La doble falta que cambió la vida de Novak Djokovic

Hoy recordamos el momento exacto donde el serbio descubrió el secreto para ser un gran campeón. Sucedió en Australia hace justo nueve temporadas.

Novak Djokovic y la derrota que salvó el resto de su carrera. Fuente: Getty
Novak Djokovic y la derrota que salvó el resto de su carrera. Fuente: Getty

El Novak Djokovic que hoy conocemos acostumbra a luchar por títulos cada semana, tumbar a los mejores jugadores en cada torneo y pelear por el número 1 del mundo cada calendario. No descubro nada nuevo si digo que el serbio oposita a luchar incluso por convertirse en el mejor jugador de la historia de este deporte. Sin embargo, este perfil divino no siempre le acompañó durante su carrera. Hasta que logró juntar todas las piezas del rompecabezas, el balcánico estuvo un tiempo vagando sin respuestas por un circuito que a punto estuvo de quedarse sin paciencia. En ese puzle desarmado faltaba una ficha que haría encajar al resto, una ficha que impedía que la máquina se pusiera en marcha. Esa pieza la iba a encontrar el de Belgrado un 27 de enero de 2010, el mismo día en que su carrera profesional tocó fondo.

¡Flashback! Estamos en los cuartos de final del Open de Australia 2010, ronda que Novak alcanza de manera magistral perdiendo tan solo un set en el camino. Allí le espera Jo-Wilfried Tsonga, número 10 del mundo por aquel entonces. Es el mismo rival que había derrotado dos años atrás en la final, el lugar que por primera vez le bendijo como futuro número 1. Era un desafío de altura, pero el serbio conoce la teoría, sabe lo que hacer dentro de la pista y sabe que necesita reconquistar Melbourne para apartar a los dos extraterrestres que le observan por encima de la clasificación. Lo que no sabe es que aquel miércoles iba a terminar de la manera que menos se imagina.

El primer set se define en un tiebreak de infarto que acaba en poder del francés (10-8). El segundo, otro desempate, es para el serbio (7-5). Novak aprovecha la dinámica y arrasa en el tercero, 6-1. Hasta aquí, todo en orden. A partir de aquí, una tortura. “Tsonga ganaba 1-0 en el cuarto set cuando, de repente, una fuerza invisible me atacó. No podía respirar, algo empezó a ascender por mi garganta. Le supliqué al juez de silla que nos concediera un descanso para ir al lavabo. No quería que mi adversario viera lo que estaba a punto de hacer”.

El relato es estremecedor y enigmático a partes iguales, pero son palabras literales que el propio Djokovic cuenta en sus memorias. “Me marché corriendo a vestuarios, entré en el lavabo y me arrodillé para apoyarme en el retrete. Notaba espasmos en el estómago, tuve la sensación que vomitaba toda mi fuerza. Cuando regresé a pista era un jugador totalmente distinto”, explica el de Belgrado. Aquel nuevo jugador fue sentenciado por 6-3 en el cuarto set, pero lo peor llegaría en el último parcial.

Estaba 0-40 al servicio, con Tsonga 3-1 arriba. Necesitaba servir a la perfección para recuperar el control. Si quería tener opciones de seguir luchando, necesitaba darle la vuelta a aquel juego, necesitaba conectar el mejor saque de los cientos de miles que había hecho en toda mi carrera. Boté dos veces la pelota, la lancé al aire, traté de estirarme, pero mi pecho estaba agarrotado. Falta. Mi mente estaba confusa. Dos botes, pelota al aire, saque. Doble falta y juego para Tsonga. El final fue rápido y compasivo, como el de una ejecución. Estaba agotado. Diecisiete años de entrenamientos diarios y no me quedaban fuerzas físicas ni mentales para medirme con el mejor sobre la pista. Era 27 de enero de 2010 y una doble falta me había llevado a tocar fondo profesionalmente”.

¿Qué le pasó a Novak? Los que seguís de cerca su carrera ya lo sabréis. Los que no, voy a entreteneros un poco más. Antes de llegar a ese partido, incluso antes de ganar su primer Grand Slam, el serbio ya era plenamente conocido en el circuito. Todos hablaban de su potencial, de sus tiros, de su carácter y de su dura infancia. Pero había algo que no terminaba de convencer: su comportamiento en pista. Episodios como el de la final de Umag 2006 (donde se retiró en el primer set ante Wawrinka), la segunda ronda en Roland Garros 2005 frente a Coria (donde abandonó por problemas respiratorios), o su debut en el US Open 2005 contra Monfils (paró el partido cuatro veces por desmayos para luego terminar ganando) le daban una publicidad nefasta al de Belgrado. ¿Pero por qué hacía eso? Algunos lo tenían claro: puro teatro. Pero había algo detrás de todas esas acciones.

Calambres, gripe aviar, ántrax, SARS, tos y un resfriado común”, respondió Andy Roddick en el Open de Australia 2009 para explicar lo que había llevado a Djokovic a retirarse en su partido de cuartos de final. Era el año siguiente a su primera conquista, ¡defendía el trono!, pero el serbio decidió tirar la toalla en aquel cruce ante el americano cuando, tras ganar el primer set, Roddick se llevó los dos siguientes. “Creo que no es un jugador serio en lo que concierne a sus lesiones”, aseguró Roger Federer en esa misma época. Todos coincidían en que Nole terminaría siendo un gran campeón, pero con esos capítulos tan humillantes difícilmente se ganaría el respeto de sus compañeros.

Había algo en mí que no funcionaba, que afectaba mi salud. Algunos lo consideraban una alergia, otros decían que era asma, y aun otros aseguraban que no estaba en forma. Pero no importaba el nombre que le dieran, nadie sabía cómo curarlo. Cada vez que avanzaba un gran paso hacia mi sueño, tenía la sensación de llevar atada una cuerda al torso que tiraba de mí hacia atrás”, relata el jugador en su libro “Los secretos de un ganador”, publicado en 2011.

Cambié de preparadores físicos en busca de un nuevo régimen de ejercicios. Cambié de entrenadores, pensando que cambiando mi técnica me liberaría de esa maldición. Me operé la nariz con la esperanza de poder respirar con más facilidad. Pero nada, ninguna de esas cosas dio resultado. Tenía la técnica, el talento y el impulso. Disponía de los recursos para probar cualquier clase de preparación mental y física conocida para el hombre, así como el acceso a los mejores médicos del mundo. Pero no era nada de eso. Lo que realmente impedía mi pleno rendimiento era algo que jamás había imaginado. Mi entreno y preparación eran los correctos. Pero me alimentaba fatal”.

Hasta aquí llegó el misterio, algo tan básico y al mismo tiempo tan desapercibido como la alimentación era lo que estaba impidiendo que Novak Djokovic explotase a lo grande. “Lo único que hice fue dejar de ingerir gluten -la proteína que se halla en el trigo- durante varios días, y mi cuerpo empezó inmediatamente a sentirse mejor. Me volví más ligero, más rápido, más lúcido en mente y espíritu. Al cabo de dos semanas, supe que mi vida había cambiado”.

El resto de la historia creo que ya la conocen. En 2011 Novak Djokovic firmaría un registro de 70 victorias y solo 7 derrotas, conquistando tres de los cuatro majors. En 2012 levantaría su tercer Open de Australia, ganando a Nadal en una final de casi seis horas. “Esto es el máximo nivel de tenis he visto en mi vida”, confesaría el español al final del encuentro. Tras varias temporadas de reinado en solitario, 2016 le traería su primer Roland Garros, cerrando un círculo legendario que le ponía a la altura de unos pocos elegidos. En 2018, tras seis meses parado por las lesiones, el balcánico pasa de estar fuera del top20 en julio a terminar el curso como Nº1, con 31 años, capturando por el camino un par de copas que le ponían con 14 Grand Slams.

Mañana, con una crónica de superación conmovedora a sus espaldas, Novak Djokovic volverá a despertar en Australia, a pisar la Rod Laver Arena y a encontrar a Jo-Wilfried Tsonga al otro lado de la red. Una segunda ronda, qué injusto. En ese preciso instante, todo el mundo del tenis hablará de la final de 2008, el duelo entre dos jóvenes aspirantes que le abriría las puertas del cielo al serbio. Lejos del ruido, en su interior, Novak pensará en aquel juego de 2010, aquella doble falta que le bajó a los infiernos para descubrir de qué estaban hechos. Una bofetada deportiva que le cerraría para siempre las puertas del averno, permitiéndole descubrir la única pieza que le faltaba para empezar a escribir su propia historia.

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