El sueño continúa

Stefanos Tsitsipas remonta a Anderson y suma su cuarta victoria consecutiva sobre un top10. Con 19 años jugará su primera final de Masters 1000.

Un hombre iba a desbloquear este sábado su primera final de Masters 1000. Bien podría ser Kevin Anderson, un veterano de 32 años, o Stefanos Tsitsipas, una joven promesa de tan solo 19 primaveras. Así es el tenis, con tiempos desajustados para sus participantes. Un premio que puede llegarte pronto o puede pasar toda una vida persiguiendo. Ambos hubieran merecido ganar hoy en Toronto, pero como el empate todavía no está inventado, sería la experiencia el factor que marcara el devenir de la pelea. O eso pensábamos al ver al sudafricano por delante. Finalmente fue el griego quien le dio la vuelta a la tortilla (6-7, 6-4, 7-6) para avanzar a su primera final de Masters 1000 ante todo pronóstico.

El primer set fue tal y como lo esperábamos. Muy largo (51 minutos), cargado de precaución (ninguno quería perder) y marcado por el liderazgo desde la línea de servicio (ninguna bola de break en los doce primeros juegos). Tsitsipas sacaba el desparpajo y el atrevimiento, mientras que Anderson prefería el camino de la sobriedad y el oficio. Así llegaron al desempate, donde el joven griego llegó a ver un 4-1 a su favor en el marcador. En juego estaba la heroicidad de tumbar al cuarto top10 consecutivo en su semana de confirmación, una tarea que no parecía causarle mucho nerviosismo. Pero fue justo aquí donde su cabeza colapsó. Del 4-1 arriba pasó a perder el tiebreak por 7-4, instantáneo, no dio tiempo ni estudiar la situación. El de Johannesburgo dominaba el partido y se quedaba a un pasito del objetivo.

No había sido el mejor set de Kevin, pero sí un set muy completo. Al servicio estuvo firme, aunque esto no es novedad. La noticia viene al descubrir lo gran jugador que es Anderson a partir del segundo golpe, despachando esa etiqueta de ‘sacador’ que le ha acompañado toda su carrera. Este hombre hace tiempo que ya no es solamente saque, por eso es doble finalista de Grand Slam y número 5 del mundo. Además, ahora juega con raza, con garra, con múltiples momentos que antes resolvía con una mirada abajo y ahora se convierten con un grito al aire y grito incluido. Un tenista completamente distinto que, pese a ello, todavía tiene momentos de desconexión. Como cualquier otro. A Kevin le llegó este momento al inicio del segundo set, cuando parecía que lo más difícil ya estaba hecho.

Un mal juego, concretamente, el tercero. Dos bolas de break en el aire, una que el rival aprovecha. Una ventaja que Tsitsipas ya no soltaría en todo el parcial. Ni siquiera en un octavo juego donde a punto estuvo de caer por tierra todo el trabajo bien hecho, pero aguantó. Firmó el 6-4, forzó el tercer set y se marchó al banco. Su rostro reflejaba un cansancio desconocido hasta ahora, una semana frenética con varios partidos al límite. Hoy el guión no sería distinto.

El tercer set volvió a parecerse mucho al primero, de hecho, solo el tiebreak pudo romper tanta igualdad. Allí de nuevo vimos al griego más fino, con ventaja desde el inicio hasta colocarse 6-4. Dos bolas de partido que se esfumaron y pusieron a Anderson con 7-6. El drama regresó a la cabeza del europeo, pero esta vez el desenlace no sería el mismo. Se rehízo de sus errores, saltó del abismo y cayó en tierra firme. Cuarta victoria consecutiva sobre un top10 y primera final de Masters 1000 para él. Este genio ha llegado para quedarse.

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