Luz al final del túnel

El nombre de Novak Djokovic vuelve a ser protagonista después de dos temporadas en la sombra. Wimbledon, la primera piedra de su reconquista.

Novak Djokovic abraza su trofeo de campeón en Wimbledon. Fuente: Getty
Novak Djokovic abraza su trofeo de campeón en Wimbledon. Fuente: Getty

¿Nivel? ¡¡Pero si está en la final de Wimbledon!!Rafa Nadal no podía creerse la pregunta que le estaban haciendo. Después de una semifinal de más de cinco horas sobre el pasto londinense, un periodista le cuestionó si Novak Djokovic había recuperado o no su mejor versión competitiva. “¿Le ves luchando de nuevo por los grandes títulos?”, le lanzaron al balear. Parece una locura plantearse algo así a estas alturas, después de tumbar al número 1 del mundo y quedarse a un paso de levantar un Grand Slam, pero ese periodista merece una defensa justa. Nos pasa siempre con los grandes campeones: o sacan matrícula de honor, o el sobresaliente nos sabe a poco. Con el jugador balcánico hace tiempo que descendieron mucho las expectativas en torno a su juego, sin embargo, cuando llega el momento de aplaudir, la exigencia vuelve a ser máxima. ¿Dónde está el error? Quizá un poco en nosotros y otro poco en el extraño camino que ha tenido el de Belgrado en su regreso al cielo de los campeones.

Cualquiera que entienda un poco de deporte lleva grabado en su cabeza un lema de máxima precaución: nunca entierres a una leyenda. Para los más jóvenes, un lema que aprendieron la temporada pasada, donde Roger Federer y Rafa Nadal demostraron que la retirada, de momento, solo significaba una palabra llana de cuatro sílabas. En el caso de Novak Djokovic, un hombre que se ha ganado a pulso comer en la misma mesa que el suizo y el español, sabíamos que en algún momento volvería a dar un puñetazo sobre mesa. O quizás ya lo había dado, solo que no supimos interpretarlo. Semifinales en Roma, cuartos de final en Roland Garros y final en Queen’s. Esta trilogía que puede parecer insustancial para un jugador de su talla, era un grito clamoroso de que algo muy gordo estaba por venir. La teoría se confirmó este domingo, aunque solo lo entendimos cuando esa derecha de Kevin Anderson moría extenuada en la red. ¡Campeón de Wimbledon! ¡Qué sorpresa!

De sorpresa nada. Vale que hemos sufrido un torneo peculiar, con la eliminación del máximo favorito antes de tiempo, con varios top10 naufragando en el debut, incluso un ser extravagante como Ernests Gulbis acaparó más focos con sus octavos de final que otras hombres que ya son miembros del AELTC desde hace años. Hablamos de Novak Djokovic, el artista silencioso. Un tipo que ayer contaba con tres Wimbledon en su maleta y que, pese a ello, resultaba inofensivo para muchos. Sus malos resultados en los últimos meses habían provocado que algunos de sus rivales le perdieran el respeto sobre la pista, pero no solo ellos, también el aficionado. “Ahora mismo, le puede ganar cualquiera”, se escuchó en la gira de marzo. “Si no cambia su actitud, le quedan dos telediarios”, se atrevió alguno al inicio de la gira de arcilla. El panorama del serbio era desolador, tampoco lo vamos a disfrazar, pero la gente se olvidó de quién estaban tratando. Fuera cual fuera el presente, aquel sujeto tenía un pasado glorioso al que aferrarse. El mismo que le iba a sacar del abismo para pintarle de colores el futuro.

Ya con Djokovic en la final, y siendo Anderson el último escalón por atajar, la gente respondió. “Ojo, que Novak Djokovic ya está aquí”. Novak Djokovic llevaba ya algunos torneos con nosotros, el problema del tenis es que no todas las semanas se puede ganar. El ser humano es inconformista por naturaleza, además de tener un grave problema a la hora de analizar -y comparar- diferentes acontecimientos. “Si Federer ganó el Open de Australia después de seis meses parado, ¿por qué no lo pueden hacer el resto?”. Qué atrevidos. “Mira Rafa Nadal, le ha bastado media temporada para volver al Nº1, ya veremos qué hace Djokovic”. Cuánta ignorancia. Partiendo que cada caso es un universo diferente, reclamarle al de Belgrado un regreso celestial por ya haberlo vivido con otras leyendas resulta injusto. Una factura que le vimos pagar en enero, febrero, marzo… posiblemente porque hasta el propio Novak quiso hacerlo realidad. Un error de programación que le costó una nueva intervención en su muñeca.

Una vez el serbio comprendió que su caso sería diferente, fue cuando empezó a colocar las piezas en orden y a su ritmo. Se probó, fracasó, volvió a fracasar, pero ese fracaso era cada vez menos sonoro. Cada torneo que disputaba, la decepción tardaba una ronda más en aparecer. Era un in crescendo de manual, una evolución constante de juego y mentalidad, un combo que avanzaba con un objetivo claro y que ya nadie podía frenar. Tras perder la final en Queen’s, tocaba dar un pasito más en Wimbledon. Es decir, salir campeón. El chacal vuelve a rugir en la pista, su revés hace daño desde cualquier ángulo, su derecha todavía no gana puntos pero tampoco los pierde, su servicio despeja las dudas cuando la situación lo requiere y en su mirada vuelve a habitar ese fuego que le hizo eterno en la última década. Si gana, puño arriba. Si pierde, se cabrea. Qué importante ese cabreo, que no se lo quiten. Así es el tenis de Nole, siempre tan vivo y pasional. Una conexión transparente con el aficionado que se había perdido y que hoy vuelve a relumbrar.

"Durante mi baja por lesión en el codo he experimentado muchas sensaciones. Dudas, decepción, enfado, frustración. Es una etapa que me ha ayudado mucho a nivel personal, no solo como tenista", confesó Novak ya con el 13º Grand Slam atado en corto. Puede que se cansara de ganar, que necesitara tocar fondo para valorar su grandeza, o que su paternidad empezara a quitarle más tiempo de lo aconsejable para un deportista de élite. No lo sé. Lo que sí sé es que sin la recuperación de Marian Vajda en su día a día nada de esto hubiera sido posible. Rodearse de los mejores siempre es el primer paso cuando uno quiere aspirar a lo mejor, y en el caso del balcánico, nadie le hizo ser más colosal que el entrenador eslovaco. A toro pasado se ve mucho mejor la escena completa, una descomposición de todos los fragmentos importantes con un núcleo fuerte protegido bajo llave: su carácter indómito. Partiendo de esa gen ganador, Djokovic logró restaurar el cuadro y recuperar el sentido de la vida. De su vida: el tenis.

Ahora lejos quedan las dos temporadas de castigo y sufrimiento diario, ese túnel de lavado profundo ya ha llegado a la última estación. Tras varios amagos e incipientes dosis de trabajo bien hecho, hoy por fin podemos afirmar que Novak Djokovic ha vuelto. Lo podemos asegurar, con sensaciones y estadísticas en mano. El serbio tocó el cielo en Londres con una versión que todavía está en proceso de alcanzar su mayor magnitud, una versión que, sin embargo, le ha servido para salir con el título bajo el brazo. Necesitaba brillo y nada más reluciente que el cáliz de Wimbledon para devolverle a las alturas. Tú que estás leyendo este artículo, no importa lo afín que seas al serbio. Si realmente te gusta el tenis, hoy debes de estar de celebración. Imposible no estarlo después de recuperar a un líder que ya trabaja en pos de reconstruir su legado. Roger, Rafa, lo siento pero esta pelea ya no es cosa de dos.

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