¿Qué se puede esperar de la carrera tenística de Jaume Munar?

Analizamos trayectoria, estilo de juego y potencial de futuro de un jugador que en franco progreso que ya sabe lo que es ganar un top-10.

Jaume Munar en ATP 250 Marrakech 2019. Foto: zimbio
Jaume Munar en ATP 250 Marrakech 2019. Foto: zimbio

Pocas cosas hay que gusten más a la gente que las de ver un deportista totalmente comprometido y entregado a su causa, trabajador y generoso en el esfuerzo hasta la extenuación. Es lo que ofrece Jaume Munar cada día que sale a una pista de tenis. Con él, la pelea y actitud competitiva están garantizados. En tiempos donde en todos los ámbitos de la sociedad se cuestiona la capacidad de sufrimiento de unos jóvenes privilegiados y criados al amparo de todo lujo de comodidades, el balear se erige en un auténtico guerrero de las pistas, prolongando ese ADN ibérico de tenistas aguerridos y peleones que tan bien ha representado David Ferrer durante lustros y al que Roberto Bautista ha ido tomando el testigo.

El aficionado español es exigente y soñador. Lo es porque puede y debe serlo. Resulta imposible saber renunciar a la gloria de ser uno de los países con más top-100 en el último lustro, y tener presencia en las rondas finales de la mayoría de torneos ATP. Pero hay que poner un límite. Las afirmaciones de "nuevo Nadal" que se atribuyen con una ligereza irresponsable a cada joven que sobresale, no hacen sino dañar la trayectoria futura de jugadores que necesitan desprenderse de la losa que supone dar relevo a uno de los mejores de la historia. Hay que asumir que un Nadal, un Federer o un Djokovic son bestias de la naturaleza que salen cada muchos años, y el azar o la Providencia, lo que ustedes prefieran, han hecho que la carrera de los tres confluya en el mismo tiempo. Genios cuyo surgimiento no responde tanto al buen trabajo del tenis base en un país como a un talento natural casi sin precedentes y que ha sabido pulirse.

La carrera de Rafa debería haber servido para establecer una base sólida en el tenis español; más promoción del deporte rey de la raqueta, mejoras el sistema de formación, infraestructuras y logística del tenis base más refinada, mayores torneos juveniles e ITF... Todo ello se ha hecho, aunque quizá no en la medida esperada, pero se está uniendo con una iniciativa privada por parte de academias como las de Juan Carlos Ferrero, David Ferrer o el propio Nadal, que aglutinan y pulen talento. Es el caso de Jaume Munar que, tras irse a Barcelona a entrenar al amparo de la RFET, regresó a su casa. Cuentan que Jaume fue muy superior en su ámbito competitivo de joven, y que era un jugador acostumbrado a ganar, con todo lo que ello conlleva.

Orgulloso, con dificultad para escuchar consejos y mucho más, para aceptar derrotas. Parece imposible hacerse una idea de eso al verle en estos últimos años. Munar ha llevado a cabo una metamorfosis física y mental que hace de él un trabajador nato y luchador incansable. No es el más potente, no tiene los golpes más definitivo, pero ostenta esos intangibles que le pueden hacer llegar a cotas de éxito muy superiores a las que su tenis podría apuntar. Su triunfo sobre Alexander Zverev en Marrakech puede ser un punto de inflexión evidente en una trayectoria al alza. Se asoma ya al top-50 y apunta a erigirse en un jugador temible sobre tierra batida.

Nadie debe poner sobre sus hombros una presión inútil e irreal. Munar no ha sido, es ni será como Nadal. Lo ha aceptado, como el hecho de que no habrá partido sencillo para él, pero eso hace que tampoco lo haya para ninguno de sus rivales. Veo a Jaume ganando títulos ATP 250 sobre tierra batida, afincándose entre los 50 mejores del mundo durante años y con margen para llegar incluso a posiciones en torno al 20 o 30 del ranking ATP. Su progreso en otras superficies es evidente, y si sigue tan bien asesorado como ahora podría dar mucho de qué hablar. Es un jugador que transmite la sensación de poder alcanzar esa ansiada regularidad; ganar a los que son peores que él y competir con nobleza contra los que son mejores, buscando alguna escaramuza que le haga llegar a un estatus superior.

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Tácticamente, la obsesión del balear debe ser la agresividad. En tiempo de gigantones pegadores inmisericordes, no se puede perder iniciativa en pista. Por muy bien defensor que se sea, algo en lo que Munar es especialista merced a su potencia de piernas, prodigiosa mano y clarividencia mental, resulta indispensable asumir la iniciativa. Es lo que sus entrenadores le transmitían una y otra vez en las NextGen Finals 2018, y lo que parece grabado a fuego en su mente. Lo hizo ante un Zverev incapaz de contrarrestar los golpes profundos y con mucho peso de un jugador a tener en cuenta. Jaume Munar tiene 21 años y unas ganas de superarse incontenibles, ingredientes indispensables para labrarse una carrera incluso por encima de sus propias expectativas.

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