El tenis español y una situación que no se había vivido en el siglo XXI

Por primera vez desde 1999, solo habrá un tenista nacional clasificado entre los 20 mejores del ranking al final de la temporada. Desvelamos la evolución.

Pablo Carreño en 2018. Foto: zimbio
Pablo Carreño en 2018. Foto: zimbio

Muchas son las voces que alertan del progresivo ocaso del tenis español. Rafael Nadal ha sido, es y será la gran enseña de una escuela tenística prolífica en jugadores de enorme nivel, y que ha logrado colonizar el top-100 desde hace décadas. Han ido concatenándose generaciones de excelentes jugadores con la capacidad de legitimar la presencia española en la cúspide. El balear ha podido eclipsar con sus éxitos a una serie de tenistas que se han consolidado en la zona noble del ranking, manteniendo durante todos los años del siglo XXI una costumbre que se ha roto este 2018: el segundo mejor jugador español siempre estuvo entre los 20 mejores del mundo al acabar la temporada.

Pocos países pueden congraciarse de haber mantenido un nivel tan sobrenatural durante tantos años, y el hecho de no haberse conseguido ese hito esta temporada no ha de traducirse como el declive definitivo, sino como una señal de lo difícil que es alcanzar todo lo conseguido en los últimos lustros. Pablo Carreño, Roberto Bautista y Fernando Verdasco se han disputado el honor de ser el segundo mejor tenista de esta temporada, recayendo finalmente en el asturiano, que terminará la temporada en el puesto 23, después de haber sido reserva el pasado año en las Nitto ATP Finals 2017, donde llegó a disputar dos encuentros supliendo a Nadal.

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Desde que el de Manacor hiciera acto de presencia en la cima del tenis mundial, se ha visto arropado por unos compatriotas cuyo nivel de juego y consistencia quizá no se haya valorado del todo, algo que se hará cuando ya no pueda disfrutarse de ellos. En 11 de las últimas 13 temporadas, el segundo mejor jugador español terminó en el top-10. Pablo Carreño lo consiguió en 2017 (10), Fernando Verdasco en 2009 (9), Tommy Robredo en 2006 (7) y David Ferrer hasta en ocho ocasiones, siendo su mejor resultado el tercer puesto en el que finalizó el 2013. Por si esto fuera poco, lo logrado en 2010 habla a las claras de la profundidad en el fondo de armario del tenis español, con cuatro jugadores clasificados entre los 15 mejores (Nadal el primero, Ferrer el séptimo, Verdasco el noveno y Almagro el decimoquinto).

En las temporadas precedentes a la eclosión de Nadal, también es palpable un estado de salud inmejorable del tenis español, con tres jugadores entre los 10 mejores del mundo al término del 2002, véase Juan Carlos Ferrero (4), Carlos Moyá (5) y Albert Costa (9). Los "peores" años del tenis español en el siglo XXI en lo que se refiere a este aspecto de la clasificación mundial, son el 2016 (con Bautista terminando en el puesto 15), el 2005 (con Ferrer en el puesto 14), el 2004 (Robredo en la posición 13), el 2001 (Corretja en el 16) y el 2000 (Ferrero en el 12).

Una situación como la que se vivirá al término de esta temporada, no se producía desde el 1999, cuando la segunda mejor raqueta hispana fue Félix Mantilla, ocupando la posición 22. Además, esa temporada el mejor español fue Albert Costa, quien terminó recluido en la posición 18, muy lejos de los registros de un Nadal que terminará cerca del número 1 del mundo. Interesantes datos que sirven para poner en valor lo realizado durante 18 años por el tenis español, y que no han de percibirse como un punto de no retorno.

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Pablo Carreño y Roberto Bautista tienen años por delante para recuperar su mejor versión, mientras que Fernando Verdasco parece estar en una tendencia positiva que le puede permitir continuar jugando a gran nivel. En cuanto al relevo generacional, Jaume Munar ha demostrado tener sobrada capacidad para evolucionar y convertirse en un jugador competitivo, algo que se materializa en su clasificación para las NexrtGen Finals 2018, sin que entrara en los pronósticos para ello a inicios de año. La eclosión de Nicola Kuh y Alejandro Davidovich se espera con esperanza e ilusión contenida en un país muy mal acostumbrado a la gloria durante años.

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