland Garros.

Si Fabio Fognini ganara algún día en París lo haría andando por la pista como si estuviera atendiendo un puesto callejero en una calle napolitana. Así ganó en Montecarlo, y eso es casi impagable. Yo quiero ver a Fognini ganar cosas grandes como si fuera Clemenza saliendo de su casa para comprar cannoli, y ya de paso liquidar a Pauly en una carretera perdida con la estatua de la libertad al fondo.

Qué espectáculo. Fabio Fognini en la pista siempre parece que quiera ponerse a hablar con las chicas del público entre punto y punto. Como si fuera demasiado largo y perdido ese instante esperando a que Dominic Thiem o quién sea le envíe un misil liftado para devolverlo envuelto en aceite de oliva virgen.

Fabio habla italiano en la cancha como si fuera una escena de Fellini bajo un soportal de Borgo en el que discuten muchos Fabios que mueven sin parar las manos. Hay muchos Fabios ahí abajo que se interrumpen constantemente los unos a los otros. Fabio habla y se enfada consigo mismo como si sólo existiera él en el mundo y por supuesto al otro lado de la red.

Fabio contra Fabio. Y Fabio suele perder con frecuencia, aunque en el camino de la pérdida la gente coree su nombre. Fabio, Fabio. Como ayer frente a Thiem en la Caja Mágica. Las pesadas piedras que le lanzaba el austríaco adolescente (parece que tiene catorce años) las devolvía con una solidez admirable para un vago aparente, un hermoso vago. Una solidez de virtuoso en declive eterno y delicioso.

Nunca parece que se descomponga, pero esos cañonazos tenían que dejarlo temblando por mucho que luego relajara la tensión con su indolencia estética. Mientras se coloca, mientras se prepara para recibir o para restar, da la impresión de que a Fabio lo ha obligado el maestro a ponerse las zapatillas y bajar a la tierra. Pero luego, mientras se mueve y golpea la pelota, uno puede darse cuenta de lo que le gusta ese aburrido juego que se le da tan bien.

Fabio es un ojito derecho. A Fabio se le perdona casi todo, como si todo el mundo lo recordara de niño con los ojos verdes, el pelo negro revuelto y la boca manchada de chocolate. Fabio está germinando en mito entre los aficionados. Es un arte que está calando hondo. Es el arte que está ahora en su apogeo y madurez.

Es la forma que es capaz de mover en tierra a Thiem después de que este agote toda su fuerza bruta en un paralelo salvaje de revés que Fabio devuelve al otro lado con una curvatura preciosa para reiniciar el punto. “Que tú me la mandas con una estela de fuego, pues yo te la devuelvo envuelta en hojitas de laurel y de tomillo hasta que me mates, si no te mato yo antes a fuerza de estilo”, parecía pensar Fabio mientras movía de un lado a otro de la pista al futuro morador de las arenas, campeón en Indian Wells.

A Fabio no parece importarle nada ganar sino jugar bien para él, jugar bonito y que nosotros nos levantemos del asiento con esas efímeras e inolvidables exhibiciones tras las que todos nos vamos contentos a casa. Esas demostraciones que provocan el delirio como un muletazo imposible de Curro, esas voleas que son cucharas, como si no supiera o no quisiera golpearlas con la técnica al uso, o como si sólo pudiera ejecutarlas extraordinariamente a cuchara.

Voleas que no son voleas. Dejadas que no son dejadas. Son otra cosa. Esa cosa que hace que el público se levante maravillado y grite: Fabio, Fabio, y entonces ya ni a él ni a nadie le importe lo que pase después.

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