"Mamá, quiero ser como Carlos Moyà"

Cuando era niño, un día vi jugar por primera vez a Carlos y siempre soñé en ser tenista. Con el paso de los años, tuve que renunciar a mi sueño.

Carlos Moyà golpeando de derecha.
Carlos Moyà golpeando de derecha.

Desde que tengo uso de razón, siempre me encantó el deporte y de niño, soñaba con ser futbolista y jugar en el Barça y no recuerdo casi ningún momento en el que no tuviera un balón en los pies. Pasaba los siete días de la semana en la calle, jugando al fútbol con mis amigos y llegué a jugar en varios equipos junto a otros niños que hoy son incluso jugadores profesionales. Mi camino se desvió una buena tarde. No recuerdo exactamente la fecha pero creo que tendría ocho o nueve años. Mi primo me llamó por teléfono y me dijo que se había encontrado dos raquetas en un contenedor de basura y me preguntó si quería jugar con él.

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Las raquetas estaban en perfecto estado. Eran dos Wilson de las antiguas, aquellas de mango largo de madera, pero conservadas muy bien. Era la primera vez en mi vida que agarraba una raqueta y me quedé completamente asombrado al tenerla en mis manos. Nos fuimos al lado de su casa y comenzamos a pelotear. Sentí como si hubiera hecho eso toda la vida. De revés ni lo intenté, obviamente, pero la derecha me fluía como si hubiera nacido con un don para ello. Recuerdo golpear de derecha tan bien que mi primo no era capaz ni de devolverla y un hombre que nos estaba viendo llegó a felicitarme por lo bien que le pegaba a la bola. Quedé enamorado.

Mi primo terminó tirando las raquetas, días después, puesto que no le terminaba de gustar el tenis y yo quedé huérfano. Sin raqueta y sin nadie con quien jugar, comencé a golpear una pelota contra la puerta de mi casa con la mano. Le pegaba de derecha y de revés. Una y otra vez. Tenía los pantalones llenos de parches a la altura de las rodillas del tiempo que pasaba en el suelo golpeando la pelota contra la puerta y deslizándome para alcanzarlas.

Un par de años después, mi hermano mayor instaló el satélite en casa y gracias a eso pude tener para mí un canal de tenis por el que seguir algunos torneos. Es entonces cuando le descubrí. Le pegaba a la derecha tan fuerte que reventaba la pelota. Una y otra vez, se invertía de derecha para darle tan fuerte como podía. Me encantó su estilo de juego. Ese tenista no era otro que Carlos Moyà.

En mi cuarto me ponía a imitar su gesto de saque y como cualquier niño que tiene un ídolo, soñé en ser como él. Cada domingo íbamos a ver a mi abuela y recuerdo que en cuanto el reloj pasaba de las dos de la tarde, le pedía a mis padres que nos fuéramos a casa porque quería ver a Moyà, que por aquél entonces jugaba muchas finales de tierra que se jugaban siempre los domingos a esa hora. Recuerdo que de camino a casa, un día, le dije a mi madre: "Mamá, quiero ser como Carlos Moyá".

En mi casa las cosas no estaban precisamente bien a nivel económico. Mi padre tuvo cáncer cuando yo era pequeño y las secuelas que le quedaron le obligaron a dejar de trabajar. Con la pensión que tenía, apenas le daba para mantenernos a mi hermano y a mí. Mi madre me hizo ver que no era posible que me mandaran a jugar al tenis. "¿Eso cuánto cuesta?", recuerdo que me preguntó. Ya por aquél entonces era un deporte muy caro. Mientras que para jugar al fútbol solo necesitábamos un balón, el equipamiento del tenis era muy caro y ni que decir tiene las clases para aprender. Así pues, no me quedó otra que abandonar mi sueño de verme un día ahí, en esas pistas de tierra en las que veía jugar a Carlos por la tele.

Pasaron los años y mi amor por el tenis no dejó de crecer aunque nunca llegué a ver ningún partido en directo. En el sur de España no proliferan los torneos y no fue hasta el año 2011 cuando reservé mis primeras entradas. Fue para el torneo de Madrid y las reservé con cinco meses de antelación. Sin saber qué partidos vería, compré una entrada para la semifinal diurna y la final del último día. La suerte, y quizá también el destino, quiso que la semifinal que me tocó ver fuera una entre Rafa Nadal y Roger Federer. Casi ni podía creérmelo.

Aquél sábado en Madrid llovía como si fuese el fin del mundo. Entré en la Caja Mágica y me sentí como en Disneylandia. Eran las 12 del mediodía y me puse a dar vueltas por el recinto sin saber muy bien a dónde ir. La semifinal no era hasta las cuatro de la tarde, por lo que debía hacer tiempo. Como si hubiera algo que me decía que debía ir allí, entré en la pista Arantxa Sánchez Vicario, que tenía acceso libre al no haber encuentros y lo que me encontré me dejó sin reacción. Era Rafa Nadal, entrenando junto a Carlos Moyà.

No había más de 10 personas en las gradas. Nadie sabía que ahí estaba entrenando Rafa junto a Carlos y yo pude ver a apenas unos pocos metros a mi ídolo de la infancia. Lo tenía ahí, enfrente. Tantos años viéndolo por la tele, soñando ser como él, y el primer jugador que lograba ver en persona era precisamente él. No solo tuve la suerte de ver a ellos dos, también pude ver luego el entreno de Federer y al día siguiente la final entre Rafa y Djokovic. Me marché de allí encantado por todo lo que viví ese fin de semana pero lo que nunca imaginé fue que tres años después iba a volver a Madrid pero en una situación muy diferente.

Yo estudié Administración de Empresas y Marketing, pero la vida a veces tiene estas cosas que te lleva por caminos que uno nunca pensó recorrer. Se me presentó la oportunidad de dirigir Punto de Break en un in-pass en el que me encontraba a nivel laboral y aunque nunca en mi vida había escrito sobre tenis, no dudé en decir que no. Dos meses después me enviaron acreditado al torneo de Madrid y tuve la suerte de vivir desde dentro todo lo que siempre había visto por televisión. Si me dicen de pequeño que un día iba a estar ahí, no lo habría creído.

Con el paso de los años me he dado cuenta de que no nací para ser deportista profesional sino para acercárselo a la gente. Para contar historias. Para transmitir la pasión que nació en mí cuando era niño. En este tiempo he podido vivir cosas que jamás hubiera imaginado. Al punto de encontrarme con Moyà en alguno de los torneos a los que he tenido la suerte de ir y que sea él quien me haya reconocido y haya venido a saludarme y darme la mano. Un día que hablé con él, llegué a decirle que había sido mi ídolo de pequeño y me dijo, entre bromas, que tuviera cuidado con eso ya que las expectativas que nos creamos siempre son demasiado altas.

No. Yo no pude ser Carlos Moyà. Esto me lleva a pensar cuántos niños habrá en este mundo que quizá hubieran tenido el talento para ser tenistas (de cualquier tipo de Ranking) pero que no pudieron ni siquiera intentarlo al no tener recursos. Ojalá llegue el día en que el tenis no sea exclusivo de unos pocos. Que acerquen este deporte a los niños y que de verdad se les den oportunidades. Ojalá, también, que en este tiempo que llevo aquí y con el trabajo que hacemos en esta web haya servido para que un chico o una chica también le haya dicho a sus padres que quiere ser tenista y ojalá que ellos sí puedan tener al menos la oportunidad de intentarlo. Porque en esta vida no hay nada como perseguir tus sueños y hacerlos realidad, de una forma u otra. Solo por eso, este camino merece la pena.

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