Yo quería hablar de Fognini

Fabio Fognini materializó ayer una de las grandes sorpresas del último lustro, derrotar a Nadal en uno de sus torneos fetiches: Montecarlo.

Fabio Fognini en Montecarlo. Foto: Getty Images
Fabio Fognini en Montecarlo. Foto: Getty Images

Iba a escribir sobre la despampanante y efímera inspiración de Fabio Fognini. No sólo la de la tarde de ayer sino la de todas esas tardes desgraciadamente contadas con los dedos de la mano, lo cual hace de esa inspiración un objeto más preciado aún. He dicho "iba a escribir" porque me ha aguado la fiesta esa inquina de red social, cada día más burbujeante (aunque nunca más allá del agua hirviendo que siempre tiene a punto Gargamel, con la cabeza tan llena de pitufos como vacía de ellos la cazuela), contra Rafael Nadal.

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No puedo entender que les habrá hecho Nadal a algunos para que lo miren de ese modo. Es un modo feo, y absurdo, de mirar. Parece que hablan de fútbol o de otra cosa peor. Parecen aficiones futboleras que sólo se sienten satisfechas cuando sufre el eterno equipo contrario. Yo los veo decir cosas como que Nadal tiene mal perder, o como que Federer (que no está en este cuento) es mejor, el único y eso, como si fueran enemigos (y resulta que son amigos íntimos), y sólo veo una afición de bengalas y cánticos ofensivos impropia de un deporte como el tenis.

El tenis es un deporte limpio en el sentido más estético de la palabra. Limpio como aquel café parisino en el que Hemingway se ponía caliente observando a una chica linda “con el pelo negro como ala de cuervo”. El juego más difícil. El más bonito. El juego en el que un jugador se enfrenta, sobre todo, a sí mismo. En silencio. Lo primero es eso. Luego viene lo demás, como lo de jugar bien y lo de superar en el marcador al rival, que para muchos debe de ser lo único que sucede en esa pista bendita y diabólica.

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La belleza del tenis es también la belleza de su entorno, y la de Montecarlo es una de las mayores. El baile sobre la pista es belleza. Y el descubrimiento de la estrategia, y su puesta en marcha. Su éxito o su fracaso. Los desmoronamientos, las construcciones inverosímiles. El dominio. El temple. La coordinación. Una coordinación forzosa similar a la que debían de tener los esclavos en Egipto para acarrear y colocar esas piedras bajo el látigo para los faraones.

El tenis es como la ópera, con sus subidas y bajadas. Es también la búsqueda de una pirámide. El objetivo es su construcción, nunca terminada porque es imposible de terminar. Y todo eso mientras la belleza se abre paso como la naturaleza. La tragedia, el drama. Las emociones abiertas igual que heridas, donde un aficionado al tenis puede sentir el peso de un punto de rotura fatídico o salvador desde su casa. La presión insostenible de un punto de partido a miles de kilómetros y por el televisor. El dolor de los rostros y la alegría desatada. El día después. El suspense electrizante en el peloteo. El sonido de las cuerdas golpeando las pelotas en el valle de la muerte como el segundero de una bomba a punto de estallar.

Todo eso y mucho más (mucho más para dentro) es el tenis. Mucho más que una vulgar historia (vulgar para lo que nos ocupa) sobre antagonistas y los partidarios de uno y otro lado de la red. Porque esa red no separa a nada ni a nadie a pesar de ser como el muro de Berlín en la mente del jugador. Yo siempre he tenido tenistas favoritos. Nunca uno sólo. No recuerdo haber aborrecido nunca a ningún jugador de tenis. ¿Pero a Nadal, además? Y no porque sea el mejor, ni el más correcto, ni el más deportivo o el más profesional o el más simpático o el más bondadoso, sino porque es probablemente el tenista más certeramente analítico, y por ello, sin duda, el más sincero dentro de la pista y fuera de ella.

He visto a gente mofarse de sus lesiones. Hay que ver. Es probable que no se mofara tanto cuando regresó de todas ellas dando tortas imaginarias con tremebundo top spin a ambos lados del océano, también imaginario. Si el tenis es principalmente un deporte donde primero se compite contra uno mismo, Nadal podría ser perfectamente el mejor de todos ellos porque nadie ha vuelto tantas veces de esas pequeñas muertes, ni tampoco de debajo de esas tumbas que le han cavado profusamente, expertos y profanos, durante todos los años de su apoteósica carrera.

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Un dato (ya ven, qué cosa) para pensar (desde la frialdad del ser y teniendo en cuenta la parte engañosa de la estadística, que siempre tiene otro dato más para anteponer hasta el infinito), a propósito de sus muchas lesiones, es que hoy Nadal tiene más Grand Slams y más Masters 1.000 que el gran Djokovic, con casi la misma edad y habiéndose perdido, sumando todos los períodos de lesiones, más de tres temporadas completas. Nadal tiene ahora más Masters 1.000 y “sólo” tres Grand Slam menos que el incomparable Federer, siendo cinco años más joven y habiéndose perdido el equivalente a tres años completos por lesión frente a la bienaventurada carrera del genio suizo.

Sólo me puedo explicar esa inquina a Nadal (¡hay gente que se felicita y lo celebra cuando pierde!, ¡ni que fueran terraplanistas!) si pienso en el odio irracional, que por supuesto existe hasta en algo tan bello como el tenis. El odio inusitado que tras la derrota de hoy me ha echado por tierra una agradable velada escribiendo sobre lo bonito y asombroso que es ver a Fognini en estado de gracia por mucho que hoy jugara contra el mito cortocircuitado, el mismo contra el que jugó el día anterior el argentino Pella. Habrá que esperar un poco más hasta el siguiente pasmo del italiano, que puede ganar hoy su primer gran título, o no, donde cabe la posibilidad de que, en cualquiera de los casos, no nos deleite como hoy con su magnífico y esquivo talento, simplemente porque el estupendo Dusan Lajovic no es Nadal.

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