Grigor Dimitrov, el talento todo lo puede

Repasamos los momentos candentes de la carrera del búlgaro que le han llevado a desembocar en este mayúsculo triunfo en Nitto ATP Finals.

1 de mayo del 2016. Estambul. Probablemente la fecha no diga a nada a muchos pero, aunque parezca mentira, ese día comenzó a fraguarse algo grande en Grigor Dimitrov. El ascenso a la gloria comienza desde los infiernos, y es allí donde se vio el búlgaro ese día. Había salido del top-30, su relación sentimental con Maria Sharapova había tocado a su fin y era incapaz de encontrar el nivel de tenis que un año antes le había hecho un hueco entre los diez mejores del mundo permitiendo que alcanzara las semifinales de Wimbledon y ganara tres títulos (Queen´s, Bucarest y Acapulco).

En un torneo sin gran repercusión mediática, Dimitrov intentaba encauzar el camino y jugaba la final ante Diego Schwartzman. Llevaba el encuentro totalmente dominado, con un set arriba y 5-3 en el segundo, hasta que se bloqueó absolutamente a nivel mental. Vio cómo el argentino le remontaba y perdía los nervios forzando que le pitaran dos warnings consecutivos que hicieron que un asombrado Mohammed Layani tuviera que descalificarle cuando Diego estaba a punto de ganar el partido.

La vergüenza sacudió a Dimitrov con toda su virulencia. Una carrera proyectada por todos hacia la gloria parecía hundirse sin remisión en las arenas movedizas de una mente maltrecha. Falto de confianza y despojado de la pasión por el tenis, Grigor fue rearmándose poco a poco. En verano del pasado año llegó a caer al puesto 40 del ranking ATP pero buscó soluciones. La contratación de Daniel Vallverdú fue una de ellas y el venezolano parece haber dado con la tecla maestra.

El talento innato no desaparece pero puede esconderse tras una nube opaca de inseguridades y miedos. Es lo que le ocurría a un Grigor Dimitrov que se puso a trabajar duro para disipar esa nube y volver a disfrutar sobre una pista de tenis. Lo tiene todo para triunfar y lo ha demostrado con un 2017 en el que ha habido luces y sombras pero que ha terminado por todo lo alto. En unos meses donde el físico de muchos se resiente y la mente de otros tantos no da para más, el tenis barroco de Dimitrov ha fluido cual agua de manantial, explorando sus límites con sorprendente aplomo.

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Un balance de 49 victorias y 19 derrotas es la síntesis de una temporada que comenzó tan bien como ha acabado. Título en Brisbane, semifinales contra Rafael Nadal, en uno de los mejores partidos del año y de nuevo título en Sofia. A partir de ahí fue como si se hubiera vaciado el tanque de gasolina del de Haskovo, que encadenó derrotas sorprendentes contra jugadores claramente inferiores a él, como Guido Pella, Tommy Robredo o Jan-Lennard Struff. No pudo rendir a su mejor nivel en Roland Garros, donde cayó ante Pablo Carreño y firmó una gira sobre hierba discreta, cayendo en octavos de Wimbledon contra Roger Federer sin plantear apenas batalla.

Perdió contra Daniil Medvedev y Robin Haase antes de alcanzar el gran hito: ganar un Masters 1000. Lo hizo en Cincinnati y lo que parecía poder ser el inicio de algo grande de cara al US Open, volvió a toparse con una decepción al caer ante Andrey Rublev en segunda ronda. Tuvo la humildad suficiente como para aceptar el traspiés y encontrar de nuevo buenas sensaciones antes de las Nitto ATP Finals 2017.

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Se ha quitado un peso de encima. Ha tardado más de lo que algunos esperaban pero Grigor Dimitrov demuestra que su tenis no es solo preciosista sino también efectivo. Ha alcanzado la madurez necesaria para luchar y conseguir grandes títulos y si logra canalizar tan bien el éxito como lo ha hecho con el fracaso, el búlgaro puede erigirse en un jugador llamado a grandes cotas de éxito en los próximos años.

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