Suerte la nuestra

No han pasado ni 24 horas y ya le echamos de menos. David Ferrer se retiró anoche de manera oficial del tenis profesional y este es el legado que deja a sus espaldas.

David Ferrer en su homenaje de despedida. Fuente: Getty
David Ferrer en su homenaje de despedida. Fuente: Getty

No es fácil encontrar las palabras para rendir homenaje a un ser humano de estas dimensiones. Tenista profesional y gran campeón, por supuesto, pero aquí hemos venido a hablar de la persona. Como aficionado, es impagable haber disfrutado de un deportista con los valores de David Ferrer durante casi dos décadas, esa energía para dar siempre su máximo esfuerzo, ese coraje para no rendirse jamás, esa capacidad de aceptar lo que uno tiene e ir cada jornada a la batalla a chocar ante fenómenos que no tendrán piedad. El mensaje y el legado es de sobra conocido: lucha hasta dejar tu última gota de sudor. Solo así podrás ir en paz.

Anoche, en la Caja Mágica, su última gota de sudor fue depositada en la Pista Manolo Santana en forma de bandana. Un gesto sencillo, como él, pero que guarda en su interior 19 años de carrera con una filosofía indiscutible: trabajar, caerse, levantarse y volver a intentarlo. Así consiguió, entre otras cosas, levantar 27 títulos y ser Nº3 del mundo, posiblemente de lo que menos nos acordemos con el paso de los años. En mi caso, pensar en David Ferrer es pensar en la grandeza de cómo una leyenda del tenis pudo convivir y comportarse a diario como si fuera una persona normal. ¿Y acaso no lo es? Quizá sí en la lista de San Pedro, pero no en la de la ATP.

Son ya varios calendarios viviendo de cerca esta bendita profesión y os puedo asegurar que nunca me encontré con un jugador tan cercano, amable y emblemático como él. Aun recuerdo la primera vez que le entrevisté. Fue hace un par de años a través de Paco Fogués, quien también merece un artículo aparte si hablamos de bondad y transparencia. Recuerdo llegar al Sporting Club de Tenis, en Valencia, sin saber muy bien lo que me iba a encontrar. David estaba pasando una mala racha de resultados, algunos incluso empezaban a plantear una posible retirada y, por si fuera poco, esa mañana tendría que aguantar las impertinencias de un joven periodista que llegaba con casi 30 preguntas anotadas en su cuaderno. “Lo normal es que a los diez minutos me corte, pero al menos habrá que intenarlo”, pensé.

David me recibió con un saludo poderoso y una sonrisa impecable, como si me conociera de toda la vida: ”¿Qué tal Fernando, cómo estás?”. En mi cabeza no podía parar de pensarlo: ¡sabe mi nombre! Que no os parezca un detalle sin importancia, os aseguro que muchos deportistas van a hacer entrevistas y no saben ni qué persona tienen delante. Comenzamos a hablar y lo que más miedo me daba era que David mirara el reloj, síntoma de que la charla se le estaba haciendo larga, o peor aún, que se estaba aburriendo. Habían sido muchos años de constancia y picar piedra hasta llegar a esa situación, a estar sentado junto a un ídolo, por nada del mundo quería estropearlo. Primera pregunta, segunda pregunta, tercera pregunta… así hasta la penúltima. Cuando solo me quedaba una bala por gastar, aquello que tanto temía por David fue justo lo que terminé haciendo yo: mirar el reloj. Marcaba 44 minutos de grabación.

Cuando se apaga la grabadora después de una entrevista pueden pasar dos cosas. Opción A: el jugador te da la mano, se despide y hasta nunca. En este caso, ocurrió la opción B, esa que nunca piensas que sucederá estando enfrente de uno de los mejores tenistas españoles de la historia. “No suelo mirar demasiado la prensa, pero he de decirte que leo mucho tus entrevistas, me encantó la que le hiciste a Javier Piles. Haces un gran trabajo, Fernando”. Fue en ese momento cuando lo entendí todo. ¿Por qué todo el mundo hablaba maravillas sobre él? ¿Por que esa frase tan repetida de es mejor persona que tenista? Para comprenderlo, simplemente hay que tenerle al lado. Aquello ya no era una entrevista entre un ex Nº3 del mundo y un periodista. Con solo una frase, lo había convertido en una charla entre David Ferrer y Fernando Murciego.

Por eso David será siempre un tenista único, por no haberse dejado nunca absorber por la burbuja del circuito, por haber mantenido siempre los pies en la tierra y haber tenido un segundo de atención a cada persona que se interesó por él, sin importar la empresa, bagaje o popularidad del periodista. Los diez minutos que pensaba que duraría la entrevista fueron los diez que utilizamos luego para conocernos tras parar la grabación. Ese es David Ferrer, un superhéroe disfrazado de persona común.

Verle ayer despedirse ante su público supuso un mal rato para muchos. Aunque se le viera feliz rodeado de su gente, aunque no pierda la sonrisa en ninguno de los actos, aunque lleve ya muchos meses preparado para dar el paso… la pérdida es irremplazable. ¿Qué haremos ahora sin David? ¿Quién representará esos valores? ¿Quién desmontará una vez más ese mito que empuja al deportista de élite a encerrarse en su prisión y olvidarse de lo que hay fuera? ¿Quién lo hará en una época marcada por los privilegios, los intereres y los egos? Nadie lo hará, por eso estamos ante un tenista excepcional y una persona extraordinaria.

Estos meses he jugado un gran tenis, he logrado terminar mi carrera mejor de lo que esperaba, ha sido una gran decisión poner el punto y final aquí en Madrid, jugando a buen nivel a mis 37 años. Como ya he dicho en otras ocasiones, soy un hombre con suerte”.

Eran las 0:15 de la noche y la sala de prensa del Mutua Madrid Open se quedó muda. Aquella era la última respuesta del alicantino estando en activo y nadie supo cómo reaccionar. Tras dos segundos incómodos, el gran Manolo Poyán –quién sino–, rompió el silencio: “Suerte nosotros, por haberte tenido”. El estímulo perfecto para que la habitación se viniera abajo en aplausos. En ese cuarto quedó su última ovación, sus últimas palabras, sus últimos gestos de cariño hacia la prensa, un gremio que le estará eternamente agradecido y que desde hoy ya le echa de menos. Por tus éxitos y tu sacrificio. Pero sobre todo, por tu nobleza y tu humanidad. Gràcies Ferru.

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