John Isner, a punto para el baile

Dedicamos un profundo y exhaustivo análisis de la hazaña que supone jugar al tenis como lo hace John Isner, protagonista en el Miami Open.

John Isner en Miami Open 2019. Foto: zimbio
John Isner en Miami Open 2019. Foto: zimbio

Una vez estaba sentado en las gradas de una de las pistas exteriores de la Caja Mágica, junto a la salida, y al darme la vuelta para marcharme, después de subir algunos peldaños, me topé con la cara de John Isner. Yo venía desde abajo y él estaba agachado abrochándose los cordones. Cuando se incorporó, mi cabeza y la suya permanecieron durante un segundo a la misma altura. Él sonrió y yo también y me pidió perdón por obstaculizar el acceso.

Luego del sorry se irguió y no parecía terminar de erguirse nunca. Su cara de niño se fue como alejando hacia los cielos. Un rostro agradable, de buen chico americano. Una cara salida de una película de John Hughes. Lo vi con traje y pajarita, con camisa de chorreras y una flor metida en una caja para su acompañante en el baile, a la que esperaba en la puerta de su casa, iluminada por dos farolillos a ambos lados, justo después de haber tocado un timbre que sonaba por dentro como las campanas de San Patricio.

Pero en realidad John Isner estaba en las pistas exteriores de la Caja Mágica, justo después de entrenar, con su gorra del revés bajo un picante sol de mayo madrileño, y yo le había mirado a los ojos desde muy cerca por pura casualidad, y después esos ojos se marcharon volando y ya los vi muy pequeños, muy alejados, mientras él bebía y hablaba con su entrenador con esa sonrisa que parece estar fijada, una sonrisa mínima pero suficiente de tipo simpático que parece ir por ahí con zancos. De verdad que parece que va con zancos, pues tan delgadas y largas son sus piernas; y yo siempre me pregunté cómo era posible jugar al tenis profesionalmente con una constitución como esa.

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Recuerdo que cuando lo vi por primera vez hace ya muchos años, y escuché su historia de gran tenista de la NCAA, pensé que podría llegar a ser un buen jugador (lo era, de hecho) en la ATP, pero con las limitaciones de un físico como el suyo. Algo así como que más allá del servicio quedaría retratado y encasillado sin mucha más historia. Uno de unos cuantos con esas características. Pero John Isner estaba allí y no parecía tener prisa para nada. Nadie esperaba que fuera a ser el relevo de Sampras, Agassi o Roddick y al final lo fue. Isner ha sido los últimos años, y lo sigue siendo, el tenista número uno de Estados Unidos, con todo el significado que eso tiene a pesar del contexto y la época. Isner tiene ya treinta y cuatro años y sólo hace uno que logró el mayor triunfo de su carrera la última vez que se disputó el Open de Miami en Cayo Vizcaíno.

Parece estar destinado a gestas curiosas, como la de ganar el partido más largo de la historia. Siempre al filo de la muerte súbita, John ha sabido capearla de tal modo que siempre ha resultado temible en esas postrimerías. Y sobre todo triunfador. Un triunfador al límite. Un dominador de la cuerda floja. Un virtuoso de la quilla. Eso tiene un mérito notable, y si volvemos al físico más aún, porque John Isner no se cansa. Cualquiera pensaría que un movimiento pendular más o menos constante, o una bola baja repetida, podrían acabar más pronto que tarde con su resistencia, pero casi nunca ha resultado ser así. No, al menos, tan fácilmente como se pudiera pensar.

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John Isner tiene una buena derecha y un buen revés para ganarle peloteos al más pintado. Y se mueve de lado a lado con una agilidad mejor cada temporada. Una vez llevó al mismísimo Nadal en Roland Garros al quinto set y tuvo sus opciones de victoria. Hubiera sido una campanada mayor que la del imaginario timbre de la imaginaria casa de su imaginaria acompañante en el baile. John Isner, de Greensboro, Carolina del Norte, tenía todos los visos de ser un modesto y eficiente funcionario del tenis, pero al final se convirtió en una modesta y eficiente pequeña estrella que exprimió despacio su talento con una actitud ejemplar. Una actitud agradable con esa mirada y esa sonrisa mínima y familiar de dieciséis velas como la que encontré casualmente en Madrid. Ojalá este año pueda volver a ganar.

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